Articulo #271
La nueva geografía del vino sudamericano

La nueva geografía del vino sudamericano

POR GONZALO ROJAS

SEPTIEMBRE DEL 2026

Al amanecer, la vid cuenta una historia distinta en cada extremo de Sudamérica. En el desierto costero del Perú, el agua avanza por canales hacia oasis donde conviven la uva de mesa, el pisco y una vitivinicultura que busca recuperar su lugar fundacional en el subcontinente. En los valles altos de Bolivia, las plantas soportan una radiación intensa y noches frías a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar. En el sur de Chile y Argentina, nuevas hileras aparecen donde hasta hace poco la lluvia, las heladas o la distancia parecían excluir al vino. Más al este, Brasil altera el propio calendario de la vid mediante la doble poda y vendimia durante el invierno seco. Uruguay, entre el Atlántico y el crecimiento de Montevideo, intenta proteger una trama de viñedos familiares que ocupa poco espacio, pero concentra una memoria agrícola excepcional.
Ese mapa habría resultado extraño hace treinta años. La imagen internacional del vino sudamericano se apoyaba entonces en dos columnas: Chile como plataforma exportadora y Argentina como potencia productiva asociada al Malbec. Los demás países aparecían en los márgenes, presentados como curiosidades o mercados menores. La realidad actual desarma esa jerarquía. Brasil crece como productor y consumidor; Uruguay explora una identidad atlántica más diversa que el Tannat; Bolivia convierte la altura, el singani y los paisajes de los Cintis en activos culturales; Perú comienza a reconectar vino, pisco, gastronomía e historia colonial. Al mismo tiempo, Chile y Argentina atraviesan una contracción que obliga a revisar el modelo de expansión basado en superficie, volumen, alto consumo interno y exportaciones.

La transformación ocurre en un momento difícil para el vino mundial. La Organización Internacional de la Viña y el Vino estimó que en 2025 la superficie vitícola global cayó por sexto año consecutivo, hasta 7,03 millones de hectáreas. La producción llegó a 227 millones de hectolitros y el consumo descendió a 208 millones, uno de los registros más bajos de las últimas décadas. El cambio climático añade sequías, lluvias extremas, incendios y vendimias cada vez menos previsibles. Ya no basta con producir más y esperar que el mercado absorba las existencias. Los países necesitan decidir qué viñedos conservar, qué territorios desarrollar y qué historias pueden sostener valor en el tiempo.
La nueva geografía del vino sudamericano nace de esa tensión. Se expande hacia costas frías, alturas extremas, regiones australes y zonas tropicales, mientras vuelve la mirada hacia parras antiguas, variedades criollas, selecciones masales, vasijas tradicionales y paisajes que la modernización relegó. No es un avance uniforme ni una marcha lineal hacia el sur. Es un mosaico de desplazamientos, recuperaciones y ensayos que sitúa a Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia y Perú en un mismo plano de análisis. Cada país ofrece una respuesta distinta a la misma pregunta: cómo producir vino con identidad cuando el volumen pierde fuerza y el territorio adquiere un valor decisivo.

Un continente que mueve sus viñedos

Chile ofrece la expresión más visible de la contracción. En 2025 conservaba unas 109.000 hectáreas de vid, 3,7 por ciento menos que el año anterior y 27 por ciento menos que en 2019. La producción descendió a 8,4 millones de hectolitros, su nivel más bajo desde 2007. También retrocedieron las exportaciones, aunque el vino embotellado todavía aportó el 83 por ciento de su valor. Detrás de esas cifras hay un riesgo territorial. Cuando cae la rentabilidad, los primeros viñedos amenazados suelen ser los de bajo rendimiento, los más antiguos o los que pertenecen a pequeños productores. Su desaparición puede borrar material vegetal y prácticas agrícolas antes de que hayan sido estudiados.

Pero el mapa chileno también se ensancha. Las zonas costeras de Limarí, Casablanca, San Antonio y Colchagua Costa aprovechan la influencia del Pacífico. Más al sur, los secanos del Maule e Itata recuperan País, Cinsault, Moscatel, Semillón y Torontel, mientras Malleco, Osorno y Los Lagos empujan la frontera hacia ambientes lluviosos y fríos. En el extremo norte, Codpa, Tarapacá, Toconao y los valles pisqueros recuerdan que la viticultura chilena también es una agricultura de oasis, laderas y antiguos sistemas de riego. La novedad no consiste solamente en plantar donde antes no había viñas. También implica mirar de otra forma territorios que siempre estuvieron allí. El pipeño, las selecciones masales y la diversidad clonal del Carmenere adquieren ahora valor como patrimonio biológico y como posibles respuestas frente al cambio climático.

Argentina comparte la reducción de superficie, aunque mantiene el mayor peso productivo de la región. En 2025 registró alrededor de 196.000 hectáreas y 10,8 millones de hectolitros de vino. El Instituto Nacional de Vitivinicultura contabiliza 20.939 viñedos, 1.220 bodegas inscritas y 895 establecimientos elaboradores. La escala sigue siendo considerable, pero el viñedo disminuye desde 2015 y el consumo interno cayó por quinto año consecutivo, hasta 7,5 millones de hectolitros. Las exportaciones a granel pueden aliviar excedentes, pero no reemplazan una estrategia capaz de sostener productores ni capturar mayor valor en el origen.

La respuesta argentina ha sido profundizar la idea de lugar. Gualtallary, Paraje Altamira, San Pablo, Los Chacayes y otras áreas del Valle de Uco han trasladado la conversación desde la variedad hacia la parcela, la altura y los suelos. La Patagonia, antes concentrada en Río Negro y Neuquén, avanza hacia Chubut, mientras aparecen experiencias atlánticas y recuperaciones en Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires. Sin embargo, la búsqueda de nuevas fronteras no vuelve obsoleta la geografía histórica. Luján de Cuyo, Maipú y la gran viticultura de Mendoza Este conservan viñas centenarias y selecciones masales que funcionan como reservorios genéticos. Las criollas, la Bonarda, el Semillón antiguo y los parrales tradicionales permiten reconstruir una diversidad que durante años quedó oculta detrás del éxito mundial del Malbec.

Al otro lado del Río de la Plata, Uruguay demuestra que una vitivinicultura pequeña puede poseer una gran densidad territorial. El registro de 2025 identifica 1.048 viñedos activos, 676 empresas y 5.797,8 hectáreas, con 20,4 millones de plantas y 87 millones de kilogramos de uva. Canelones concentra el 66,8 por ciento de la superficie y casi tres cuartas partes de la producción. Montevideo conserva alrededor del 12 por ciento del área y Maldonado supera el 7 por ciento. Son cifras modestas frente a sus vecinos, pero permiten una trazabilidad difícil de conseguir en sistemas mayores.

El Tannat ocupa 1.536 hectáreas y sigue actuando como emblema nacional. Aun así, el viñedo uruguayo es más plural de lo que su imagen exterior sugiere. Moscatel de Hamburgo, Ugni Blanc, Merlot, Cabernet Sauvignon, Marselan, Cabernet Franc y Albariño conviven con superficies pequeñas de Semillón, Carmenere, Mencía, Cinsault, Garnacha y Folle Noire. La nueva geografía uruguaya se organiza entre dos fuerzas. Canelones y Montevideo deben defender un paisaje periurbano formado por inmigración, trabajo familiar y bodegas cercanas a la capital. Maldonado y otras zonas atlánticas construyen una identidad apoyada en la influencia marítima, los vinos blancos y el turismo. La cercanía urbana facilita las visitas, pero eleva el precio del suelo y acelera la sustitución de viñedos.

Brasil introduce un movimiento diferente: mientras Chile y Argentina se contraen, su superficie vitícola crece. La OIV estimó 91.000 hectáreas en 2025, un aumento anual de 9,6 por ciento y el quinto año consecutivo de expansión. La producción se recuperó hasta 2,8 millones de hectolitros y el consumo alcanzó 4,4 millones, el mayor volumen de su historia reciente. Estas cifras reúnen vino, uva de mesa, jugo y una viticultura donde las variedades americanas e híbridas tienen una presencia decisiva. Lejos de ser una anomalía frente al modelo europeo, esa mezcla explica la amplitud social del cultivo y su inserción en el mercado interno.

La Serra Gaúcha sigue siendo el corazón industrial, histórico y enoturístico, con Vale dos Vinhedos como referencia principal. A su alrededor, Pinto Bandeira, Altos Montes, Monte Belo, Farroupilha y Campanha Gaúcha han desarrollado reconocimientos territoriales propios. Santa Catarina apuesta por los vinos de altura; la Campanha explora paisajes de pampa y frontera; el Vale do São Francisco produce bajo condiciones tropicales gracias al manejo del agua y la programación de cosechas. En Minas Gerais, São Paulo y áreas vecinas, la doble poda desplaza la maduración hacia el invierno seco. Esta técnica no mueve el viñedo en el espacio, sino en el tiempo: cambia el calendario fisiológico de la planta y hace posible una viticultura de calidad fuera del ciclo mediterráneo convencional.

Bolivia ocupa una escala mucho menor, pero posee una de las identidades territoriales más reconocibles del continente. Las estimaciones disponibles sitúan la superficie alrededor de 2.490 hectáreas y aproximadamente el 80 por ciento se concentra en el valle central de Tarija. La comparación estadística es difícil porque no existe una serie pública continua que separe vino, uva y singani. Esa carencia de datos contrasta con la potencia del paisaje. Buena parte de los viñedos se encuentra sobre los 1.600 metros y algunos proyectos se acercan o superan los 3.000. La radiación, la amplitud térmica y la escasez de agua producen condiciones extremas que influyen en la viticultura y no pueden reducirse a una consigna comercial.

Tarija reúne bodegas, infraestructura y turismo, pero los Cintis de Chuquisaca conservan una imagen única: parras antiguas que crecen junto a molles, chañares y otros árboles utilizados como tutores vivos. Haciendas, bodegas y rutas vinculadas históricamente con Potosí completan un paisaje donde vino y memoria minera se entrecruzan. Cotagaita y otros valles potosinos amplían este patrimonio hacia zonas todavía poco documentadas. El singani, elaborado con Moscatel de Alejandría, conecta agricultura, destilación e identidad nacional. Su proyección internacional puede convertirse en una forma efectiva de diplomacia cultural si se apoya en investigación histórica, control de calidad y protección real del origen.

Perú presenta el contraste más marcado entre la fuerza de la vid y la escasa visibilidad del vino. La producción nacional de uva alcanzó 929.000 toneladas en 2022. Durante la campaña 2024-2025 el país exportó 562.093 toneladas de uva de mesa a 44 mercados, una escala que lo sitúa entre los líderes mundiales. Sin embargo, esos datos dicen poco sobre la superficie destinada a vino y pisco. La estadística agrícola agrupa actividades con lógicas distintas y tiende a ocultar la importancia económica y cultural de la transformación. Perú posee una de las agriculturas de uva más dinámicas del planeta, mientras su geografía vitivinícola continúa apareciendo como un apéndice menor.

Ica es el principal centro productivo, aunque la denominación de origen Pisco incluye también Lima, Arequipa, Moquegua y los valles de Locumba, Sama y Caplina en Tacna. Quebranta, Negra Criolla, Mollar, Uvina, Italia, Moscatel, Torontel y Albilla componen un patrimonio inseparable de lagares, botijas, bodegas y rutas comerciales coloniales. La incorporación de documentos peruanos sobre los orígenes del pisco al programa Memoria del Mundo de la UNESCO reforzó la dimensión cultural del destilado. El desafío consiste en que esa legitimación no quede limitada a la disputa internacional por el nombre. La documentación histórica debe traducirse en conservación material, investigación sobre vides antiguas y experiencias capaces de integrar vino, pisco y gastronomía.

Vistos en conjunto, los seis países revelan una región mucho más diversa que la oposición entre los dos grandes exportadores del Cono Sur. Chile y Argentina conservan la mayor escala, pero atraviesan un ajuste estructural. Brasil modifica las fronteras climáticas y amplía el consumo interno. Uruguay convierte su tamaño en proximidad y trazabilidad. Bolivia trabaja con la rareza verificable de la altura, el singani y los tutores vivos. Perú dispone de infraestructura y conocimiento agronómico de clase mundial, aunque todavía debe construir estadísticas que distingan la uva de mesa de la vitivinicultura y la producción pisquera. Ninguna trayectoria puede utilizarse como modelo universal para las otras.

El futuro se juega en el lugar de origen

La contracción del consumo mundial reduce el espacio para estrategias basadas únicamente en volumen y precio. Chile y Argentina sienten esa presión de manera directa. Uruguay y Bolivia nunca contaron con una escala suficiente para competir por esa vía. Brasil y Perú crecen desde mercados y productos diferentes. La salida común consiste en aumentar el valor que permanece en los territorios, pero eso exige algo más preciso que añadir un nombre geográfico a una etiqueta. Una indicación de origen solo produce valor duradero cuando dispone de límites claros, trazabilidad, reglas compartidas y una comunidad capaz de defenderlas.

La transición desde la variedad hacia el lugar ya puede observarse en Mendoza, en las indicaciones geográficas brasileñas, en el Atlántico uruguayo y en la ampliación de zonas reconocidas en Chile. También aparece, de otra manera, en la protección del singani boliviano y el pisco peruano. En todos esos casos, la reputación depende de instituciones. Sin catastros actualizados, archivos accesibles, investigación ambiental y acuerdos entre productores, el origen puede transformarse en una inflación de nombres con escaso contenido. La geografía del vino no se crea mediante una campaña publicitaria. Se construye al relacionar condiciones naturales, conocimiento acumulado, prácticas productivas y decisiones colectivas.

El patrimonio vitícola adquiere entonces una función contemporánea. Las viñas antiguas y las variedades minoritarias no son solamente testimonios del pasado. Su diversidad genética, su adaptación al secano y su comportamiento frente al calor o las enfermedades pueden ofrecer respuestas para el futuro. Las selecciones masales argentinas, las cepas patrimoniales chilenas, el repertorio varietal uruguayo, los híbridos brasileños, la Moscatel de Alejandría boliviana y las uvas criollas peruanas forman un capital biológico regional que apenas comienza a estudiarse con herramientas modernas.

Conservar no significa inmovilizar. Una planta sobrevive cuando alguien la cultiva y cuando existe un mercado dispuesto a pagar por su diferencia. La preservación productiva necesita viveros, bancos de germoplasma, ensayos agronómicos, vinificaciones experimentales y canales comerciales. También requiere reconocer a quienes mantienen el recurso. Si un viñatero recibe menos por una uva patrimonial que por una variedad genérica de alto rendimiento, la declaración de valor cultural tendrá poco efecto. Chile enfrenta este dilema en los secanos del centro-sur; Argentina, en los parrales y viñas antiguas; Uruguay, en las variedades de superficie mínima; Brasil, en el patrimonio asociado a híbridos e inmigrantes; Bolivia, en los Cintis; Perú, en los oasis donde la agroexportación puede desplazar cultivos tradicionales.

El agua definirá muchas de esas decisiones. Los oasis peruanos y bolivianos, Cuyo, el norte chileno y amplias zonas brasileñas dependen de sistemas hídricos sometidos a presiones crecientes. La expansión hacia climas más fríos tampoco elimina el problema: puede trasladarlo a cuencas con otros usos, ecosistemas vulnerables o comunidades que no han participado en las decisiones. La sostenibilidad del vino deberá medirse en el territorio y no solamente en la bodega. La eficiencia del riego importa, pero también la disponibilidad de agua para la población, la salud de los suelos, la biodiversidad y la capacidad de un paisaje productivo para resistir incendios, inundaciones o sequías prolongadas.

El enoturismo puede convertir esa complejidad en ingresos y conocimiento público. Mendoza, Serra Gaúcha, Canelones, Tarija, Ica y los valles chilenos muestran distintos grados de desarrollo, pero comparten un riesgo: reducir la experiencia a una visita de bodega seguida de una degustación. La nueva geografía exige otro relato. El visitante necesita comprender cómo circuló la vid por el continente, quién trabaja la tierra, por qué se escogieron determinadas variedades y qué conflictos han moldeado el paisaje. En los Cintis, los tutores vivos cuentan una historia distinta a la de una bodega industrial. En Montevideo, el avance urbano forma parte de la experiencia. En el Valle do São Francisco, la posibilidad de cosechar más de una vez al año obliga a repensar las estaciones. En Itata o Maule, las parras viejas solo cobran sentido cuando se relacionan con el secano, la pequeña propiedad y la memoria campesina.

La gastronomía amplía ese campo. El vino sudamericano no se consume en un vacío cultural: dialoga con cocinas indígenas, criollas, inmigrantes y contemporáneas. Perú posee una ventaja evidente por la proyección internacional de su cocina y el lugar del pisco en ella. Bolivia puede relacionar singani y vinos de altura con productos andinos y circuitos históricos. Brasil dispone de un mercado interno inmenso y tradiciones regionales capaces de sostener estilos muy diversos. Uruguay combina proximidad urbana, carne, costa y bodegas familiares. Argentina y Chile cuentan con rutas consolidadas, aunque todavía deben descentralizar sus relatos y abrir espacio a territorios menos conocidos. La mesa puede mostrar la diversidad regional con una eficacia que las clasificaciones técnicas rara vez alcanzan.

Allí aparece también la enodiplomacia. Malbec, Carmenere, Tannat, espumantes brasileños, singani y pisco funcionan como signos nacionales. Utilizados de manera aislada, corren el riesgo de convertirse en marcas rígidas que simplifican la historia. Presentados como parte de una circulación continental de plantas, técnicas y personas, pueden comunicar una cultura regional sin borrar diferencias ni controversias. La cooperación no exige que Chile y Perú renuncien a sus posiciones sobre el pisco, ni que cada país abandone sus emblemas. Exige reconocer que la reputación exterior del vino sudamericano se fortalece cuando el continente deja de aparecer como una suma de imitaciones europeas y muestra sus propias formas de adaptación.

Durante la próxima década, Chile y Argentina probablemente continuarán reduciendo de manera selectiva su superficie. El peligro será que el mercado elimine primero los viñedos con mayor valor histórico o genético porque suelen ofrecer menores rendimientos. Ambos países necesitan inventarios que identifiquen esos activos antes de la reconversión, además de instrumentos que permitan conservarlos de manera productiva. En Chile, la capacidad científica y exportadora debe vincularse mejor con pequeños viñateros. En Argentina, la diferenciación por parajes debe convivir con políticas que enfrenten la escasez hídrica, la concentración y la pérdida de productores.

Brasil seguirá siendo el gran factor expansivo. Su crecimiento como productor y consumidor puede modificar los flujos comerciales regionales y abrir oportunidades para los países vecinos, al mismo tiempo que estimula una oferta local más competitiva. La investigación sobre viticultura tropical, híbridos y vinos de invierno tendrá efectos fuera de sus fronteras. Su mayor desafío será evitar que el ascenso de las viníferas y los segmentos de prestigio vuelva invisible la base social construida por variedades americanas, jugos, cooperativas y comunidades de inmigrantes.

Uruguay, Bolivia y Perú pueden ganar presencia internacional sin perseguir grandes volúmenes. Uruguay dispone de una vitivinicultura legible, cercana y familiar, pero debe proteger sus viñedos periurbanos. Bolivia puede convertir la altura y el singani en una propuesta coherente si mejora sus catastros, la formación técnica y la infraestructura turística. Perú puede aprovechar la logística y el conocimiento desarrollados por la uva de mesa, siempre que evite la homogeneización de los oasis y otorgue visibilidad propia al vino y al pisco. Para los tres países, la rareza será valiosa solo si puede demostrarse, documentarse y beneficiar a las comunidades que la sostienen.

La región necesita, finalmente, una infraestructura común de conocimiento. Hoy es posible comparar con precisión la superficie y la producción de los países del Cono Sur, pero no existe el mismo nivel de información para Bolivia y Perú, y las categorías nacionales no siempre miden lo mismo. Un observatorio sudamericano debería homologar datos sobre superficie, destino de la uva, viñas antiguas, variedades, empleo, turismo y comercio. También podría reunir cartografía histórica, registros genéticos y archivos orales. Sin esa base, los países de mayor escala seguirán definiendo la imagen del continente y las experiencias pequeñas permanecerán subrepresentadas, aunque sean decisivas para comprender hacia dónde se mueve el vino.

La nueva geografía del vino sudamericano no reemplaza un centro por otro. Superpone grandes zonas exportadoras, oasis históricos, costas frías, alturas extremas, paisajes tropicales, regiones australes y cinturones periurbanos. Ese mapa ya no puede explicarse únicamente desde Santiago y Mendoza, ni medirse solo por hectáreas y exportaciones. Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia y Perú participan de la transformación desde escalas diferentes y con recursos propios.

Argentina aporta profundidad productiva y una rápida diferenciación por lugares. Chile reúne capacidad exportadora, ciencia y una diversidad que atraviesa casi toda su longitud. Uruguay ofrece trazabilidad, proximidad y una red familiar amenazada por la expansión urbana. Brasil ensaya nuevas relaciones entre clima, calendario y mercado. Bolivia conserva una viticultura de altura ligada al singani y a paisajes agrícolas únicos. Perú conecta la vid con la agroexportación, la gastronomía y uno de los destilados más cargados de historia del continente. Considerados en igualdad analítica, dejan de formar una jerarquía entre productores mayores y menores y se convierten en un laboratorio regional.

El futuro dependerá de la capacidad para reconocer valor antes de que desaparezca. El mercado, por sí solo, tenderá a seleccionar las viñas más rentables en el corto plazo. La política pública, la investigación y las organizaciones territoriales deben identificar qué plantas, prácticas y paisajes poseen un valor que no puede recuperarse una vez perdido. La ventaja más difícil de reproducir no será una variedad internacional ni una técnica aislada. Será la relación histórica entre las plantas, las personas y los lugares. Allí se encuentra el verdadero mapa del vino sudamericano que comienza a emerger.


Bibliografía:

Fuentes institucionales:

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Artículos y libros de referencia:

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