Articulo #265
La paradoja de la copa vacía: Por qué el vino cuesta más mientras el mundo bebe menos
AGOSTO DEL 2026
Los números del último informe de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) son elocuentes. El consumo mundial de vino en 2025 volvió a retroceder, situándose en su nivel más bajo desde 1957: alrededor de 208 millones de hectolitros, un 2,7% menos que el año anterior. Desde 2018, la demanda global se ha contraído un 14%. La caída no es pareja ni tiene una sola causa: Francia continúa un declive de décadas (-3,2% en 2025), Estados Unidos —tradicionalmente el mayor mercado mundial por volumen— retrocedió 4,3%, y China, que hace apenas cinco años era el sexto consumidor del planeta, ha perdido en promedio dos millones de hectolitros de consumo por año hasta caer al puesto once. Solo un puñado de mercados, como Brasil o Portugal, muestran señales de crecimiento.
Lo que resulta menos intuitivo —y es la clave del malentendido— es que la oferta no se ha mantenido indiferente a esta caída. La superficie mundial de viñedo lleva seis años consecutivos en retroceso: en 2025 llegó a 7 millones de hectáreas, un 0,8% menos que el año anterior. Francia acaba de confirmar la erradicación de 28.000 hectáreas en la Gironda, financiada con 130 millones de euros del Estado a razón de 4.000 euros por hectárea arrancada; España enfrenta una presión similar, con gremios agrarios advirtiendo que hasta 95.000 hectáreas —10% del viñedo nacional— podrían quedar en riesgo de abandono; en California, la asociación de viticultores estima que unas 12.000 hectáreas deberían arrancarse para ajustar la oferta a una demanda que lleva cinco años en exceso estructural. En otras palabras: la industria mundial sí está bajando la producción, solo que el ajuste de superficie plantada —un proceso que toma años y que compromete inversiones de largo plazo— avanza mucho más lento que el desplome del consumo, y ese desfase temporal es una primera pieza del rompecabezas.
Lo que resulta menos intuitivo —y es la clave del malentendido— es que la oferta no se ha mantenido indiferente a esta caída. La superficie mundial de viñedo lleva seis años consecutivos en retroceso: en 2025 llegó a 7 millones de hectáreas, un 0,8% menos que el año anterior. Francia acaba de confirmar la erradicación de 28.000 hectáreas en la Gironda, financiada con 130 millones de euros del Estado a razón de 4.000 euros por hectárea arrancada; España enfrenta una presión similar, con gremios agrarios advirtiendo que hasta 95.000 hectáreas —10% del viñedo nacional— podrían quedar en riesgo de abandono; en California, la asociación de viticultores estima que unas 12.000 hectáreas deberían arrancarse para ajustar la oferta a una demanda que lleva cinco años en exceso estructural. En otras palabras: la industria mundial sí está bajando la producción, solo que el ajuste de superficie plantada —un proceso que toma años y que compromete inversiones de largo plazo— avanza mucho más lento que el desplome del consumo, y ese desfase temporal es una primera pieza del rompecabezas.
Pero la explicación más determinante no es la lentitud del ajuste de oferta, sino una decisión deliberada de la industria: frente a una demanda que se retira sobre todo en el segmento masivo y de entrada, las viñas han optado por abandonar ese terreno antes que competir a la baja en él. Es la estrategia que la propia industria llama premiumización, y que en Chile se ha vuelto explícita en los reportes que las principales viñas entregan a la Comisión para el Mercado Financiero. Viña Concha y Toro, que sostiene esta reconversión desde 2017, reporta que los vinos en categorías premium y superiores ya representan el 57,4% de sus ventas, lo que le permitió cerrar 2025 con resultados positivos pese al contexto adverso; Viña Santa Rita ha sido igual de explícita, anunciando la venta de campos y una reestructuración completa de su portafolio para concentrarse en segmentos de alta gama. El patrón se repite en Francia, España e Italia: los vinos de entrada son los que más volumen pierden, mientras la franja premium, aunque también desacelera, sigue creciendo o al menos sosteniendo precio.
Esto es, en el fondo, una respuesta racional a una demanda que ya no es homogénea. El consumidor que queda —más joven, más informado, más selectivo— compra menos, pero cuando compra tiende a elegir mejor. Retirar del mercado justamente los vinos baratos y de bajo margen, mientras se reduce superficie y se consolida la producción en torno a etiquetas de mayor valor, tiene un efecto aritmético inevitable: el precio promedio del vino que efectivamente se transa sube, aunque el volumen total caiga. No es que el vino en general se haya encarecido de manera uniforme; es que la porción más barata de la oferta está desapareciendo del cálculo.
Esto es, en el fondo, una respuesta racional a una demanda que ya no es homogénea. El consumidor que queda —más joven, más informado, más selectivo— compra menos, pero cuando compra tiende a elegir mejor. Retirar del mercado justamente los vinos baratos y de bajo margen, mientras se reduce superficie y se consolida la producción en torno a etiquetas de mayor valor, tiene un efecto aritmético inevitable: el precio promedio del vino que efectivamente se transa sube, aunque el volumen total caiga. No es que el vino en general se haya encarecido de manera uniforme; es que la porción más barata de la oferta está desapareciendo del cálculo.
Costos que no dan tregua, el caso chileno y una competitividad que se erosiona por varios flancos
A esa reconfiguración estratégica se suma un problema que no depende de ninguna decisión comercial: el costo de producir una botella de vino ha dejado de bajar, y en muchas zonas sube. El cambio climático es el factor más citado por la propia OIV para explicar tanto la caída de superficie como la volatilidad de las cosechas: 2025 fue el tercer año consecutivo con una vendimia global por debajo del promedio histórico, golpeada por sequías prolongadas y olas de calor extremas en el hemisferio norte. Menos rendimiento por hectárea significa, de manera directa, más costo fijo por litro producido. En Argentina, la Confederación de Rurales estima que el aumento de costos operativos ha llevado a que producir una hectárea de vid implique hoy una pérdida cercana a 2,65 millones de pesos argentinos, recuperando apenas el 62% de los costos de producción. A esto se agregan la energía, el vidrio, los fletes internacionales y, en buena parte de las exportaciones, la exposición cambiaria: son todos insumos que no siguen la curva de la demanda, sino la de sus propios mercados, y que actúan como un piso bajo el cual el precio de una botella difícilmente puede caer sin que alguien en la cadena —el productor, casi siempre— absorba una pérdida.
Chile no es ajeno a ninguno de estos procesos, pero enfrenta además una combinación específica de factores que ayuda a explicar por qué, lejos de aprovechar la crisis global para ganar cuota, ha ido perdiendo terreno. Las exportaciones de vino chileno cayeron cerca de 12% en volumen hacia mayo de 2026 respecto del año anterior, y la tendencia de los últimos cinco años muestra una caída promedio anual de 3,7% en volumen y 5,6% en valor. La producción interna, por su parte, lleva tres años consecutivos a la baja, golpeada por sequía y olas de calor —particularmente severas en enero y febrero de 2025—, lo que reduce el volumen disponible y presiona los costos por litro de la misma manera que en el resto del mundo.
A este cuadro se suma un factor que no depende de la industria: en julio de 2026, Estados Unidos elevó de 10% a 12,5% el arancel adicional que aplica a las exportaciones chilenas —incluido el vino embotellado—, dentro de un paquete de medidas justificado en una investigación sobre estándares laborales. El resultado ya es medible: entre enero y junio de 2026 las ventas de vino chileno en Estados Unidos cayeron 33% en valor y 23% en volumen, muy por encima del retroceso de alrededor de 8% que el vino chileno experimentó en el resto de sus mercados en el mismo período. La participación de Chile en las importaciones estadounidenses de vino bajó de 6,1% en 2024 a 5,4% en la actualidad. Es un golpe que se agrega, no que sustituye, a la caída global de consumo: Chile pierde por la contracción de la demanda mundial y, además, pierde específicamente en uno de sus mercados históricos por una barrera arancelaria que no enfrentan del mismo modo otros competidores.
El tipo de cambio, que en teoría debería jugar a favor de la competitividad chilena en años de peso débil, ha tenido un rol más bien marginal: el dólar promedió $952 en 2025, con un alza moderada respecto de 2024, y el Tipo de Cambio Multilateral del Vino mostró una variación apenas algo más favorable que el índice peso-dólar simple, insuficiente para revertir la tendencia exportadora. Dicho de otro modo: ni siquiera un peso relativamente depreciado ha bastado para compensar el encarecimiento estructural de producir en Chile ni la pérdida de acceso preferencial en mercados clave.
Vale la pena, además, matizar la idea de que Chile pierde frente a una Argentina más barata y agresiva. El vecino trasandino enfrenta su propia crisis de rentabilidad, con productores del Valle de Uco reportando pérdidas operativas por la escalada de costos internos; la ventaja relativa que Argentina ha mostrado en algunas vendimias recientes responde más a un año climático favorable que a una estructura de costos más liviana. La competencia real por el consumidor global no es tanto Chile contra Argentina como toda la oferta del hemisferio sur —y también la europea, que arranca viñedos con subsidios estatales— compitiendo por una demanda que se reduce en todas partes a la vez.
Chile no es ajeno a ninguno de estos procesos, pero enfrenta además una combinación específica de factores que ayuda a explicar por qué, lejos de aprovechar la crisis global para ganar cuota, ha ido perdiendo terreno. Las exportaciones de vino chileno cayeron cerca de 12% en volumen hacia mayo de 2026 respecto del año anterior, y la tendencia de los últimos cinco años muestra una caída promedio anual de 3,7% en volumen y 5,6% en valor. La producción interna, por su parte, lleva tres años consecutivos a la baja, golpeada por sequía y olas de calor —particularmente severas en enero y febrero de 2025—, lo que reduce el volumen disponible y presiona los costos por litro de la misma manera que en el resto del mundo.
A este cuadro se suma un factor que no depende de la industria: en julio de 2026, Estados Unidos elevó de 10% a 12,5% el arancel adicional que aplica a las exportaciones chilenas —incluido el vino embotellado—, dentro de un paquete de medidas justificado en una investigación sobre estándares laborales. El resultado ya es medible: entre enero y junio de 2026 las ventas de vino chileno en Estados Unidos cayeron 33% en valor y 23% en volumen, muy por encima del retroceso de alrededor de 8% que el vino chileno experimentó en el resto de sus mercados en el mismo período. La participación de Chile en las importaciones estadounidenses de vino bajó de 6,1% en 2024 a 5,4% en la actualidad. Es un golpe que se agrega, no que sustituye, a la caída global de consumo: Chile pierde por la contracción de la demanda mundial y, además, pierde específicamente en uno de sus mercados históricos por una barrera arancelaria que no enfrentan del mismo modo otros competidores.
El tipo de cambio, que en teoría debería jugar a favor de la competitividad chilena en años de peso débil, ha tenido un rol más bien marginal: el dólar promedió $952 en 2025, con un alza moderada respecto de 2024, y el Tipo de Cambio Multilateral del Vino mostró una variación apenas algo más favorable que el índice peso-dólar simple, insuficiente para revertir la tendencia exportadora. Dicho de otro modo: ni siquiera un peso relativamente depreciado ha bastado para compensar el encarecimiento estructural de producir en Chile ni la pérdida de acceso preferencial en mercados clave.
Vale la pena, además, matizar la idea de que Chile pierde frente a una Argentina más barata y agresiva. El vecino trasandino enfrenta su propia crisis de rentabilidad, con productores del Valle de Uco reportando pérdidas operativas por la escalada de costos internos; la ventaja relativa que Argentina ha mostrado en algunas vendimias recientes responde más a un año climático favorable que a una estructura de costos más liviana. La competencia real por el consumidor global no es tanto Chile contra Argentina como toda la oferta del hemisferio sur —y también la europea, que arranca viñedos con subsidios estatales— compitiendo por una demanda que se reduce en todas partes a la vez.
Quién dejó de beber, y por qué
Ninguna explicación sobre precios está completa sin mirar el lado de la demanda con algo más de detalle, porque no se trata solo de que “se consuma menos”: se trata de quién dejó de consumir y qué llegó a ocupar ese lugar. La Generación Z bebe menos alcohol que cualquier generación anterior, y aunque el debate sobre las causas exactas sigue abierto —hay estudios que apuntan a un genuino giro hacia el bienestar físico y mental, y otros, como uno de Rabobank, que matizan esa lectura y apuntan a factores económicos y generacionales más profundos, incluida la composición demográfica de las nuevas cohortes—, el efecto agregado es el mismo: menos volumen en la base de la pirámide etaria que tradicionalmente sostenía el consumo masivo.
A esto se suma un fenómeno más reciente y todavía poco estudiado: la masificación de los medicamentos agonistas de GLP-1 (como Ozempic), que según análisis de consultoras como Morgan Stanley y EY reduce de forma medible el apetito por el alcohol —y particularmente por el vino— entre quienes los utilizan, un grupo cuyo perfil socioeconómico coincide en buena parte con el consumidor habitual de vino de gama media y alta. El resultado es una demanda que no solo es menor en volumen, sino más exigente y más volátil, lo que refuerza —una vez más— el incentivo de la industria a concentrarse en menos botellas, pero de mayor valor, en lugar de sostener el volumen a cualquier precio.
Visto en conjunto, lo que atraviesa la industria vitivinícola mundial no es una distorsión de mercado ni una falla de la competencia, sino un reacomodo estructural largo y todavía inconcluso: una demanda que se contrae de manera sostenida por razones generacionales, sanitarias y culturales; una oferta que reacciona con rezago porque replantar o arrancar viñedos es una decisión de años, no de temporadas; y una industria que, ante ese desfase, elige proteger el margen retirándose del segmento masivo antes que sostener volumen con pérdidas. El precio promedio sube no porque el vino “se haya vuelto un lujo”, sino porque la porción barata de la oferta es, literalmente, la que se está retirando del mercado.
Para Chile, el desafío es doble. Por un lado, debe atravesar el mismo ajuste estructural que el resto del mundo —premiumización, adaptación climática, consolidación de superficie— con una industria históricamente construida sobre volumen y escala. Por otro, enfrenta fricciones específicas, como la barrera arancelaria estadounidense, que le restan margen justo en el momento en que ese margen es más escaso. La competitividad perdida no es, entonces, el resultado de que el vino chileno se haya encarecido de manera caprichosa, sino la suma de costos productivos que no bajan, una demanda mundial que se retrae de manera desigual, y un acceso a mercados que se ha vuelto más difícil precisamente cuando la industria más necesita cada punto de ventaja. La pregunta que queda abierta no es por qué el vino no baja de precio, sino si la industria chilena —y la mundial— logrará completar a tiempo el giro hacia el valor que la propia caída de la demanda le está exigiendo.
Fuentes: Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV, 2026), informe “State of the World Wine Sector in 2025”; Wines of Chile; Servicio Agrícola y Ganadero (SAG); Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa); Comisión para el Mercado Financiero (CMF); FranceAgriMer; Confederaciones Rurales Argentinas (CRA); IWSR; Rabobank; Morgan Stanley; EY.
(*) Reseña del autor
Gonzalo Rojas es historiador y Doctor en Estudios Internacionales, editor y consultor especializado en patrimonio vitivinícola y agroalimentario. Director ejecutivo de Vinifera Editorial y Vinifera Consultores, ha desarrollado proyectos de investigación, divulgación y puesta en valor del vino y la cultura alimentaria en diversas regiones, vinculando historia, identidad territorial y desarrollo sostenible.
Ha trabajado en la construcción de relatos de marca y en estrategias de comunicación para viñas emergentes y consolidadas, así como en la formulación de proyectos de investigación patrimonial financiados por organismos públicos y privados. Su línea de trabajo integra historia, cultura y promoción, con énfasis en el rescate de tradiciones, la valorización de territorios vitivinícolas y la proyección internacional de la cultura del vino. Autor de diversos artículos, libros y ensayos sobre patrimonio cultural, vitivinicultura y alimentación, combina la labor investigativa con la gestión editorial y la asesoría.
A esto se suma un fenómeno más reciente y todavía poco estudiado: la masificación de los medicamentos agonistas de GLP-1 (como Ozempic), que según análisis de consultoras como Morgan Stanley y EY reduce de forma medible el apetito por el alcohol —y particularmente por el vino— entre quienes los utilizan, un grupo cuyo perfil socioeconómico coincide en buena parte con el consumidor habitual de vino de gama media y alta. El resultado es una demanda que no solo es menor en volumen, sino más exigente y más volátil, lo que refuerza —una vez más— el incentivo de la industria a concentrarse en menos botellas, pero de mayor valor, en lugar de sostener el volumen a cualquier precio.
Visto en conjunto, lo que atraviesa la industria vitivinícola mundial no es una distorsión de mercado ni una falla de la competencia, sino un reacomodo estructural largo y todavía inconcluso: una demanda que se contrae de manera sostenida por razones generacionales, sanitarias y culturales; una oferta que reacciona con rezago porque replantar o arrancar viñedos es una decisión de años, no de temporadas; y una industria que, ante ese desfase, elige proteger el margen retirándose del segmento masivo antes que sostener volumen con pérdidas. El precio promedio sube no porque el vino “se haya vuelto un lujo”, sino porque la porción barata de la oferta es, literalmente, la que se está retirando del mercado.
Para Chile, el desafío es doble. Por un lado, debe atravesar el mismo ajuste estructural que el resto del mundo —premiumización, adaptación climática, consolidación de superficie— con una industria históricamente construida sobre volumen y escala. Por otro, enfrenta fricciones específicas, como la barrera arancelaria estadounidense, que le restan margen justo en el momento en que ese margen es más escaso. La competitividad perdida no es, entonces, el resultado de que el vino chileno se haya encarecido de manera caprichosa, sino la suma de costos productivos que no bajan, una demanda mundial que se retrae de manera desigual, y un acceso a mercados que se ha vuelto más difícil precisamente cuando la industria más necesita cada punto de ventaja. La pregunta que queda abierta no es por qué el vino no baja de precio, sino si la industria chilena —y la mundial— logrará completar a tiempo el giro hacia el valor que la propia caída de la demanda le está exigiendo.
Fuentes: Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV, 2026), informe “State of the World Wine Sector in 2025”; Wines of Chile; Servicio Agrícola y Ganadero (SAG); Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa); Comisión para el Mercado Financiero (CMF); FranceAgriMer; Confederaciones Rurales Argentinas (CRA); IWSR; Rabobank; Morgan Stanley; EY.
(*) Reseña del autor
Gonzalo Rojas es historiador y Doctor en Estudios Internacionales, editor y consultor especializado en patrimonio vitivinícola y agroalimentario. Director ejecutivo de Vinifera Editorial y Vinifera Consultores, ha desarrollado proyectos de investigación, divulgación y puesta en valor del vino y la cultura alimentaria en diversas regiones, vinculando historia, identidad territorial y desarrollo sostenible.
Ha trabajado en la construcción de relatos de marca y en estrategias de comunicación para viñas emergentes y consolidadas, así como en la formulación de proyectos de investigación patrimonial financiados por organismos públicos y privados. Su línea de trabajo integra historia, cultura y promoción, con énfasis en el rescate de tradiciones, la valorización de territorios vitivinícolas y la proyección internacional de la cultura del vino. Autor de diversos artículos, libros y ensayos sobre patrimonio cultural, vitivinicultura y alimentación, combina la labor investigativa con la gestión editorial y la asesoría.