Articulo #267
Rotkäppchen: La caperucita roja y el vino

Rotkäppchen: La caperucita roja y el vino

POR NATALIA ESPINA

AGOSTO DEL 2026

Podríamos decir, sin duda, que Caperucita Roja es el cuento más popular del mundo occidental. La tradición oral europea lo mantuvo vivo por siglos, modificándolo en cada traspaso; estas variaciones nos evidencian épocas y culturas que fueron moldeando las versiones a su medida, incluso a sus fines, tan amplios como sus formas.

El registro más antiguo que contiene los elementos icónicos del cuento es el poema en latín del diácono Egberto de Lieja, escrito hacia 1023 y titulado De puella a lupellis servata (“La niña salvada por los lobos”), incluido en su compilación Fecunda ratis. En él, alguien le pone a una niña una caperuza roja de lana el día de su bautismo, regalo de su padrino, y es este elemento el que la protege de ser comida por los lobos.

En el siglo XIV circulaba en Francia una versión menos infantil de la que conocemos hoy, rescatada y titulada como El cuento de la abuela (Conte de la Mère-grand), recopilada en Le Conte populaire français de Paul Delarue y Marie-Louise Tenèze. En esta versión la madre envía una hogaza de pan recién horneada y una botella de leche, sin existir enfermedad alguna, y el lobo es un bzou, es decir, un hombre lobo, que compite con la niña por quién llega primero a la casa de la abuelita. Al llegar Caperucita Roja, en segundo lugar, el bzou le ofrece beber vino de una botella y comer carne que está en la despensa. La niña toma y come sin cuestionamiento alguno, mientras un gato menciona que es la sangre y la carne de la abuela. El resto de la historia toma un tinte más erótico, pero la niña logra escapar con astucia.
Esta es la primera versión del cuento donde aparece el envío de comida —pan y leche— y, más avanzada la historia, también vemos el falso vino, que puede parecernos espeluznante, pero que nos recuerda un ritual profundamente normalizado en la Europa cristiana: la Eucaristía, donde se consagra pan y vino como cuerpo y sangre de Cristo. Por otro lado, no deja de llamar la atención el ofrecimiento de vino a una niña y que ella lo acepte sin dificultad. Sin embargo, hasta el siglo XVIII en Europa era normal que hombres, mujeres y niños lo bebieran en distintas etapas del día, incluido el desayuno, no como un vicio, sino como un alimento por su aporte calórico, mezclado con agua, con nieve, o incluso mojando pan en él.

Otra de las versiones es la del escritor francés Charles Perrault, publicada en 1697 en Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités, libro conocido popularmente por el subtítulo que lleva en su frontispicio, Contes de ma Mère l'Oye (“Cuentos de mi madre la oca” o “de mamá ganso”), y donde el relato aparece ya con su título actual, Le Petit Chaperon rouge. Esta es la primera versión escrita pensada para un público juvenil, a la que Perrault suma una moraleja final que advierte a las adolescentes de los peligros de hablar y confiar en desconocidos zalameros que disimulan sus verdaderas intenciones, personificados en el lobo. Aquí ya aparece una abuela enferma y una madre preocupada que envía comida para su recuperación: torta y un tarro de mantequilla. Tanto la moraleja como el propio Perrault buscan impactar, y por eso la abuela y la nieta mueren en esta versión.
Más de un siglo después llega la versión de los hermanos Grimm, ambos alemanes influidos por el romanticismo del siglo XVIII, quienes rescatan cuentos pertenecientes a la oralidad como representantes de la cultura tradicional alemana. En la publicación de 1812, Kinder- und Hausmärchen (Cuentos de la infancia y del hogar), aparece el cuento Rotkäppchen (Caperucita Roja).

Es esta la versión más popular y aceptada, con la que han crecido nuestros abuelos, padres e hijos, principalmente por estar orientada a la infancia, como lo indica el título del libro que recopila los cuentos. A pesar de conocer la historia de memoria, ignoramos lo que lleva la canasta para la recuperación de la abuelita enferma. He aquí las indicaciones de la madre a Caperucita, en la traducción al español más difundida del cuento: “Mira, Caperucita: ahí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino; los llevarás a la abuelita, que está enferma y delicada; le sentarán bien. Ponte en camino antes de que apriete el calor, y ve muy formalita, sin apartarte del sendero, no fueras a caerte y romper la botella; entonces la abuelita se quedaría sin nada”. Aquí el vino es el protagonista de la encomienda, y el pastel un mero acompañamiento. El vino aparece tratado casi como una medicina, el motivo central del viaje, aquello que ayudará a la abuelita en su enfermedad.

El vino como medicina: una idea de siglos

Esto no es casualidad: desde la Antigüedad el vino fue considerado medicinal. Hipócrates, el padre de la medicina (c. 460-370 a.C.), lo recomendaba para tratar diversas afecciones, convencido de sus propiedades antisépticas, digestivas y calmantes. Los romanos adoptaron estas ideas y las expandieron, mezclando el vino con hierbas y especias para potenciar sus efectos. Durante la Edad Media, esta idea se consolidó. La medicina galénica —inspirada en Hipócrates y Galeno— entendía la salud como el equilibrio entre los cuatro humores del cuerpo: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Cada uno de estos fluidos se asociaba a cualidades (caliente, frío, seco, húmedo), y la enfermedad era vista como un desajuste entre ellos. El vino, considerado “cálido y seco”, se utilizaba como corrector natural de excesos de “frialdad” o “humedad” en el organismo.

Por ejemplo, un paciente melancólico (predominio de la bilis negra, fría y seca) podía recibir vino mezclado con hierbas para “templar” su estado. Esta lógica, aunque hoy nos parezca extraña, fue la base de la práctica médica europea durante siglos, y explica por qué, siglos después, una abuela “enferma y delicada” en un cuento infantil recibiera vino como remedio casi natural: la idea del vino-medicina llevaba ya más de mil años de vigencia cuando los Grimm pusieron el cuento por escrito. Además, el vino no solo se tomaba por sí mismo, sino que funcionaba como un vehículo para medicamentos: mezclado con plantas, raíces y especias, permitía extraer y conservar sus propiedades, al mismo tiempo que hacía más agradable su consumo. En los monasterios, los monjes —guardianes del conocimiento médico— cultivaban viñedos y elaboraban vinos que eran tanto sacramentales como terapéuticos.

Otro factor importante fue la precariedad del agua: en muchos lugares de Europa no era segura para beber, y el vino se presentaba como una opción más confiable, ya que el alcohol y los taninos ayudaban a inhibir el desarrollo de bacterias. A ello se sumaba su valor espiritual: en el cristianismo el vino es la sangre de Cristo, lo que lo convertía en un regalo divino con poder tanto físico como espiritual. Por todo esto, cuando la madre de Caperucita le entrega una botella de vino como remedio para la abuelita enferma, no se trata de un detalle literario sin más, sino de un reflejo directo de la cosmovisión europea de la época. El vino era salud, alimento, protección y también un símbolo sagrado.

Vino alemán en el siglo XIX: el contexto de los hermanos Grimm

Sin embargo, queda una pregunta abierta para el lector actual. Si pensamos con la mentalidad de hoy —donde Francia ocupa, casi por default, el lugar del gran país del vino en el imaginario occidental—, lo esperable sería encontrar esa botella en la versión francesa del cuento, no en la alemana. Esta mentalidad no es casual: es la que hemos heredado del prestigio que Francia consolidó a lo largo de los siglos XIX y XX, con Burdeos y Borgoña como epicentros del buen beber, apellidos que hoy funcionan casi como sinónimo de calidad vitivinícola. Sin embargo, es justamente en la versión alemana de los Grimm donde el vino se instala como el elemento central de la trama, y no en la francesa, donde Perrault, dos siglos antes, había preferido enviar torta y mantequilla. ¿Qué estaba ocurriendo, entonces, con la viticultura alemana en el momento en que los Grimm escribían, que hizo del vino un regalo tan natural y evidente para una abuela enferma? Para responder, es necesario mirar el escenario vitivinícola alemán de comienzos del siglo XIX.

En 1812, Alemania recién comenzaba a salir de un largo período de estancamiento heredado de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y de las convulsiones napoleónicas: los viñedos habían mermado, la superficie cultivada se había reducido drásticamente respecto al esplendor medieval del Rin y el Mosela, y los vinos que se bebían cotidianamente eran, en su mayoría, caldos simples y ligeros, producidos a pequeña escala con técnicas artesanales heredadas de generación en generación.

Sin embargo, el siglo apenas comenzaba a insinuar un renacimiento. La ocupación napoleónica, con todo lo traumática que fue para buena parte de Europa, trajo consigo un efecto colateral significativo para la viticultura: la secularización de los viñedos eclesiásticos. Durante siglos, los monasterios habían sido los grandes guardianes del saber vitivinícola —los mismos monjes que, como vimos, cultivaban las mejores laderas y elaboraban vinos tanto sacramentales como terapéuticos—, pero las políticas napoleónicas transfirieron esas tierras a manos privadas y estatales, dando paso, con el tiempo, a viñedos modelo donde se experimentaba con nuevos métodos de cultivo e injerto.

El impulso técnico continuaría décadas más tarde: en la década de 1830 se desarrolló el grado Oechsle, una escala para medir el contenido de azúcar del mosto que sigue en uso hasta hoy, y en 1868 se fundó en Wurtemberg la Escuela Real de Viticultura de Weinsberg —hoy Staatliche Lehr- und Versuchsanstalt für Wein- und Obstbau—, impulsada por el experto local Immanuel Dornfeld y convertida con el tiempo en la institución más antigua e influyente de la enseñanza vitivinícola alemana. Gracias a este impulso técnico y científico, variedades como el Riesling —cultivado con especial dedicación en Rheingau, Mosela y Pfalz— comenzarían a ganar el prestigio que las llevaría, hacia fines de siglo, a figurar entre los vinos más cotizados del mundo, consolidando una identidad vitivinícola que la unificación alemana de 1871 terminaría por proyectar como símbolo del nuevo imperio.

Ese despertar, no obstante, no estuvo exento de sobresaltos: en la segunda mitad del siglo, las plagas llegadas de América —oídio, mildiu y, la más devastadora de todas, la filoxera— arrasaron buena parte de los viñedos europeos, Alemania incluida. La respuesta que finalmente logró contener a la plaga no fue la creación de nuevas variedades, sino una solución más radical: injertar las vides europeas sobre pie americano, es decir, sobre las raíces de especies de vid nativas de Norteamérica —como Vitis riparia o Vitis berlandieri—, naturalmente resistentes al insecto. Esta técnica, adoptada de forma generalizada hacia fines del siglo XIX, es la que hoy sostiene prácticamente toda la viticultura mundial. En paralelo, y por razones distintas a la filoxera —búsqueda de maduración más temprana, mayor productividad o perfiles aromáticos propios—, los criadores de vides alemanes desarrollaron también nuevas variedades a partir de cruces entre vitis viníferas: así nació en 1882 el Müller-Thurgau, obtenido por Hermann Müller a partir de Riesling y Madeleine Royale, y más tarde, ya en 1916, el Scheurebe, creado por Georg Scheu. Ambas variedades enriquecieron el repertorio vitícola alemán del siglo XX, aunque no fueron, como suele repetirse, una respuesta directa a la filoxera.

Así, cuando la madre de Caperucita envía a su hija con una botella de vino para la abuela enferma, el gesto se inserta en un momento bisagra de la historia vitivinícola alemana: un país que salía apenas de siglos de vinos modestos y comenzaba recién a sembrar las bases técnicas de la excelencia que alcanzaría décadas después. El vino que imaginamos en la canasta de Caperucita no era, probablemente, un gran Riesling de Rheingau —esa gloria todavía estaba por llegar—, sino uno de esos caldos sencillos y cotidianos que se bebían en cualquier hogar alemán de la época. Y sin embargo, no por ello estaba menos cargado de sentido: seguía siendo, como en toda la tradición europea, alimento, remedio y símbolo. Y responde, de paso, a la pregunta inicial: el vino no aparece en la versión alemana por prestigio —ese vendría después— sino porque, mucho antes de ser sinónimo de excelencia, ya era, en toda Europa, sinónimo de cuidado.




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Fuentes:

- Delarue, P., & Tenèze, M.-L. (1976). Le Conte populaire français: Catalogue raisonné des versions de France (Conte-type 333, “Le Conte de la Mère-grand”). París: Maisonneuve et Larose.
- Grimm, J., & Grimm, W. (1812). Kinder- und Hausmärchen. Berlín: Realschulbuchhandlung. [Edición y traducción al español citada: por confirmar con la autora.]
- Perrault, C. (1697). Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités. París: Claude Barbin.
- Phillips, R. (2000). A Short History of Wine. Nueva York: HarperCollins.
- Robinson, J. (Ed.). (2015). The Oxford Companion to Wine (4.ª ed.). Oxford: Oxford University Press.
- Ziolkowski, J. M. (1992). A Fairy Tale before Fairy Tales: Egbert of Liège's “De puella a lupellis seruata” and the Medieval Background of “Little Red Riding Hood”. Speculum, 67(3), 549-575.



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(*) Sobre la autora:

Natalia Espina González es historiadora y licenciada en Cine Documental por la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y la Escuela de Cine de Chile. Actualmente se desempeña como responsable de Investigación y Producción Ejecutiva en Vinífera, donde participa en el desarrollo de investigaciones, publicaciones y proyectos dedicados a la historia, el patrimonio y la cultura vitivinícola chilena.

Su perfil combina la investigación historiográfica y documental con la producción de contenidos y la gestión editorial. Ha trabajado especialmente en la revisión de archivos, el análisis de fuentes históricas y la elaboración de relatos sobre la trayectoria del vino chileno, sus territorios y expresiones culturales. Es autora y coautora de artículos y estudios publicados por Vinífera Editorial, entre ellos investigaciones sobre el origen del vino espumante en Chile, la industria vitivinícola del siglo XIX y diversos patrimonios rurales y territoriales. Esta formación interdisciplinaria le permite articular el rigor de la investigación histórica con las herramientas narrativas y visuales propias del cine documental, aportando una mirada sensible y rigurosa a la recuperación y difusión de la memoria cultural de Chile