Articulo #270
Jules Émile Planchon: el botánico que ayudó a salvar los viñedos del mundo

Jules Émile Planchon: el botánico que ayudó a salvar los viñedos del mundo

POR GONZALO ROJAS

SEPTIEMBRE DEL 2026

A mediados del siglo XIX, la vitivinicultura europea atravesaba un periodo de profundas transformaciones. La expansión de los ferrocarriles, el transporte marítimo a vapor y el comercio internacional facilitaban la circulación de vinos, conocimientos y material vegetal. Los jardines botánicos y los viveros intercambiaban plantas procedentes de diferentes continentes, convencidos de que aquella movilidad contribuiría al progreso de la agricultura. Pero junto con las nuevas especies viajaban organismos casi imperceptibles. Entre ellos se encontraba un pequeño insecto originario de América del Norte que cambiaría para siempre la historia mundial del vino.

Las primeras señales de la enfermedad aparecieron en el sur de Francia durante la década de 1860. Las vides comenzaban a perder vigor, sus hojas amarilleaban, la producción disminuía y, después de algunos años, las plantas morían. El deterioro avanzaba de una parcela a otra sin que los agricultores pudieran reconocer su causa. Algunos atribuían el fenómeno al agotamiento de los suelos; otros, a las condiciones climáticas, al exceso de humedad o a una enfermedad desconocida. El agente permanecía oculto bajo tierra. En ese contexto surgió la figura de Jules Émile Planchon. Nacido en Ganges, en el departamento de Hérault, en marzo de 1823, Planchon se había formado en ciencias naturales, farmacia y medicina. Su trayectoria académica fue excepcionalmente amplia. Trabajó entre 1844 y 1848 en los Royal Botanic Gardens de Kew, uno de los principales centros botánicos del mundo, y posteriormente enseñó botánica, zoología y horticultura en Gante. Después de un periodo como profesor en Nancy, regresó a Montpellier, donde se vinculó con la Facultad de Ciencias y la Escuela Superior de Farmacia, institución que dirigió desde 1859.
Ante la expansión de la misteriosa enfermedad, la Sociedad Central de Agricultura del Hérault designó una comisión integrada por Planchon, el horticultor y viticultor Félix Sahut y el abogado y propietario agrícola Gaston Bazille. El 15 de julio de 1868, los tres investigadores examinaron un viñedo afectado en Saint-Martin-de-Crau. Las inspecciones anteriores se habían concentrado principalmente en plantas muertas. Sahut propuso arrancar una cepa que todavía conservara signos de vitalidad. Al observar cuidadosamente sus raíces, encontraron innumerables puntos amarillentos. Eran distintas formas de un pequeño insecto chupador que se alimentaba de los tejidos radicales.

Planchon comprendió inmediatamente la importancia del hallazgo. Estudió el organismo, lo describió y comenzó a difundirlo bajo el nombre de Phylloxera vastatrix, es decir, la filoxera devastadora. En la actualidad el insecto recibe el nombre científico de Daktulosphaira vitifoliae, debido a que el naturalista estadounidense Asa Fitch había descrito anteriormente una forma asociada a las vides americanas. Durante mucho tiempo, la memoria pública presentó a Planchon como el descubridor individual de la filoxera. La revisión de los archivos permite construir una interpretación más precisa. El hallazgo fue resultado de un trabajo colectivo: Sahut orientó la inspección hacia las raíces de una planta viva; Bazille aportó su experiencia vitícola y sus conexiones con las organizaciones agrícolas; Planchon reconoció la naturaleza del insecto, lo situó dentro de la clasificación científica y comunicó el descubrimiento.
La observación de aquellos organismos, sin embargo, todavía no resolvía el problema. Era necesario demostrar que la filoxera causaba la muerte de las plantas. Una parte importante de los especialistas franceses sostenía que el insecto aparecía después de que la vid comenzaba a enfermar. De acuerdo con esta interpretación, la filoxera sería una consecuencia del deterioro y no su causa. Para Planchon y sus colaboradores, en cambio, la alimentación del insecto provocaba lesiones en las raíces, debilitaba progresivamente la planta y terminaba ocasionando su muerte. La controversia adquirió dimensiones científicas, económicas y culturales. Reconocer a la filoxera como causa significaba aceptar que Vitis vinifera, fundamento histórico de los vinos europeos, era incapaz de resistir por sí sola al nuevo organismo. También implicaba establecer medidas sanitarias, controlar el movimiento de plantas y considerar la utilización de vides procedentes de América.

Planchon defendió la hipótesis causal junto con su cuñado, el entomólogo Jules Lichtenstein. Ambos reunieron observaciones, revisaron experimentos y sistematizaron una enorme cantidad de publicaciones. En 1872 dieron a conocer Le Phylloxera: faits acquis et revue bibliographique, obra que registraba 481 referencias publicadas en apenas unos años. La cifra muestra la magnitud de la movilización científica provocada por la crisis.

La solución americana y el legado de Planchon

La confirmación definitiva del origen y la naturaleza del insecto requirió mirar hacia el otro lado del Atlántico. Allí apareció otro protagonista fundamental: Charles Valentine Riley, entomólogo del estado de Misuri y una de las figuras fundadoras de la entomología económica estadounidense. Riley comparó ejemplares americanos y franceses, estudió las diferentes formas del insecto y demostró que las poblaciones observadas en ambos continentes pertenecían a una misma especie. También explicó que las vides norteamericanas habían convivido durante siglos con la filoxera y desarrollado distintos grados de tolerancia, mientras que las raíces de las variedades europeas carecían de defensas equivalentes.

La correspondencia entre Riley, Planchon, Lichtenstein y otros investigadores permitió relacionar observaciones que hasta entonces parecían independientes. Dibujos, insectos conservados, plantas, artículos científicos y resultados experimentales comenzaron a circular entre Francia y Estados Unidos. La campaña contra la filoxera se convirtió así en uno de los primeros grandes episodios de cooperación científica transatlántica aplicada a una crisis agrícola. En 1873, el Ministerio de Agricultura francés encargó a Planchon una misión oficial a Estados Unidos. Su objetivo era estudiar la filoxera en su ambiente de origen, observar el comportamiento de las especies americanas y determinar cuáles podían ser utilizadas en la reconstrucción de los viñedos franceses.

El viaje consolidó la convicción de Planchon de que no existía una vid americana universalmente apropiada. Algunas especies toleraban al insecto, pero se adaptaban mal a los suelos calcáreos europeos. Otras presentaban dificultades de enraizamiento, problemas de compatibilidad o un vigor inadecuado. La resistencia debía combinarse con las condiciones del suelo, el clima y las necesidades productivas de cada región. A partir de estas observaciones, los llamados “americanistas” defendieron la utilización de material vegetal procedente de Estados Unidos. Una posibilidad consistía en plantar directamente especies o híbridos americanos. Sin embargo, sus frutos no siempre permitían elaborar vinos aceptables para el gusto y las tradiciones europeas.

La alternativa que terminaría imponiéndose fue mucho más ingeniosa: injertar las variedades europeas sobre raíces americanas resistentes. La planta resultante reunía dos historias biológicas. El portainjerto americano formaba el sistema radical y proporcionaba tolerancia frente a la filoxera; la parte aérea europea conservaba la variedad, las uvas y las características enológicas asociadas a cada territorio. Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Chardonnay, Syrah, Tempranillo y las demás variedades de Vitis vinifera podían sobrevivir gracias a raíces pertenecientes a otras especies del género Vitis.

Planchon fue uno de los principales defensores de esta solución, aunque no puede considerarse su único inventor. Léopold Laliman y Gaston Bazille estuvieron entre quienes propusieron tempranamente el injerto. Riley aportó las pruebas entomológicas y evolutivas que explicaban la resistencia americana. Pierre Viala, Louis Ravaz y otros investigadores trabajaron posteriormente en la adaptación de los portainjertos a los diferentes suelos europeos. Desde Texas, Thomas Volney Munson ayudó a identificar especies capaces de desarrollarse en terrenos con elevados contenidos de caliza. La reconstitución fue, por tanto, una obra colectiva.

Tampoco ocurrió de manera inmediata. Durante años, los partidarios de los portainjertos americanos se enfrentaron a quienes defendían tratamientos químicos como el sulfuro de carbono. También se experimentó con la inundación de viñedos, el cultivo en terrenos arenosos y numerosas fórmulas de eficacia dudosa. Algunas funcionaban en condiciones particulares, pero ninguna podía aplicarse de manera general a las extensas superficies afectadas. La adopción del injerto exigió transformar las prácticas vitícolas. Fue necesario establecer viveros, clasificar correctamente las especies, seleccionar portainjertos, capacitar injertadores y realizar ensayos regionales. También aparecieron comerciantes inescrupulosos, errores de identificación y materiales vegetales que no respondían a las condiciones prometidas.

Desde alrededor de 1880, la evidencia acumulada comenzó a inclinar definitivamente la balanza. Especies como Vitis riparia, Vitis rupestris y Vitis berlandieri, junto con sus cruzamientos, proporcionaron la base para reconstruir los viñedos. La nueva planta injertada no solo resistía la filoxera: permitía regular el vigor y adaptarse a diferentes suelos y condiciones ambientales. La crisis había destruido cerca del 40 por ciento del viñedo francés entre 1863 y 1890. Sus efectos se extendieron al empleo rural, la propiedad de la tierra, el crédito, el comercio y las finanzas públicas. Pero la reconstrucción tampoco se limitó a recuperar lo perdido. Modificó la geografía productiva, redujo parte de la diversidad varietal, fortaleció la investigación agronómica y convirtió al viverismo en una actividad estratégica.

Planchon murió en Montpellier el 1 de abril de 1888, cuando la reconstitución todavía estaba en marcha, pero la eficacia del injerto ya había quedado demostrada. En los años siguientes, la ciudad levantó monumentos en su memoria. Uno de ellos representa a un viticultor ofreciendo un racimo de uvas al científico, imagen que resume la gratitud de una región cuya economía había estado al borde del colapso. La conmemoración convirtió a Planchon en el “salvador del viñedo francés”. La expresión simplifica una historia mucho más compleja, pero reconoce una contribución auténtica. Su grandeza no radicó en haber actuado solo, sino en haber conectado conocimientos que se encontraban dispersos. Planchon enlazó la botánica con la entomología, la universidad con el viñedo, la observación local con las redes internacionales y la investigación científica con las decisiones públicas. La mayor parte de las vides cultivadas actualmente en Europa y en otras regiones vitivinícolas continúa injertada sobre portainjertos resistentes. La filoxera no fue erradicada: permanece en los suelos, pero sus efectos se mantienen controlados gracias a la solución desarrollada durante aquella crisis.

Finalmente, cabe señalar que Chile, en esta historia, constituye una excepción de enorme valor patrimonial. Su aislamiento geográfico y sus medidas sanitarias han permitido conservar amplias superficies de vides de pie franco. Esta condición ofrece un testimonio vivo de la viticultura anterior a la filoxera, pero exige mantener una vigilancia constante frente al movimiento de plantas y suelos. La historia de Jules Émile Planchon recuerda que los grandes cambios del vino no ocurren solamente dentro de una bodega. También se producen en las raíces, en los laboratorios, en las redes de intercambio y en las decisiones tomadas ante una amenaza desconocida. Su legado permanece bajo tierra, invisible como el insecto que combatió, sosteniendo hasta hoy buena parte de los viñedos del mundo.

Referencias bibliográficas

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