Articulo #264
El ADN de Tamarugal responde a sus críticos

El ADN de Tamarugal responde a sus críticos

POR GONZALO ROJAS

JULIO DEL 2026

En 2003, cuando un equipo de la Universidad Arturo Prat recorrió los oasis de Tarapacá buscando lo que quedaba de una vitivinicultura casi extinguida, no imaginaba que uno de los sarmientos rescatados terminaría, trece años después, convertido en la primera cepa vinífera registrada en Chile. Tampoco imaginaba que, una década más tarde, esa misma cepa —bautizada “Tamarugal”— tendría que defender su identidad ante una hipótesis que la daba por sinónima de otras dos variedades. Un nuevo estudio publicado en la revista Idesia responde a esa hipótesis con la herramienta más exigente disponible: el ADN.
La vitivinicultura de Tarapacá se remonta a la época colonial, con Pica y Matilla como epicentro de una producción de vinos dulces —el llamado “tipo Oporto”— que se extinguió hacia 1937, presionada por impuestos, competencia de la zona central y la expropiación de las aguas hacia Iquique. Del ciclo productivo original sobrevive el Lagar de Matilla, declarado Monumento Histórico Nacional en 1977, y el recuerdo de un segundo capítulo, ya en el siglo XX, cuando los colonos alemanes Peter Muffeller y Enrique Froelich cultivaron el viñedo “Los Puquios” en La Huayca y produjeron el vino “Canchones”, hasta arrancar sus parras en 1949.

El rescate de 2003 buscaba precisamente lo que había quedado en pie de esa historia: plantas centenarias que habían sobrevivido a uno de los ambientes más hostiles del planeta para la vid —suelo salino, radiación extrema, temperaturas diurnas altas todo el año—. El material se instaló en un “Jardín de Variedades” en la Estación Experimental Canchones, y comenzó un proceso de identificación genética que involucró laboratorios en Chile, España y Francia. De cinco genotipos rescatados, cuatro pudieron identificarse: País, Gros Colman, Ahmeur bou Ahmeur y Torrontés Riojano. Uno se resistió a toda comparación, incluso contra cerca de 7.000 patrones genéticos acumulados entre las tres bases de datos consultadas. Ese quinto genotipo, sometido después a la evaluación agronómica que exige el protocolo internacional de la UPOV a través del SAG, obtuvo en 2016 su registro definitivo como variedad “Tamarugal”: la primera cepa vinífera chilena inscrita como tal.
Desde 2020 circula una hipótesis distinta: que, a nivel molecular, Tamarugal sería en realidad sinónimo de la variedad argentina Huevo de Gallo y de la chilena Blanca Ovoide. El argumento se apoyaba principalmente en un registro de la base de datos alemana VIVC construido a partir de un artículo de 2017 sobre variedades sudamericanas. Para zanjar la discusión con evidencia propia, el equipo de investigadores —liderado por Ingrid Poblete, de la Universidad Arturo Prat— comparó los perfiles de microsatélites (SSR) de Tamarugal con los publicados para ambas variedades, y complementó el ejercicio con caracterización ampelográfica y desempeño enológico.

Los microsatélites son secuencias cortas de ADN que se repiten con una frecuencia característica para cada variedad de vid, y que constituyen hoy el estándar internacional —avalado por la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV)— para discriminar identidades varietales. Frente a Blanca Ovoide, los dos marcadores con información completa (VVMD7 y VVMD5) mostraron diferencias alélicas sustanciales en ambos casos. Frente a Huevo de Gallo, de los catorce loci comparables, marcadores de alto poder discriminante como VMC1B11, VVIH54, VVMD7, VVIQ52, VVMD5, VVMD32 y VVMD28 arrojaron perfiles distintos; solo VVIB01 y VVIN16 coincidieron entre ambas variedades. Un rendimiento de coincidencia tan bajo, señalan los autores, es exactamente lo esperable entre variedades de origen genético independiente, no entre sinónimos.

Lo que confirma la forma de la hoja y de la baya

La genética no viaja sola: el protocolo UPOV exige además que una variedad nueva cumpla criterios de distinción, homogeneidad y estabilidad verificables en terreno, evaluados mediante ampelografía —la descripción sistemática de hoja, racimo y baya que desde el siglo XIX permite distinguir variedades incluso cuando alguna vez fueron confundidas entre sí—. Y en este plano las diferencias también son nítidas. La baya de Tamarugal es pequeña y de forma globosa, de color verde amarillento y sin sabor particular; la de Huevo de Gallo es grande, con tendencia obovoide alargada, de color blanco a blanco parduzco y sabor descrito según el autor como neutro o moscatel; la de Blanca Ovoide —variedad sobre la que existe escasa literatura formal— se describe consistentemente como alargada, al punto que su nombre alude justamente a esa forma de huevo. La hoja de Tamarugal, además, es pequeña y claramente pentalobulada, mientras que la de Huevo de Gallo es de mayor tamaño y solo poca a medianamente lobulada.

Hay un tercer plano, menos técnico pero no menos elocuente: el enológico. Huevo de Gallo ha sido descrita históricamente en Mendoza como una variedad de presencia casi folclórica, sin aptitud relevante para vinificación; Blanca Ovoide, cultivada en el secano de la zona central chilena, se destina hoy a la elaboración de espumantes. Tamarugal, en cambio, ha reunido en los últimos años un historial de reconocimientos: tres medallas de oro en el concurso internacional Catad'Or Wines Awards entre 2018 y 2023, y puntuaciones sobre los 90 puntos —incluyendo un máximo de 93— en la Guía Latinoamericana Alistair Cooper. Para una región que no producía vino hacía casi un siglo, se trata de la primera medalla de oro obtenida por un vino de Tarapacá en cien años.

La importancia más allá del laboratorio

Detrás de la discusión técnica hay algo que trasciende la taxonomía: qué reconocemos como patrimonio genético propio. Una variedad rescatada de la desaparición, adaptada durante generaciones al desierto más árido del mundo, y hoy vinificada con resultados que la propia crítica internacional ha premiado, no es un dato menor para la identidad vitivinícola de una región que llevaba un siglo sin vendimias. El estudio no pretende cerrar para siempre el debate académico —los propios autores anotan que algunos loci, como VVMD27, pueden presentar variaciones menores atribuibles a corrimientos alélicos, un fenómeno conocido en los microsatélites de la vid—, pero sí aporta lo que hasta ahora faltaba: una comparación directa, marcador por marcador, entre las tres variedades en disputa. Y esa comparación, hasta donde permite ver la evidencia genética y ampelográfica reunida, apunta en una sola dirección: Tamarugal no es Huevo de Gallo, no es Blanca Ovoide, y su historia —la de una vid que sobrevivió sola en el desierto— sigue siendo, genéticamente, solo suya.


Fuente: Poblete, I.; Ramírez, L.; Lanino, M.; Sepúlveda, B. “¿Cepa Tamarugal, Huevo de Gallo o Blanca Ovoide? Antecedentes”. Idesia, 2026; 44: e02. Universidad de Tarapacá.



NOTA: Tamarugal en cifras
• Primera cepa vinífera chilena registrada ante el SAG (registro definitivo N.º 24/15, 2016)
• Rescatada en 2003 desde vides centenarias de la Pampa del Tamarugal, extremo norte de Chile
• Perfil genético analizado en INIA La Platina (Chile), IMIDRA (España) e INRA (Francia)
• Coincidencia molecular con Huevo de Gallo: 2 de 14 loci comparables
• Coincidencia molecular con Blanca Ovoide: 0 de 4 loci con coincidencia completa
• Tres medallas de oro en Catad'Or Wines Awards (2018, 2020, 2023) y puntaje máximo de 93 en la Guía Alistair Cooper (2025)