Articulo #262
El primer vino del Plata: Colonia del Sacramento y los orígenes de la viticultura uruguaya

El primer vino del Plata: Colonia del Sacramento y los orígenes de la viticultura uruguaya

POR GONZALO ROJAS

JUNIO DEL 2026

Hay una paradoja silenciosa en la historia del vino sudamericano: mientras Chile y Argentina disputan con datos y legajos la primacía de las primeras viñas del continente, la tierra que hoy es Uruguay guarda en sus archivos —dispersos entre Lisboa, Buenos Aires y Montevideo— la evidencia de que la cuenca del Río de la Plata tuvo su propia fundación vitivinícola, anterior a cualquier imagen romántica de estancias y bodegas que el siglo XIX nos legó. El origen no está en los grandes valles templados ni en las laderas andinas; está en una pequeña fortaleza lusitana rodeada de agua, fundada a la fuerza y disputada por la espada durante casi un siglo.

Colonia del Sacramento, esa ciudad de calles adoquinadas que hoy los turistas recorren en coche de época sin reparar demasiado en su densa historia colonial, fue la cuna de la vitivinicultura en el Río de la Plata. Lo fue por la voluntad de un gobernador portugués del que casi nadie recuerda el nombre, en una época en que el vino no era un lujo sino una necesidad litúrgica, medicinal y cotidiana. Reconstruir ese origen supone más que una curiosidad arqueológica: nos obliga a repensar la identidad vitivinícola del Uruguay y del Cono Sur entero.
Francisco Naper de Lancastre llegó a Colonia del Sacramento en 1690 como tercer gobernador portugués de la plaza, una posición que era tanto militar como administrativa. Había participado en la expedición fundacional de Manuel de Lobo en enero de 1680, había sido capturado por las tropas españolas ese mismo año, había pasado por Buenos Aires, Córdoba y Lima, y había llegado hasta Portugal antes de recibir, como recompensa por su trayectoria, el cargo de gobernador interino de Río de Janeiro y, finalmente, el mando de la pequeña colonia platense. Era un hombre de acción formado en los dilemas de una época en que las coronas ibéricas se disputaban el continente metro a metro.

Pero Naper de Lancastre no fue solo un militar. En los altos de San Antonio, a un tiro de pieza de la fortaleza, construyó una quinta con su propio peculio: casas de cal y ladrillo, una huerta amurallada, un molino hidráulico sobre el arroyo La Caballada, frutales, trigo y, entre todo ello, una parra de quinientos palmos de largo y dos pedazos de viña que describió en sus propias palabras como «muy bastantes». La plantación data de 1692. Dos años más tarde, en enero de 1694, escribía al rey de Portugal para informarle sobre las ventajas económicas de conservar la colonia, y en ese informe dejó consignada la evidencia más antigua que conocemos de producción vitícola en el Río de la Plata.

El documento existe. Se encuentra en el Archivo Histórico Ultramarino de Lisboa, catalogado con el número 1888 en la carpeta «Brasil – Río de Janeiro», y fue recuperado recientemente por los historiadores uruguayos Jorge Frogoni Laclau y Marcelo Díaz Buschiazzo gracias a gestiones directas con el archivo lisboeta.¹ En él, el gobernador no solo menciona la vid: la describe con la satisfacción de quien ya ha obtenido fruto. Su observación de que las viñas comienzan a producir «a los dos años» y que él mismo lo ha «experimentado» es, en rigor, la primera crónica de una vendimia rioplatense.
¿Qué variedades plantó Naper de Lancastre? El documento no lo especifica. En la tradición ibérica del siglo XVII, las expediciones coloniales solían transportar cepas de las variedades más difundidas en Portugal y España: la Malvasía, la Moscatel, variedades tintoreras anónimas agrupadas bajo el nombre genérico de «uva de España». Lo que sí sabemos es que las condiciones climáticas que el gobernador describe —un «clima tan sano que nunca hubo aquí fiebre maligna»— corresponden a la franja litoral del Río de la Plata, con sus veranos cálidos, sus vientos del sur y sus suelos de arcilla y arena que hoy definen la identidad de los vinos uruguayos de Tannat.

La historia no se detiene en 1694. Lo que hace especialmente significativo el caso de Colonia no es el acto fundacional en sí, sino su continuidad. En 1697, antes de regresar a Portugal donde encontraría la muerte combatiendo en la conquista anglo-portuguesa de Alburquerque en 1705, Naper de Lancastre donó su quinta a los padres franciscanos en una carta de una generosidad inusual para la época.² Los franciscanos recibieron no solo las casas y la huerta: recibieron doscientas vacas, cuatrocientas ovejas, cerdos, conejos, un palomar, carros, bueyes y, entre todo ello, los viñedos que el gobernador había plantado y cultivado durante siete años.

Los franciscanos continuaron con las plantaciones. La vid permaneció en los altos de San Antonio durante décadas. Cuando el sitio español a Colonia del Sacramento de 1734 arrasó con la zona, los portugueses reclamaron formalmente una indemnización por los viñedos destruidos: según el gobernador lusitano Antonio Pedro de Vasconcelhos, los daños comprendían la destrucción de 87.450 pies de viña y parral, equivalentes a más de 26.000 metros lineales de cultivo.³ Ese número no corresponde a un jardín experimental ni a una plantación simbólica: estamos ante una viticultura establecida, de escala productiva, que había sobrevivido cuarenta años desde la primera vendimia del gobernador.

No era un jardín: era una viticultura establecida

Pero el ciclo vitivinícola colonial del actual Uruguay no se agota en Colonia. A mediados del siglo XVIII, los jesuitas instalados en la Estancia de Belén, conocida hoy como Calera de las Huérfanas, sobre el arroyo Juan González, continuaron la tradición con sus propias plantaciones. El inventario levantado en 1767 por Juan de San Martín —padre del futuro libertador americano— registra 1.500 cepas de vid en la estancia, junto a dos barriles (uno con vino, otro con vinagre) y un alambique de cobre.⁴ El alambique no es un detalle menor: indica que los jesuitas no solo elaboraban vino sino que también destilaban, probablemente aguardiente de uva, una práctica que vincula esta vitivinicultura colonial con las tradiciones destilatorias del Cono Sur que persistirían en el siglo XIX.
La expulsión de los jesuitas en 1767 interrumpió muchas de estas actividades productivas, pero no borró la tradición. Lo que el trabajo de Frogoni Laclau y Díaz Buschiazzo pone de relieve es que desde 1694 hasta al menos 1767, es decir durante más de setenta años, existió en el territorio del actual departamento de Colonia una actividad vitivinícola continua, documentada y de escala real.

No se trata de episodios aislados: se trata de una historia.
Esta historia tiene implicaciones que trascienden lo meramente anecdótico. El Uruguay vitivinícola contemporáneo suele narrarse a partir de la inmigración vasca y española de finales del siglo XIX, que introdujo el Harriague (Tannat) y otras variedades que hoy definen el perfil de los vinos nacionales. Pascual Harriague plantó sus primeras vides en Salto hacia 1873; Francisco Vidiella hizo lo propio en Montevideo por esas mismas décadas. Sobre esa base se construyó la narrativa fundacional de la viticultura uruguaya moderna.

Esa narrativa no es falsa, pero es incompleta. Como en tantos casos de historia colonial iberoamericana, la discontinuidad no equivale a inexistencia. Entre 1694 y 1873 hay un silencio historiográfico que no es un vacío histórico. Las guerras de independencia, los conflictos rioplatenses del siglo XIX, las transformaciones geopolíticas y agrarias que siguieron a la Revolución Oriental dejaron pocas trazas documentales de una tradición vitícola que sin duda sobrevivió, en forma marginal y doméstica, más allá de los grandes hitos que los archivos nos revelan.

La discontinuidad no equivale a inexistencia

Para el investigador de patrimonio vitivinícola, la recuperación de estos orígenes coloniales tiene un valor que no es solo histórico: es identitario. El Uruguay del Tannat, ese vino que el mercado internacional ha aprendido a reconocer como expresión genuina de una nación pequeña y tenaz, hunde sus raíces en una tierra que fue vitivinícola antes de ser república. La vid llegó al Río de la Plata en una expedición portuguesa, la cultivó un militar que luego murió en Europa batallando por otra causa, la heredaron frailes que la cuidaron como parte de una economía de subsistencia sagrada, y la destruyeron soldados españoles que no imaginaban estar eliminando el primer patrimonio vitícola de una nación que aún no existía.

Esa complejidad —esa acumulación de identidades, fronteras, lenguas y proyectos que se superpusieron sobre las mismas vides— es precisamente lo que hace tan rica la historia del vino sudamericano. No hay aquí una narrativa lineal de progreso ni una genealogía limpia de fundadores heroicos. Hay, en cambio, una historia de adaptaciones, préstamos, destrucciones y renaciminetos que el presente puede recoger con orgullo, siempre que esté dispuesto a mirar más allá de sus propias mitologías fundacionales.
Francisco Naper de Lancastre no tiene calle ni plaza ni placa en Colonia del Sacramento. En el nomenclator de la ciudad que gobernó durante casi una década y que contribuyó a fortalecer con su propio dinero y trabajo, su nombre es un completo desconocido. No lo recuerda el vino uruguayo, que tampoco sabe que le debe algo. No lo invocan los enoturistas que recorren el barrio histórico de Colonia con una copa en la mano, sin saber que hace trescientos treinta años alguien cultivó vid en esos mismos altos, a un tiro de pieza de donde ellos caminan.

Quizás sea ese desconocimiento, más que cualquier otro dato, el más elocuente de todos. Las raíces de la vitivinicultura uruguaya están donde siempre estuvieron: bajo la tierra roja del departamento de Colonia, esperando que alguien se tome la molestia de buscarlas.


NOTAS

1 Frogoni Laclau, Jorge y Díaz Buschiazzo, Marcelo: "1694–2024. Colonia, cuna de la vitivinicultura en el Río de la Plata. 330 años de las primeras cepas y el primer vino". El documento de 1694 corresponde al N.º 1888 de la carpeta «Brasil – Río de Janeiro» del Arquivo Histórico Ultramarino de Lisboa.
2 Carta de Francisco Naper de Lancastre a los Padres Franciscanos, Colonia, 15 de marzo de 1697. Reproducida en: Riveros Tula, Aníbal: "El Gibraltar del Río de la Plata – La Colonia del Sacramento". En: Revista Genealogía, Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, N.º 11, Buenos Aires, 1955, pág. 111.
3 Reclamo del gobernador Antonio Pedro de Vasconcelhos ante las autoridades españolas de Buenos Aires, ca. 1735. Citado por Frogoni Laclau y Díaz Buschiazzo, op. cit.
4 Morquio Blanco, Luis: Memorias de la Calera de las Huérfanas. Ed. autor, pág. 271. El inventario fue levantado por Juan de San Martín (1728–1796), padre del general José de San Martín.