Articulo #276
Entrevista con Juan Blánquez: El arqueólogo dedicado a recuperar la cultura del vino

Entrevista con Juan Blánquez: El arqueólogo dedicado a recuperar la cultura del vino

POR GONZALO ROJAS

OCTUBRE DEL 2026

Las grandes historias del vino también se construyen a través de la conversación. Por ello, la sección de entrevistas de Vinífera Editorial busca abrir un espacio de reflexión junto a investigadores, académicos y profesionales, cuyas trayectorias permiten comprender la cultura vitivinícola desde perspectivas renovadas. Más allá de la actualidad comercial o productiva, nos interesa explorar las ideas, experiencias y conocimientos que han dado forma a la cultura vino, indagando en la mirada de quienes contribuyen a investigar, interpretar y proteger este patrimonio.

En esta nueva entrega conversamos con el Dr. Juan Blánquez Pérez, catedrático de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, fundador y ex director del Máster en Patrimonio de dicha casa de estudios y uno de los investigadores que más decididamente ha contribuido a consolidar la arqueología e historia del vino como campo de estudio en España. Conocido por sus más cercanos como el “arqueólogo del vino”, su extensa trayectoria abarca también el mundo protohistórico ibérico y fenicio-púnico, la arqueología subacuática, la historiografía de la arqueología española, la museología y la puesta en valor del patrimonio cultural en sus más diversas formas.

Desde la década de 1990, Juan Blánquez ha participado activamente en la construcción de una mirada interdisciplinaria sobre el pasado vitivinícola del mundo mediterráneo, reuniendo los aportes de la arqueología, la historia, la botánica, la química y la enología. Sus investigaciones han permitido comprender que el vino antiguo fue mucho más que una bebida o un producto de intercambio: constituyó un símbolo de prestigio, una expresión del poder, un componente del banquete y una presencia significativa en rituales religiosos y funerarios. Ánforas, copas, semillas, lagares y residuos orgánicos se convierten, bajo esta perspectiva, en documentos capaces de revelar las relaciones sociales, las creencias y las transformaciones culturales de las sociedades del pasado.

Su trayectoria mantiene, además, una estrecha vinculación con América del Sur. Juan Blánquez ha colaborado con universidades e investigadores de Chile, Argentina y Uruguay, participando en iniciativas relacionadas con los paisajes culturales, la memoria vitivinícola y el desarrollo sostenible. Esta experiencia comparada le permite observar los vínculos y diferencias entre el antiguo mundo mediterráneo y los territorios del vino del Cono Sur, cuyas identidades fueron construidas por pueblos indígenas, campesinos, religiosos, inmigrantes, trabajadores rurales, bodegueros y comunidades locales.

En esta entrevista abordamos las primeras huellas del vino en Occidente, el papel desempeñado por fenicios y poblaciones púnicas en su expansión, su relación con el poder y lo sagrado, y los desafíos que supone transformar la investigación histórica en un patrimonio vivo. También reflexionamos sobre la responsabilidad de museos, rutas del vino, universidades, empresas y comunidades en la protección de unos paisajes vitivinícolas que, frente al cambio climático, la expansión urbana y la pérdida de conocimientos tradicionales, requieren hoy nuevas formas de investigación, valoración y cuidado.

La entrevista

1. Estimado Juan, sus más cercanos suelen referirlo como el “arqueólogo del vino”. ¿Cómo surgió esa especialización dentro de su trayectoria y qué puede revelar la arqueología sobre el vino que no alcanzan a explicar, por sí solas, la historia escrita o la enología?

Se dice muchas veces que uno llega a una línea de investigación por casualidad, pero, como respondió Pablo Picasso cuando le preguntaron si creía en la inspiración: “Sí, pero me suele pillar trabajando”. Yo soy arqueólogo de profesión, profesor de universidad, y aplico una metodología arqueológica: estudio la cultura material en su contexto, dentro de los yacimientos, y a partir de ahí hago historia con mayúscula. No me limito a ser un mero “cacharrólogo” ni un mero tipólogo.

Mi campo es la protohistoria, que en Europa se entiende como el periodo anterior al mundo romano. Estudio, por tanto, las colonizaciones, las culturas indígenas de la península ibérica y el contacto de la península con el Mediterráneo. En los años ochenta del siglo pasado empecé a excavar necrópolis, es decir, lo que hoy llamaríamos cementerios, que en estas culturas, ya urbanas, estaban separados de los poblados. Es una especialidad que recibe un nombre un poco tremendista: arqueología de la muerte.

Al excavar varias necrópolis tuve la fortuna, aunque, claro, si no excavas ni investigas, la casualidad o la inspiración no pueden llegar, de encontrar en varias tumbas ajuares con cerámicas griegas, de la zona de Atenas, que allí se empleaban precisamente para beber vino y que aquí aparecían dentro de las sepulturas. Las aculturaciones nunca son una mera copia; son adaptaciones más o menos profundas. Así nos dimos cuenta de que en la cultura ibérica, la cultura prerromana propiamente peninsular, la primera que alcanzó el horizonte urbano y que, por tanto, se incorporó a las culturas circunmediterráneas, el consumo del vino era muy importante en los rituales funerarios.

Por eso empecé a estudiar lo que a mí me gusta llamar la cultura del vino, porque el vino es mucho más que una bebida. Fijaos: en el mundo griego la vajilla está muy especializada; hay cerámicas para los ritos funerarios y otras para beber vino, como las cráteras y las copas. El mundo ibérico la adopta por varios motivos. Por un lado, no sabía fabricar esas cerámicas, que exigían hornos de alta cocción, una tecnología que aquí no existía. Por otro, todavía no conocía el misterio de la elaboración del vino. Durante varias centurias, fenicios y griegos trajeron hacia Occidente dos elementos muy interesantes: unas vajillas que aquí no se sabían hacer, muy vistosas, de barniz negro y figuras rojas, muy bellas, y un producto que tampoco se sabía elaborar, porque aquí había vid silvestre, pero no vid doméstica.

Esa confluencia de culturas permitió que el mundo ibérico aprendiera la vitivinicultura como práctica agrícola. Pero, a diferencia de lo que vemos en época medieval o en la actualidad, cuando el consumo está abierto a todos, en el Mediterráneo antiguo era un consumo reservado a las élites. Hay que esperar al mundo romano, a esa imagen de película americana del mesonero sirviendo vino: hasta el siglo I después de Cristo no se generalizó su consumo en todas las capas sociales.

Mis investigaciones ayudaron a desarrollar la idea de que las élites, aquellas aristocracias caballerescas que usaban las armas y los caballos para mostrar su estatus, encontraron en la posesión de cerámicas griegas un bien exclusivo, y en el consumo del vino, que al principio no sabían elaborar y que les proporcionaban los extranjeros, hasta que aprendieron a hacerlo, un elemento más para justificar su posición y su alto nivel económico y político.

A raíz de eso empecé a estudiar el vino en época griega y en época romana, y comencé a ir a congresos más especializados, consciente de que el conocimiento es interdisciplinar, donde participaba gente del mundo de las bodegas y de las empresas. Siempre me ha gustado trabajar en equipos interdisciplinares, y así empezó una andadura que, aunque a veces intermitente, todavía continúa.

Tuve además otra suerte: encontré un ajuar que se hizo célebre en la bibliografía española, el de un banquete o, más bien, de un simposio a la ibérica, con cincuenta y tantas piezas de cerámica griega. Interpretamos que cada pieza correspondía a una persona. Una vez cremado el cadáver, el mundo ibérico incineraba a sus muertos, y depositado en la tumba, antes de cerrarla, todo ese grupo aristocrático celebraba un rito.

Todos sabemos, incluso hoy, que la muerte de un ser querido es una alteración del equilibrio. En el mundo antiguo, la muerte de un jefe, de un reyezuelo, suponía el peligro de que el grupo cayera en manos de otro superior. Beber vino antes de cerrar la tumba era una manera de evidenciar la vuelta a la normalidad; y el consumo de un bien tan preciado, junto con el uso visible de la cerámica griega, demostraba que esa élite, esa aristocracia, seguía manteniendo el poder.


2. Sus investigaciones han destacado el papel de los fenicios y, particularmente, de las poblaciones púnicas en la expansión de la cultura del vino hacia Occidente. ¿Qué aportaron realmente y qué evidencias permiten distinguir entre importación, consumo y producción local?

Primero traen las ideas y el conocimiento. Hoy pensamos que muchas cosas que en Occidente atribuíamos a los griegos las trajeron en realidad los fenicios y, después, los púnicos. "Púnico" es un concepto científico: designa a los fenicios de Occidente en cronologías más tardías. A comienzos del primer milenio antes de Cristo, hacia el 900 a. C., los fenicios ya llegan a la península, antes que los griegos.

Lo que ocurre es que las fuentes textuales grecolatinas siempre fueron muy despectivas con el mundo fenicio-púnico, porque eran antagónicos en sus intereses económicos: Fenicia y Grecia comerciaban entre sí, pero políticamente no se llevaban bien. En realidad, el conocimiento de la vitivinicultura es una deuda que Occidente, y en particular la península ibérica, tiene con el mundo fenicio-púnico.

Nos hemos dado cuenta de que muchas cerámicas griegas no las trajeron directamente los griegos, sino los fenicios, primero, en los siglos IX, VIII y VII a. C., y luego los púnicos, capitalizados en buena medida por Cartago, en el centro del Mediterráneo, entre el siglo VI y el cambio de era. Es decir, mucha cultura griega nos llegó a través de un intermediario: los fenicios.

Primero vienen las ánforas, que son como contenedores industriales, y con ellas el vino. Pero pronto los fenicios llevaron a cabo una colonización física para asentarse en Occidente y favorecer el comercio entre los dos extremos del Mediterráneo: el mundo sirio-palestino, toda esa cuenca oriental, mantuvo un comercio muy continuo con Occidente en busca de metales, entre otras cosas.

Crearon aquí colonias, es decir, ciudades, asentamientos de población. Y al venir para quedarse, con el fin de dar rapidez e intensidad al comercio, hicieron posible, sin buscarlo, pero posibilitándolo, que las poblaciones indígenas, las de lo que luego sería Tartessos y la cultura ibérica, adoptaran esas ideas, porque convivían con ellos. Toman la tecnología, el conocimiento, la escritura. Así, primero hay una importación de productos tales como cerámicas, vajillas, vino y luego hay producción. Pronto, para un historiador, pronto son siglos, el mundo indígena conoce ya la vitivinicultura, aunque sigue sin saber hacer aquellas cerámicas de importación: unas veces las compra y otras las imita con otras características. Una cultura se ensambla con la otra, como en un vino de mezcla, con dominancias distintas y con épocas en que pesa más un lado que el otro.

Es un proceso que duró, grosso modo, mil años. El primer milenio antes de Cristo es la llegada de Oriente a Occidente, y en la península ibérica alcanzamos entonces el horizonte urbano, que tuvo entre sus rasgos el consumo del vino, el conocimiento del torno, para hacer cerámicas con mayor rapidez y calidad, la escritura… Fue un logro complejo, que permitió a las sociedades peninsulares alcanzar ese horizonte urbano conservando su propia personalidad.


3. En el mundo ibérico, el vino aparece ligado al banquete, los rituales funerarios y las élites. ¿Qué nos dicen esos contextos acerca de su relación con el poder, lo sagrado y la diferenciación social, y cómo fue ampliándose posteriormente su consumo?

Realmente, no fueron los íberos quienes ampliaron ese consumo. Fue más tarde, hacia el cambio de era, cuando llegó otra cultura, la romana, mucho más territorial, de carácter estatal, que ocupó la península. El mundo fenicio-púnico había creado colonias, por lo general en la costa y con algunas penetraciones hacia el interior, pero no fue una conquista territorial física, sino económica, ideológica y de cierta supremacía tecnológica.

Roma cambia eso. Roma es territorial: no funda colonias en aquel sentido, sino que conquista los territorios. De la mezcla entre ese mundo hispano-oriental y el mundo romano, que viene a quedarse, cambian muchísimas cosas: el tipo de agricultura, la ordenación del territorio, las famosas calzadas, que son justamente las que permiten estructurarlo. Todavía hoy las carreteras aíslan o intercomunican territorios. Roma hace lo que hoy llamaríamos una política de Estado: se queda con el territorio. Y esa implantación, ya no solo en la costa sino también en el interior, crea un mestizaje, el mundo hispanorromano, que cambia los parámetros. La producción pasa a ser industrial; se suele decir que es, en cierto modo, un mercado común, como la Unión Europea.

Fijaos en la capacidad económica de estructurar rutas: Roma determina que el aceite de la Bética, toda la actual Andalucía, se destine preferentemente a la frontera germánica, a los campamentos militares que defendían el limes frente a los pueblos del norte. Y el vino pasa a ser ya una producción universal.

Los romanos, no por análisis sino de manera empírica, por experiencia y transmisión oral, se dieron cuenta de que quien toma vino toma alcohol, evidentemente, pero también sales minerales. Se suele decir que un plato de lentejas tiene menos hierro que un cuarto de litro de vino. Roma decidió que todos sus soldados, en cualquier lugar del imperio (en Britania, en Germania junto al Rin, en la península ibérica), pudieran tomar un cuarto de litro al día. Era un ejército "vitaminado", con sales minerales y calorías. De hecho, en España el vino todavía está tipificado como un alimento, y eso tiene muchas consecuencias; por ejemplo, en materia de publicidad recibe un trato distinto al de los destilados. Roma ya se dio cuenta de que ese alimento era sano para sus tropas, para sus élites y para las élites indígenas con las que convivía.

Así se empieza a generalizar el consumo del vino, porque el mercado es ya el de todo el Mediterráneo. Y eso se ve muy bien en el registro material; es la ventaja de la arqueología, que vemos los objetos. En Europa entendemos la arqueología de un modo algo distinto a como la entendéis en Chile: hacemos una historia más documental, en la que el contexto es fundamental para ver cómo era la sociedad sin enjuiciarla. Por ejemplo, a partir del cambio de era, la arqueología subacuática muestra que los cargamentos de los barcos, por primera vez en tres mil años, empiezan a ser monográficos. Un barco que navega entre Carthago Nova, la actual Cartagena, y Ostia, el puerto de Roma, lleva ya once mil ánforas de vino o cuatro mil platos de la misma forma, porque la demanda es como la de hoy: especializada y estandarizada.

Ahora se dice que el mundo se ha globalizado, pero la historia de la humanidad es una sucesión de globalizaciones; lo que cambia es la escala. El mundo oriental hizo una globalización a su escala; Roma, desde Britania hasta Alejandría y el norte de África, hasta el limes germánico; luego España con sus virreinatos, el mundo inglés, el holandés… Hoy asistimos a otra, articulada en tres o cuatro bloques. La globalización romana lo cambia todo: como el territorio es común, el comercio se unifica con una moneda, la romana, de oro, plata o bronce según el tipo de gasto. Las tropas y los mercenarios cobraban en plata; el bronce era una moneda de intercambio local, por ejemplo, en los entornos mineros, para comprar verduras y hortalizas, y el oro, por su escasez, se reservaba para medallas o para grandes pagos.

Es en ese proceso de estatalización y de globalización romana cuando el vino se generaliza. Tenemos textos latinos que hablan de las fiestas, de las bacanales, de la cocina romana. La literatura latina, pensemos en el Satiricón, que se burla de los nuevos ricos de Roma, retrata una ostentación que hoy reconoceríamos en quien presume de haber traído caviar de Irán o vino francés. Y en ese mundo, el vino de la zona de Jerez, uno de los primeros vinos de Hispania que se citan como tales, se aprecia como algo exquisito.

El comercio no ha cambiado; ha cambiado la escala. Traíamos mucho vino de Italia, pero en la costa encontramos alfarerías que fabrican ánforas copiando formas itálicas para envasar vino local y llevarlo al interior, a élites que nunca habían visto el mar ni sabían dónde quedaba Italia. El envase tiene mucha fuerza: ves una botella de Coca-Cola y ya imaginas lo que hay dentro. Para los arqueólogos es muy divertido encontrar esas imitaciones de ánforas itálicas, en la zona de Cádiz o en la de Murcia, destinadas a un interior que asociaba esas formas con el vino de Italia. Había ya un comercio muy establecido, donde engañar y enriquecerse funcionaba, en el fondo, igual que hoy.


4. ¿Cómo puede transformarse la investigación arqueológica e histórica en patrimonio vivo sin banalizarla?

En España, el mundo académico de las ciencias humanas y sociales ha estado algo alejado de la divulgación, porque se la consideraba, erróneamente, a diferencia del mundo anglosajón, una actividad de segundo nivel. Es un error: en el mundo anglosajón divulgan los grandísimos investigadores.

Aquí, ya en el siglo XXI, eso ha cambiado bastante, pero durante mucho tiempo lo importante era investigar para la ciencia, y la divulgación de calidad fue escasa. Esa distancia entre la academia, la universidad, y una sociedad que demanda información y disfruta sabiendo lo que pasaba antes, generó una divulgación, como tú dices, banalizada. Vulgar. Y eso es lo peor, porque la divulgación tiene una aparente sencillez que hace que las ideas se queden muy grabadas en la cabeza. Si esas ideas son banales o erróneas, no lo sé. Yo siempre digo a mis alumnos que, si leen poco, es mejor no leer, porque no hay nada peor que el ignorante que ha leído un libro y ya cree que lo sabe todo.

Hoy eso ha cambiado y la academia se está acercando. Puede hacer mucho, pero no sola, sino integrándose en grupos interdisciplinares de productores, agricultores, empresarios y políticos, porque lo que aporta es conocimiento, y ese conocimiento se amplía con el de los demás. Más que divulgar, que está bien, hoy hay que transferir el conocimiento, porque al transferirlo le das una utilidad social. Doy una conferencia, todo muy bien, la gente sale contenta, al día siguiente la comenta, pero al mes no queda nada. En cambio, si esa conferencia se da en un centro de cultura que se ha creado, la conferencia pasa, pero el centro queda. Lo que queda es la continuidad: distintas profesiones trabajando en torno a un hilo conductor, que en este caso es la transferencia del concepto de cultura del vino.

No es lo mismo tomarse un vino en un vaso de plástico que en una copa de cristal; no es lo mismo de pie que sentado, solo que acompañado. Y no es lo mismo hacerlo en una bodega, con ese olor. ¿Por qué limitar los sentidos solo al paladar? Uno entra en una bodega, aunque no estén vendimiando, y hay un olor especial, una arquitectura pensada en función de esa producción. Se trata de multiplicar los sentidos, para que el cerebro comprenda mejor lo que es el vino. Eso es lo que ha faltado: incorporarnos a esos grupos interprofesionales e interinstitucionales y aportar conocimiento.

Siempre se ha discutido si es mejor hacer historia a través de las fuentes textuales o de la cultura material. No es ni mejor ni peor. Es verdad que en época antigua hay menos fuentes escritas (en época medieval y moderna se multiplican) y que la cultura material es infinita. Pero la historia da luz a la arqueología y la arqueología da luz a la historia. Nosotros podemos explicar, por ejemplo, por qué el vino se toma de una determinada manera, o por qué se brinda con vino y no con otros productos: los rituales del vino.

Mucha gente piensa que quienes nos dedicamos a la historia o a la arqueología miramos la Antigüedad como una meta en sí misma. Hubo un tiempo en que fue así, pero ya no. Ahora miramos el pasado para entenderlo y, al entenderlo, traer ese conocimiento a nuestro presente y, desde ahí, definir nuestra propia identidad, sin ser una mera etiqueta de lo que nos digan desde un sitio u otro. Conocer el pasado fomenta nuestra identidad y nos compromete a transmitirla a las generaciones venideras. Ya no es un mero conocimiento cultural de cómo eran los hititas o los fenicios.

Se lo digo a mis alumnos cuando se acercan las Navidades. Doy una asignatura con tres grupos, el 110, el 120 y el 160, y los alumnos de distintos grupos no se mezclan: cada grupo celebra el fin de curso o las fiestas por su cuenta. ¿Qué tienen en común? Que son compañeros de clase. ¿Y cómo lo celebran? Yendo a tomar algo: pueden beber y comer, un banquete, que no tiene por qué ser grande o solo beber. Eso es un simposio, que semánticamente significa "bebida en común". La bebida y la celebración son entre iguales. Eso no es exclusión: es que somos hijos de una cultura mediterránea en la que el banquete y la bebida tenían esos condicionantes. Antes el vínculo era el linaje y la posición social, la élite dirigente; ahora son otros vínculos, como compartir una clase en una universidad pública o privada.

Lo que tenemos que hacer ahora es mezclar esos grupos, que tienden a estar muy diferenciados. ¿Por qué no traer a la academia a convivir con el mundo de la viticultura y la vinicultura? ¿Por qué no pueden venir los políticos y las instituciones que toman decisiones, para que, entendiendo lo que ven, apoyen esas políticas? No se puede apoyar lo que no se entiende. Si acaso, se apoya por un rendimiento político o económico inmediato, pero a la larga ese vino o esa norma se hunden, porque les falta arraigo. Creo que el gran avance que se está produciendo es la evidencia del trabajo interdisciplinar e interinstitucional: que cada uno, manteniendo la esencia de su personalidad, trabaje en común para asegurar la pervivencia de este patrimonio, con sus lógicas transformaciones.

Si un griego hubiera visto un simposio como se hacía en Iberia en el siglo V antes de Cristo, se habría escandalizado. Pero uno y otro eran bebida en común: los griegos lo practicaban en la vida privada y los íberos, ante la muerte. Fíjate qué diferencia; y, sin embargo, seguía siendo la esencia de la vida en común.

Creo que podemos aportar mucho para entender lo que saben los demás y, a su vez, enriquecernos con lo que ellos saben. Esa mezcla, ese mestizaje, es lo que tenemos que transferir a una sociedad que no es ni bodeguera, ni académica, ni empresarial.


5. ¿Qué distingue a un buen museo, una ruta del vino o un relato territorial de una simple utilización comercial del pasado?

La ganancia es lícita, sea intelectual, económica o sentimental. Un cuchillo sirve para cortar el pan o para matar, y los cuchillos no son ilegales: depende del uso que se les dé. Lo incorrecto -y, además, lo que no engancha a la gente- es aquello que no tiene continuidad y, por tanto, no es sostenible, porque al final resulta antieconómico o antisocial.

¿Qué pasa si hacemos una ruta del vino a toda velocidad, con una visita a una bodega, un discurso anticuado y poco cercano al público, y al final el consumo? Eso da un beneficio, pero la gente termina diciendo: “Si todas las bodegas son iguales”. Ahí no ha habido sentimientos, ni singularidades, ni personas. Si lo convertimos todo en un consumo para que el guía gane dinero, la bodega gane dinero y el público se entretenga una mañana, bien; pero a la larga el público dice “esto me aburre, siempre me cuentan lo mismo”, la bodega dice “cada vez vendemos menos”, y al guía -que no está actualizado, que no tiene empatía con el público porque no conoce a quién se dirige- dejan de llamarlo. Lo que hay que hacer es sentarse, dialogar y diseñar propuestas pensadas desde muchas perspectivas.

Es lo que hoy se llama economía de la cultura. Y aquí va la crítica que hago a las ciencias humanas y sociales, y en particular a las humanidades: en España la economía de la cultura se estudia en otras carreras, como Turismo, pero no en Filosofía y Letras. Y si la vida es economía, estamos totalmente desorientados.

No se trata de incitar a beber. El final, en efecto, es tomar una copa de vino, pero como consagración del éxito de la reunión, del recorrido, de las experiencias acumuladas, de la sociabilidad del grupo con el guía y con el lugar. Eso es lo que se conmemora tomando una copa, y por eso se brinda. Si la visita no tiene empatía, no hay celebración. Hay que trabajar hablándolo, mirando posibilidades, lo que gusta y lo que no; hacer estudios de público; apoyarse en el mundo científico y no banalizar la divulgación. Se pueden contar anécdotas, pero la historia no es una suma de anécdotas. Y hay que desterrar los tópicos que ya están superados.

Las personas que participan confían en nosotros, en la academia, en la bodega, en los políticos, y por eso vienen. Si salen frustradas, surgen la desconfianza y la distancia: “los académicos solo hablan entre ellos y no les entiendo”, “la bodega solo quiere que consuma vino”. Hay que fomentar experiencias, y la experiencia es el cúmulo de conocimientos en todos los sentidos.


6. ¿Cómo surgió su relación con Chile y con el Cono Sur? Y, a partir de esa experiencia de varias décadas, ¿cuál es el potencial singular del patrimonio vitivinícola de la región y dónde deberían ponerse hoy las prioridades de investigación y conservación?

He viajado mucho por América del Sur, y el setenta por ciento de esas estancias ha sido en Chile. Todo arranca en los años noventa, entre 1990 y 1994, a raíz de mis trabajos sobre cultura ibérica, sobre estas necrópolis y estos simposios ante la muerte. Nos enteramos de un congreso de vitivinicultura en Talca y allí conocimos al historiador Pablo Lacoste. Surgió, como pasa en casi todo, una química; él es muy activo, se implica muchísimo en todo lo que emprende. Nosotros llegábamos con una visión totalmente ajena a la vitivinicultura sudamericana: contábamos ritos del vino, formas de consumo antiguas; éramos un poco lo exótico, pero eso nos permitió conocernos como personas y conocer nuestros respectivos mundos de investigación.

Desde entonces, Pablo organizó una serie de reuniones en torno a la vitivinicultura (seis o siete) y yo asistí prácticamente a todas. Así me fui involucrando, no solo como investigador sino como actor, intentando generar una base, una estructura en la que apoyar actuaciones más complejas. Con Sebastián Celestino organizamos en España, en La Serena, un congreso internacional al que trajimos a investigadores de Perú, de México y, como es lógico, de Chile. Una de las conclusiones fue que la arqueología del vino ya había entrado en el terreno de la analítica -de los enólogos, de los laboratorios- y que nosotros debíamos dejar ese campo a otras ciencias para ahondar en lo patrimonial: la puesta en valor, el mantenimiento, evitar la destrucción y divulgar todo ese patrimonio que se sintetiza en la cultura y el consumo del vino.

Han sido ya prácticamente treinta años. Y el potencial es muchísimo. Ir un poco por detrás de Francia, de Italia o de España -aunque España todavía no tiene ningún paisaje vitivinícola declarado Patrimonio de la Humanidad, y Francia e Italia sí- tiene sus ventajas. Siempre pongo un ejemplo, y quizá me lo has oído, Gonzalo: yo soy el hermano pequeño, y eso tiene inconvenientes y ventajas. Te toca seguir el modelo del mayor, del mediano, de todos; pero también consigues antes permiso para pasar la Nochevieja fuera de casa o para salir con los amigos. Lo mismo veo en el Cono Sur, en Argentina, en Chile y ahora también en Bolivia: aunque hay muchas cosas por hacer, se pueden evitar muchos errores.

¿Para qué repetir lo que ya está ensayado y sabemos que no da más de sí? ¿Para qué hacer rutas solo desde la perspectiva de la bodega, o un ciclo de conferencias y nada más? La gente quiere experiencias. Tres cuartas partes de la humanidad viven en ciudades, y ese mercado urbano es un mercado potencial que busca descanso, otras experiencias, recuperar el concepto de territorio: vivo en la ciudad, pero quiero conocer mi tierra, o territorios que no conozco. De ahí la idea de rutas entrelazadas, que no tienen por qué ser todas vitivinícolas: pueden ser gastronómicas, patrimoniales, monumentales. Porque, además de ver una bodega, quiero pasear, hablar con la gente, ver una iglesia bonita, y luego tengo que alojarme y quiero comer.

La ventaja de hoy es que ya sabemos que el mejor vino del mundo, primero, no existe: hay vinos buenos y vinos malos. Y quizá yo no puedo pagar una botella de miles de dólares, de euros o de pesos chilenos. Pero si tomo el vino del lugar, elaborado en ese territorio, mientras como la comida de ese territorio que me sirve alguien que vive allí, cuya madre vive allí, le estoy dando un valor añadido que supera las expectativas que hoy tiene la sociedad. Un Petrus, y no es publicidad, cuesta, el más barato, unos 1.800 euros. Nunca lo he probado; estoy esperando que algún amigo lo tenga para que me invite. Pero un vino de un territorio que estoy paseando, viendo, oliendo, sintiendo, hablando con su gente, si es bueno, no tiene por qué costar mil euros.

Entonces: la gastronomía, el paisaje, el territorio. Algún geógrafo me matará, pero esa idea del paisaje natural prístino es una idealización que hay que superar: desde que el mono bajó del árbol estamos afectando al medio, ya sea hasta llegar a desastres ecológicos o para convivir con él. Lo que ocurre es que la bodega no debe contaminar el pequeño río que pasa al lado, naturalmente, y un hotel no puede tener veinte alturas en un pueblo donde todo tiene dos o tres, porque además esas veinte alturas no van a ser sostenibles. Hay que sentarse a hablar de todo esto y estructurar rutas que se crucen unas con otras, una red de redes de distintas temáticas, soportada en el territorio. A unos les gustará más el vino; a otros, la gastronomía, la tranquilidad o el paisaje cultural, porque el paisaje es la interacción entre el ser humano y el medio. Cuando llegamos a Mendoza, al este mendocino, el paisaje tiene su propia personalidad; los Países Bajos también, pero no vamos a hacer los Países Bajos en Mendoza, ni aquí en Chile, en el Maule. ¿No te parece, Gonzalo? Se trata de resaltar lo que tienes.

Tenemos mucho más de lo que creemos y se está destruyendo mucho más de lo que pensamos. En España, con un patrimonio muy rico, entre finales del siglo XIX y el siglo XX se destruyó más que en diez siglos, por un desarrollismo mal entendido que derribó arquitectura, arrasó cultivos y urbanizó en exceso el territorio bajo el modelo de la ciudad dormitorio. Eso nos ha llevado a un fracaso. Ahora se dice "devolvamos la ciudad a los ciudadanos", pero la ciudad siempre fueron las personas. Lo hemos perdido y nos quedó la carcasa. Hay que recuperarlo. Marcar la identidad de cada territorio no significa independencia, ni mucho menos: es la riqueza de cada territorio lo que lo enriquece en todos los sentidos y le da sostenibilidad.

Prefiero poca gente todas las semanas al turismo estacional (no tengo nada contra él, pero si eres funcionario tienes que irte siempre de vacaciones en verano). Hay gente que puede viajar en otros momentos: gente jubilada, de la tercera edad e incluso ya de una cuarta edad, que intenta vivir con buena calidad de vida hasta los ochenta o los noventa. Y, por otro lado, el tránsito del campo a la ciudad muchas veces es ir a la miseria. En cambio, el patrimonio vitivinícola lo multiplica todo, porque es difícil solo beber vino: enseguida lo acompañas con gastronomía, y si bebes no conduces, así que te quedas. Es un hilo conductor, como un rosario: tomas una cuenta y van saliendo las demás. Las rutas ensambladas con el territorio, y siempre con las personas por delante, son lo que creo que puede permitir un salto cualitativo a toda América del Sur.

Para cerrar, ¿qué reflexión final le gustaría compartir con nuestros lectores?

Invitaría a todas las personas que leen, que observan, que viajan, a que intenten unir su mundo laboral con sus aficiones personales. A no intentar ser felices solo el sábado y el domingo, o en el mes de vacaciones, o cuando se jubilen. Lo he visto en mi propia persona: unir la arqueología con lo que me gusta, la sociabilidad, estar con la gente, el vino, la vitivinicultura, la puesta en valor del patrimonio, me ha permitido viajar mucho y conocer a personas que hoy son mis amigos. Sin esto, no lo habría conseguido.

En el caso de la vitivinicultura es muy fácil. Para tomar una bebida no hace falta mucha complejidad: vas a la nevera, coges agua mineral, con gas o sin gas, te la tomas, sacias una necesidad y ya está. Pero creo que, más que buscar la felicidad... que no existe en un punto concreto, se trata de ir por la vida definiendo y modelando cada día tu propia personalidad. En ese sentido, mirar el pasado para entender mi presente, ver lo que considero más importante y transmitirlo a las generaciones venideras me da la tranquilidad de ir por la vida erguido, con los ojos y los oídos muy abiertos, y a gusto. Me compensa ese modo de vida. Y en el patrimonio vitivinícola, en la artesanía, en la gastronomía, he encontrado mucha felicidad.



--- FIN ---