Articulo #278
Canela: el redescubrimiento de una cepa perdida

Canela: el redescubrimiento de una cepa perdida

POR GONZALO ROJAS

NOVIEMBRE DEL 2026

En febrero de 2023, el laboratorio de biotecnología de INIA La Platina devolvió al Servicio Agrícola y Ganadero de San Carlos, en Ñuble, un informe de una página. Dos muestras de uva recogidas en el Valle del Itata habían sido analizadas con nueve marcadores moleculares. La blanca resultó ser Blanca Ovoide; la tinta, Canela, inscrita en el catálogo internacional de variedades de vid con el número VIVC 2052.

Detrás de esa línea técnica hay una historia larga. La Canela es una vid nacida en Sudamérica durante la Colonia, conocida en Chile por siglos con otro nombre - Moscatel Negra -, dispersa en viñas campesinas y casi ausente de las etiquetas. Hoy Viña Zaranda la multiplica, la cultiva y la vinifica en Guarilihue, en el secano del Valle del Itata. Este artículo reconstruye, a partir de la evidencia científica disponible, cómo una cepa olvidada recupera su identidad.
La viticultura chilena nació sobre una cepa tinta: el Listán Prieto, traído por los españoles para asegurar el vino de la misa. En Chile se le llamó País; en Mendoza, Criolla Chica; en Perú, Negra Corriente; en California, Mission. Hacia el siglo XVII llegó una segunda variedad fundacional, el Moscatel de Alejandría, y con ella comenzó algo que nadie planeó. En viñas donde convivían ambas, las semillas germinaron y dieron plantas nuevas, distintas de sus padres. Los viticultores conservaron las que mejor se adaptaban al lugar. Así surgieron las criollas: variedades nacidas en América del cruce de vides europeas, como la Torrontés, el Moscatel Rosado, la Pedro Giménez, la Blanca Ovoide o la propia Canela.

Durante la Colonia, el germoplasma cruzó la cordillera sin trabas y formó un mismo paisaje vitícola Chile-Cuyo. Por eso muchas criollas existen a ambos lados de los Andes con nombres distintos. Ese intercambio libre se cortó con los controles fitosanitarios fronterizos, iniciados en Chile con el Decreto Ley 177 de 1924. Desde mediados del siglo XIX, la llegada de cepas francesas al Valle Central empujó a las criollas hacia los márgenes. Hoy, de las 110.768 hectáreas de viña para vino en Chile, diez variedades cubren más del 90% y el Cabernet Sauvignon ocupa casi un tercio. Las criollas sobrevivieron en viñedos pequeños, muchas veces mezcladas en un mismo cuartel, en patios, parrones y jardines.
En Chile, la Canela sobrevivió bajo el nombre de Moscatel Negra, entre las variedades autorizadas para pisco de uso marginal. En 2015, un estudio de INIA sobre cepas pisqueras no tradicionales (Ibacache et al., Boletín INIA N.º 315) comparó su ADN con bases internacionales. El resultado fue doble: la Moscatel Negra no coincidía con ninguna vid de España, Italia o Francia, y sí con la Canela argentina. Era, por tanto, una criolla.

INIA no se quedó en el diagnóstico. Detectó en esas plantas tres virus y las saneó mediante cultivo de meristemos. El más delicado era el virus del abanico de la vid o del entrenudo corto infeccioso (GFLV o virus del entrenudo corto conocido como "Grape Fanleaf"), que según la cepa puede deformar las hojas, causar clorosis, aclarar las nervaduras y provocar granos desiguales en el racimo ("millerandage"); el SAG lo controla en los viveros, que por norma deben estar libres de él. Otro, el de la picadura de la corteza del tallo (RSPaV), puede pasar inadvertido, porque en plantas sin injertar casi nunca da síntomas. A febrero de 2018, el Banco de Germoplasma de INIA Vicuña ya conservaba 27 plantas de Moscatel Negra libres de virus, base para un futuro plantel madre (Boletín INIA N.º 422).

El paso siguiente fue de escala nacional. Marco Meneses, María Herminia Castro y Patricio Hinrichsen, de INIA La Platina, analizaron cerca de 1.700 vides recogidas en viñas antiguas, colecciones y jardines urbanos, desde el oasis de Pica hasta Punta Arenas. Publicado en 2024 en el Australian Journal of Grape and Wine Research, el estudio identificó 89 genotipos nunca antes descritos en Chile, 39 de ellos criollas totalmente nuevas. En ese inventario, la Canela apareció con fuerza: 27 muestras coincidieron con su perfil genético, dispersas en distintos valles e incluso en el oasis de Pica, en pleno desierto de Atacama. Los autores destacan, además, que los valles del Itata y del Biobío, grandes productores de vino durante la Colonia, resultaron particularmente ricos en variedades antiguas y criollas.

El informe de febrero de 2023 cierra el círculo a escala local, y su origen es una historia de campo. Tras haber identificado antes la Trousseau en el Itata, Viña Zaranda y Cristian Ortega Oviedo, del SAG de Ñuble, seguían buscando variedades desconocidas en el valle. Ortega reparó en una planta extraña en el viñedo de un pequeño productor, cuya identidad se mantiene en reserva para resguardar las plantas madres, y juntos enviaron las muestras a INIA La Platina (orden SAG N.º 14/2023). La tinta coincidió con Canela VIVC 2052; el análisis lo ejecutó M. Herminia Castro, bajo la responsabilidad de Patricio Hinrichsen. Con la identidad confirmada, Viña Zaranda tomó la posta. En mayo de 2024 compró 650 estacas de Canela al productor y las enraizó durante un año en su propio vivero (Vivero Zaranda, inscripción SAG V/16-54). En junio de 2025 pasaron a un primer cuartel definitivo en Guarilihue, con 745 plantas, y en 2026 se completó un segundo cuartel de 1.100. A la fecha suman 1.845 plantas de Canela.

El primer vino llegó antes que las plantas propias. Se elaboró con uva de la cosecha 2025, proveniente de las plantas madres del productor, y se embotelló en Massoc en abril de 2026: 278 botellas. La vendimia de 2026 no se vinificó, porque el humo de los incendios forestales que afectaron a la zona alcanzó con fuerza el viñedo. La búsqueda dejó también otro hallazgo: la Folle Blanche Faux, una variedad europea antigua que Meneses et al. (2024) registran entre las nuevas para Chile. Zaranda decidió no multiplicarla, porque su carga viral era alta y sanearla resultaba demasiado costoso. El contraste ilustra una condición del rescate patrimonial: no basta con encontrar una cepa; hay que poder propagarla sana.

Cómo se lee el ADN de una vid

Una variedad de vid es, en rigor, un solo individuo multiplicado por estacas durante siglos. Por eso todas las plantas de Canela comparten la misma huella genética, como gemelos idénticos. Para leerla se usan microsatélites (SSR): tramos cortos de ADN que se repiten en tándem y cuyo largo varía entre variedades. Cada marcador entrega dos números, uno heredado del padre y otro de la madre, medidos en pares de bases. La OIV adoptó un panel de nueve marcadores como estándar para identificar variedades. Basta comparar esos nueve pares con el Catálogo Internacional de Variedades de Vitis (VIVC) para saber de qué cepa se trata, sin importar cómo la llame el viticultor.

Para establecer parentescos, el estudio de 2024 sumó seis marcadores más, hasta un panel de 15, y los homologó con los usados en Argentina. La Canela fue uno de los genotipos de referencia compartidos por ambos equipos, lo que permitió comparar las criollas de los dos países con una misma vara.

Una genealogía criolla

La Canela no es un moscatel europeo extraviado, sino una hija del Nuevo Mundo. En 2017, Aliquó y colegas analizaron con 19 marcadores la accesión Canela 41-13 de la colección de INTA Mendoza y establecieron sus padres: Listán Prieto (nuestra País) y Moscatel de grano menudo (Muscat à petits grains blancs), uno de los moscateles más antiguos del Mediterráneo. El informe de INIA de 2023 la describe como "emparentada con País y Moscatel de Alejandría". Ambas lecturas conviven: el Moscatel de Alejandría es a su vez hijo del Moscatel de grano menudo, de modo que la Canela y la segunda cepa fundacional de América comparten un mismo linaje moscatel. El análisis de tríos de Aliquó apunta al de grano menudo como progenitor directo.

La historia no terminó con ella. En el estudio de 2024, la Canela apareció también como madre de dos criollas inéditas: NN-366, nacida de su cruce con Listán Prieto, y NN-335, cruce con Chasselas Cioutat, hallada en la colección del patio de la iglesia de San Alfonso, en Cauquenes. Una criolla que engendra criollas: así de viva fue la viña campesina chilena. En este contexto, podría decirse que la ciencia ha resuelto lo esencial: la Canela es una variedad real, diferenciada y con identidad genética definida. También está confirmado que las plantas madres del Itata, de las que proviene la Canela de Viña Zaranda, corresponden a ese genotipo. Quedan, sin embargo, dos preguntas abiertas que conviene nombrar con honestidad.

La primera: ¿Moscatel Negra es exactamente Canela? La sinonimia establecida por INIA en 2015 es sólida, pero Meneses et al. (2024) advierten una inconsistencia parcial con algunos perfiles SSR históricos y piden confirmarla. La segunda: ¿la Canela chilena y la argentina son el mismo genotipo? La evidencia lo favorece, pero falta una comparación directa y estandarizada con la accesión 41-13 de INTA Mendoza y con las Moscatel Negra históricas, idealmente con SSR complementados por SNP. Mientras se responden, conviene una regla práctica: llamarla Canela (VIVC 2052). El nombre "Moscatel Negra" es ambiguo en el mundo y puede confundirse con el Moscatel de Hamburgo o con el propio Listán Prieto, que en algunos países recibió nombres parecidos.

Finalmente, cabría señalar que el caso de la Canela muestra cómo el patrimonio vitícola se recupera cuando confluyen tres saberes. El del campesino que conservó la planta sin saber su nombre científico. El del inspector y el laboratorio que la identificaron. Y el de la viña que decide multiplicarla, vinificarla y contarla. En Guarilihue, la Canela suma genética criolla, secano costero y la historia colonial del Itata. Su expresión allí, distinta de la de Mendoza por clima, agua, suelos y edad de las plantas, es todavía un territorio por explorar: las 278 botellas de 2025 son apenas una primera lectura, y los cuarteles de Zaranda recién comienzan su vida. Meneses y sus colegas lo dicen sin rodeos: identificar estas vides es apenas el primer paso; falta evaluar su comportamiento enológico, su rendimiento y su manejo. Cada criolla rescatada amplía lo que el vino chileno puede decir de sí mismo. La Canela, hija de la País y de un moscatel antiguo, lleva siglos esperando que alguien la llame por su nombre.


Fuentes
- Meneses, M.; Castro, M. H.; Hinrichsen, P. (2024). Genetic Characterization of Criolla and European Grapevines Recently Found in Chile: A Key Step for Their Rescue and Conservation. Australian Journal of Grape and Wine Research. https://doi.org/10.1155/2024/4817877
- INIA La Platina, Laboratorio de Biotecnología (2023). Informe de análisis genético, ingreso L9 H102, Ord. SAG N.º 14/2023, SAG San Carlos, 22 de febrero de 2023.
- Zurita, A.; Montoya, M. (2020). Generación de plantel madre de variedades pisqueras, utilizando material saneado y genéticamente identificado. Boletín INIA N.º 422, cap. 3.
- Ibacache et al. (2015). Caracterización genética y agronómica de variedades pisqueras no tradicionales. Boletín INIA N.º 315.
- Aliquó et al. (2017). Identity and parentage of some South American grapevine cultivars present in Argentina. Australian Journal of Grape and Wine Research.
- Canela - Resumen ejecutivo: identidad varietal, origen genético y relación con Moscatel Negra. Documento de trabajo para Viña Zaranda.
- Viña Zaranda (2026). Antecedentes del hallazgo, multiplicación y primera vinificación de Canela. Comunicación personal.