Articulo #259
Entrevista con Olga Barbosa: Pensar el desarrollo desde la naturaleza
JUNIO DEL 2026
Entrevista
1. Olga, antes de hablar de ciencia y ecología, ¿quién eres tú? ¿Cómo te describirías personalmente y qué elementos de tu historia marcaron tu manera de mirar el mundo?
Siempre me defino a partir de tres dimensiones que para mí son inseparables: mujer, científica y madre. Esas tres identidades han marcado profundamente mi manera de comprender el mundo.
Nací entre la ciudad y el campo, y creo que esa experiencia temprana me enseñó algo que ha permanecido conmigo toda la vida: la sensación de ser parte de algo mucho más grande que uno mismo. Desde muy pequeña entendí que formábamos parte de un sistema mayor, de un universo complejo y fascinante, y que la naturaleza era la expresión más inmediata de esa pertenencia. El pasto, los árboles, los animales, los pájaros y todas las formas de vida que conviven en un territorio me hicieron sentir que yo era apenas una pequeña pieza dentro de una trama inmensa.
Esa conciencia de pertenencia ha influido profundamente en mi manera de pensar y de relacionarme con el mundo. Nunca me he sentido separada de la naturaleza; por el contrario, siempre me he entendido como parte de ella.
También fui muy influenciada por mi madre, una mujer extraordinariamente audaz y original. Tenía una forma muy particular de mirar la vida y me enseñó algo que considero fundamental: la libertad para pensar por cuenta propia. Era estricta en muchos aspectos, pero al mismo tiempo me permitió explorar ideas, imaginar posibilidades y cuestionar lo establecido. Me dio espacio para la curiosidad, para la creatividad y para mirar más allá de los límites convencionales.
Creo que gran parte de mi trayectoria científica nace precisamente de ahí: de esa combinación entre la conciencia de pertenecer a un sistema mayor y la libertad de atreverse a pensar fuera de la caja.
1. Olga, antes de hablar de ciencia y ecología, ¿quién eres tú? ¿Cómo te describirías personalmente y qué elementos de tu historia marcaron tu manera de mirar el mundo?
Siempre me defino a partir de tres dimensiones que para mí son inseparables: mujer, científica y madre. Esas tres identidades han marcado profundamente mi manera de comprender el mundo.
Nací entre la ciudad y el campo, y creo que esa experiencia temprana me enseñó algo que ha permanecido conmigo toda la vida: la sensación de ser parte de algo mucho más grande que uno mismo. Desde muy pequeña entendí que formábamos parte de un sistema mayor, de un universo complejo y fascinante, y que la naturaleza era la expresión más inmediata de esa pertenencia. El pasto, los árboles, los animales, los pájaros y todas las formas de vida que conviven en un territorio me hicieron sentir que yo era apenas una pequeña pieza dentro de una trama inmensa.
Esa conciencia de pertenencia ha influido profundamente en mi manera de pensar y de relacionarme con el mundo. Nunca me he sentido separada de la naturaleza; por el contrario, siempre me he entendido como parte de ella.
También fui muy influenciada por mi madre, una mujer extraordinariamente audaz y original. Tenía una forma muy particular de mirar la vida y me enseñó algo que considero fundamental: la libertad para pensar por cuenta propia. Era estricta en muchos aspectos, pero al mismo tiempo me permitió explorar ideas, imaginar posibilidades y cuestionar lo establecido. Me dio espacio para la curiosidad, para la creatividad y para mirar más allá de los límites convencionales.
Creo que gran parte de mi trayectoria científica nace precisamente de ahí: de esa combinación entre la conciencia de pertenecer a un sistema mayor y la libertad de atreverse a pensar fuera de la caja.
2. ¿Cómo nace tu interés por la biología y la ecología? ¿Hubo algún momento, lectura, experiencia o persona que haya sido decisiva en tu formación inicial?
Creo que siempre fui científica. Todos los niños sienten curiosidad por el mundo que los rodea, pero en mi caso esa curiosidad nunca desapareció. Mirando hacia atrás, tengo la sensación de que simplemente seguí haciéndome preguntas, utilizando una y otra vez ese método de observación e indagación que los niños practican de manera natural.
Mis recuerdos más tempranos están ligados al campo. Mientras vivíamos en la ciudad durante el período escolar, gran parte de nuestra vida transcurría en el campo, y allí comenzaron muchas de las preguntas que todavía me acompañan. Recuerdo estar sentada sola en medio de un potrero de alfalfa, observando cómo el viento movía las plantas de un lado a otro. Me preguntaba por qué se movían en esa dirección, qué producía ese movimiento, por qué la temperatura era distinta en distintos momentos del día. Pasaba horas observando y tratando de entender cómo funcionaban las cosas.
La naturaleza fue mi primer laboratorio. Siempre me interesó comprender los procesos que ocurrían detrás de aquello que observaba. También recuerdo abrir lagartijas para ver cómo funcionaba su cuerpo, cómo latía el corazón o cómo estaban organizados sus órganos. Hoy no lo haría, por supuesto, porque tenemos otra comprensión del bienestar animal y de la conservación de las especies, pero en ese momento mi motivación era exclusivamente la curiosidad. Me fascinaba descubrir cómo los sistemas biológicos podían funcionar con tanta precisión. Hasta hoy sigo sintiendo admiración por esa complejidad extraordinaria que caracteriza a los seres vivos.
Con el tiempo, esa curiosidad por la naturaleza comenzó a encontrarse con otra preocupación que fue creciendo a medida que comprendía mejor la sociedad en que vivíamos: la injusticia. Me impactaban profundamente las desigualdades de oportunidades, las discriminaciones de clase, de género y las distintas formas de exclusión que veía a mi alrededor. Durante mi adolescencia imaginaba que dedicaría mi vida a combatir esas injusticias. Recuerdo que en aquellos años la crisis humanitaria en Etiopía ocupaba gran parte de las noticias y yo soñaba con viajar allá para contribuir, desde la ciencia, a mejorar las condiciones de vida de las personas.
Poco a poco entendí que mis dos grandes intereses —la naturaleza y la justicia social— no eran mundos separados. Comencé a ver que el acceso a un ambiente sano, a espacios naturales de calidad y a ecosistemas funcionales también forma parte de una sociedad más justa. La naturaleza nos pertenece a todos, pero no todos tienen las mismas oportunidades de disfrutarla, protegerla o beneficiarse de ella. Esa constatación marcó profundamente mi forma de entender la ecología.
Hubo también personas decisivas en mi formación. En el colegio tuve una profesora de biología extraordinaria que logró despertar el interés científico de sus estudiantes en un contexto donde las ciencias no ocupaban un lugar prioritario. Con enorme esfuerzo conseguía materiales, diseñaba experimentos y nos mostraba que la ciencia era una herramienta para comprender mejor el mundo. Gracias a ella pude acercarme por primera vez a la genética experimental y descubrir el enorme poder que tiene la investigación para responder preguntas complejas.
Desde entonces, mi trayectoria ha estado guiada por esa doble motivación que sigue acompañándome hasta hoy: entender cómo funcionan los sistemas biológicos y contribuir a que todas las personas puedan vivir en una sociedad más justa, donde el acceso a la naturaleza y a sus beneficios no sea un privilegio, sino un derecho compartido.
Creo que siempre fui científica. Todos los niños sienten curiosidad por el mundo que los rodea, pero en mi caso esa curiosidad nunca desapareció. Mirando hacia atrás, tengo la sensación de que simplemente seguí haciéndome preguntas, utilizando una y otra vez ese método de observación e indagación que los niños practican de manera natural.
Mis recuerdos más tempranos están ligados al campo. Mientras vivíamos en la ciudad durante el período escolar, gran parte de nuestra vida transcurría en el campo, y allí comenzaron muchas de las preguntas que todavía me acompañan. Recuerdo estar sentada sola en medio de un potrero de alfalfa, observando cómo el viento movía las plantas de un lado a otro. Me preguntaba por qué se movían en esa dirección, qué producía ese movimiento, por qué la temperatura era distinta en distintos momentos del día. Pasaba horas observando y tratando de entender cómo funcionaban las cosas.
La naturaleza fue mi primer laboratorio. Siempre me interesó comprender los procesos que ocurrían detrás de aquello que observaba. También recuerdo abrir lagartijas para ver cómo funcionaba su cuerpo, cómo latía el corazón o cómo estaban organizados sus órganos. Hoy no lo haría, por supuesto, porque tenemos otra comprensión del bienestar animal y de la conservación de las especies, pero en ese momento mi motivación era exclusivamente la curiosidad. Me fascinaba descubrir cómo los sistemas biológicos podían funcionar con tanta precisión. Hasta hoy sigo sintiendo admiración por esa complejidad extraordinaria que caracteriza a los seres vivos.
Con el tiempo, esa curiosidad por la naturaleza comenzó a encontrarse con otra preocupación que fue creciendo a medida que comprendía mejor la sociedad en que vivíamos: la injusticia. Me impactaban profundamente las desigualdades de oportunidades, las discriminaciones de clase, de género y las distintas formas de exclusión que veía a mi alrededor. Durante mi adolescencia imaginaba que dedicaría mi vida a combatir esas injusticias. Recuerdo que en aquellos años la crisis humanitaria en Etiopía ocupaba gran parte de las noticias y yo soñaba con viajar allá para contribuir, desde la ciencia, a mejorar las condiciones de vida de las personas.
Poco a poco entendí que mis dos grandes intereses —la naturaleza y la justicia social— no eran mundos separados. Comencé a ver que el acceso a un ambiente sano, a espacios naturales de calidad y a ecosistemas funcionales también forma parte de una sociedad más justa. La naturaleza nos pertenece a todos, pero no todos tienen las mismas oportunidades de disfrutarla, protegerla o beneficiarse de ella. Esa constatación marcó profundamente mi forma de entender la ecología.
Hubo también personas decisivas en mi formación. En el colegio tuve una profesora de biología extraordinaria que logró despertar el interés científico de sus estudiantes en un contexto donde las ciencias no ocupaban un lugar prioritario. Con enorme esfuerzo conseguía materiales, diseñaba experimentos y nos mostraba que la ciencia era una herramienta para comprender mejor el mundo. Gracias a ella pude acercarme por primera vez a la genética experimental y descubrir el enorme poder que tiene la investigación para responder preguntas complejas.
Desde entonces, mi trayectoria ha estado guiada por esa doble motivación que sigue acompañándome hasta hoy: entender cómo funcionan los sistemas biológicos y contribuir a que todas las personas puedan vivir en una sociedad más justa, donde el acceso a la naturaleza y a sus beneficios no sea un privilegio, sino un derecho compartido.
Ecologia, biodiversidad y vitivinicultura
3. A lo largo de tu carrera has trabajado temas como biodiversidad, ecología del paisaje, resiliencia territorial, agricultura sustentable y cambio climático, entre muchos otros temas. ¿Cómo definirías hoy las grandes preguntas que orientan tu investigación?
Mi formación está profundamente vinculada a la ecología ecosistémica, una disciplina que busca comprender cómo funcionan los sistemas a distintas escalas. Esa mirada tiene algo que siempre me ha resultado fascinante: permite estudiar desde procesos microscópicos, como la fermentación del vino, hasta fenómenos que ocurren a nivel de paisajes completos o territorios enteros. En todos los casos, la pregunta de fondo es la misma: cómo fluyen la energía, la materia y las interacciones entre los distintos componentes de un sistema.
Hoy esas preguntas adquieren una relevancia especial porque vivimos en un contexto de cambio global. Cuando hablamos de cambio global solemos pensar únicamente en cambio climático, pero en realidad estamos frente a transformaciones mucho más amplias. Hemos alterado ciclos biogeoquímicos fundamentales, como el del nitrógeno, modificado ecosistemas a gran escala y transformado profundamente la relación entre las sociedades humanas y la naturaleza.
Lo que más me interesa es estudiar esos procesos en sistemas donde las personas están presentes. Tradicionalmente, gran parte de la ecología y de la conservación se desarrolló observando ecosistemas relativamente prístinos: parques nacionales, reservas o territorios poco intervenidos. Ese conocimiento es fundamental, pero mi interés ha estado puesto en comprender aquellos espacios donde la naturaleza y las actividades humanas conviven cotidianamente. Me interesa estudiar los territorios reales en los que vivimos, producimos alimentos, construimos ciudades y tomamos decisiones.
Desde esa perspectiva, una de las ideas que más ha marcado mi trabajo es entender que los sistemas ecológicos no funcionan en equilibrio. Durante mucho tiempo hablamos de equilibrio ecológico como si fuera un estado ideal al que debíamos aspirar, pero la realidad es mucho más dinámica. Los ecosistemas cambian permanentemente. Se reorganizan, se adaptan, incorporan perturbaciones y generan nuevas configuraciones. El cambio no es una anomalía; es parte de su funcionamiento natural.
Por eso la resiliencia se ha transformado en uno de los conceptos centrales de mi investigación. Muchas veces se entiende la resiliencia como la capacidad de resistir o permanecer igual frente a una perturbación, pero desde la ecología sabemos que no funciona así. Un sistema resiliente no es aquel que permanece inmóvil, sino aquel que es capaz de aprender, reorganizarse y adaptarse sin perder su funcionalidad esencial.
Esa idea me parece especialmente relevante para enfrentar los desafíos actuales. Vivimos en un mundo caracterizado por la incertidumbre, donde los cambios ambientales, sociales y climáticos son cada vez más rápidos y complejos.
Frente a ese escenario, la pregunta ya no es cómo conservar exactamente las cosas tal como son hoy, sino cómo desarrollar sistemas capaces de transformarse, aprender y seguir funcionando en condiciones cambiantes. En definitiva, las preguntas que orientan mi trabajo tienen que ver con comprender cómo los sistemas socioecológicos pueden adaptarse a un mundo en permanente transformación. Cómo podemos construir territorios, ciudades y paisajes productivos que sean más resilientes, más flexibles y más capaces de enfrentar las incertidumbres del futuro sin perder aquello que los hace funcionales y valiosos para las personas y para la naturaleza.
4. Uno de tus aportes más reconocidos ha sido vincular biodiversidad y sistemas productivos, particularmente en la vitivinicultura chilena. ¿Cómo surgió esa línea de trabajo y qué aprendizajes te ha dejado el diálogo entre ciencia y sector productivo?
Esta línea de trabajo surgió después de varios años dedicados a estudiar sistemas muy distintos entre sí. Durante una etapa importante de mi carrera trabajé en el Parque Nacional Bosque Fray Jorge, investigando procesos ecológicos fundamentales en un ecosistema relativamente conservado. Más tarde, durante mi postdoctorado en Inglaterra, me enfoqué en sistemas urbanos y en cómo las ciudades modifican las dinámicas ecológicas. Fue precisamente en ese período cuando apareció la oportunidad de conectar biodiversidad y agricultura.
Recuerdo que uno de mis ex tutores participaba en una discusión internacional sobre la conservación de los ecosistemas mediterráneos del mundo. Estos territorios poseen una característica muy particular: concentran altos niveles de biodiversidad y endemismo, pero al mismo tiempo enfrentan fuertes presiones derivadas de la actividad humana. A diferencia de otros ecosistemas, gran parte de su superficie está ocupada por ciudades, actividades agrícolas y espacios productivos. La pregunta que comenzaba a surgir entonces era evidente: si la mayor parte de estos territorios ya está habitada y transformada, ¿cómo podemos conservar la biodiversidad trabajando junto a quienes viven y producen en ellos?
Fue en ese contexto donde apareció la vitivinicultura como una oportunidad extraordinaria. Entre distintas alternativas productivas, el vino ofrecía algo particularmente interesante: el concepto de terroir. Desde una perspectiva ecológica, el terroir tiene una enorme riqueza porque reconoce que el producto final surge de la interacción entre el clima, el suelo, la geología, las variedades cultivadas, las prácticas humanas y la cultura local. En cierto sentido, es una manera de comprender los sistemas productivos muy cercana a la forma en que los ecólogos entendemos los ecosistemas.
Además, en Chile esa discusión adquiría una dimensión aún más profunda. Nuestro paisaje mediterráneo alberga una biodiversidad única en el mundo. Muchas de las especies que habitan estos territorios no existen en ningún otro lugar del planeta. Cuando desaparecen, desaparecen para siempre. Sin embargo, convivimos cotidianamente con ellas y muchas veces dejamos de percibir su extraordinario valor.
A partir de esa reflexión comenzamos a desarrollar investigaciones y proyectos que buscaban integrar conservación y producción, entendiendo que la biodiversidad podía transformarse en un componente estratégico de los sistemas vitivinícolas y no en una limitación para su desarrollo.
Pero quizás el aprendizaje más importante vino después, durante años de trabajo directo con productores, enólogos, viticultores y empresas del sector. Y fue una sorpresa. Como académica, yo suponía que encontraría mayores resistencias fuera de la universidad, porque existe una lógica productiva, económica y empresarial que muchas veces se percibe como incompatible con la conservación. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
Descubrí que muchas de las personas vinculadas al mundo del vino tenían una enorme disposición a cuestionar sus propias prácticas, a experimentar y a buscar nuevas formas de relacionarse con el paisaje. En muchos casos encontré más apertura intelectual y más capacidad de innovación en el sector productivo que dentro de la propia academia.
Con el tiempo comprendí que las transformaciones más significativas no nacen necesariamente de las estructuras institucionales, sino de las personas. Detrás de cada decisión orientada a conservar biodiversidad existe alguien que decide mirar el territorio de otra manera. Y esa constatación ha sido una de las lecciones más valiosas de este trabajo.
Hoy estoy convencida de que el futuro de la vitivinicultura chilena pasa, en parte importante, por profundizar su vínculo con la identidad de sus territorios. Durante décadas la industria hizo un esfuerzo enorme por crecer, profesionalizarse y alcanzar estándares internacionales de calidad. Ese proceso fue necesario. Pero ahora enfrentamos un desafío diferente: distinguirnos.
Y esa diferenciación no se construye únicamente a partir de la tecnología o de los mercados. Se construye a partir de aquello que nadie más posee. Nuestros paisajes, nuestra biodiversidad, nuestras especies endémicas, nuestros ecosistemas y nuestra cultura son irrepetibles. Desde el viñedo hasta las levaduras que participan en la fermentación, existe una identidad biológica y territorial única que puede transformarse en una de las grandes fortalezas del vino chileno.
Por eso sigo trabajando en esta área con el mismo entusiasmo de hace años. Porque creo que la conservación de la biodiversidad y la construcción de una vitivinicultura con identidad no son objetivos separados, sino parte de un mismo proyecto de futuro.
5. Desde tu experiencia, ¿cuáles son hoy las principales amenazas ecológicas y territoriales que enfrenta Chile en la actualidad?
Cuando hablamos de amenazas ecológicas solemos pensar inmediatamente en fenómenos visibles como los incendios forestales, la pérdida de bosques o el cambio climático. Sin embargo, la realidad es más compleja porque muchas de estas amenazas interactúan entre sí y terminan amplificando sus efectos.
Entre las más importantes destacaría, en primer lugar, el cambio de uso de suelo y la degradación de los ecosistemas. Cada vez que transformamos un territorio sin considerar sus procesos ecológicos, alteramos funciones fundamentales relacionadas con el agua, los nutrientes, la biodiversidad y la resiliencia del paisaje.
A esto se suma el problema creciente de las especies exóticas invasoras. Muchas veces las observamos como algo cotidiano y dejamos de percibir su impacto. Algunas de ellas desplazan especies nativas, modifican ecosistemas completos y alteran procesos ecológicos esenciales. En Chile este fenómeno es especialmente preocupante porque varias de estas especies presentan una estrecha relación con otra gran amenaza: los incendios.
Los incendios forestales constituyen hoy uno de los desafíos más graves para los ecosistemas mediterráneos chilenos. A diferencia de otros ecosistemas mediterráneos del mundo, muchas de nuestras especies nativas no están adaptadas a convivir con incendios recurrentes. Cuando ocurre un fuego de gran magnitud, numerosas especies tienen enormes dificultades para recuperarse. En cambio, muchas especies invasoras sí poseen mecanismos que les permiten regenerarse rápidamente después de los incendios, lo que genera una situación particularmente compleja: mientras nuestras especies nativas retroceden, las invasoras encuentran condiciones ideales para expandirse.
Esta interacción entre fuego e invasiones biológicas está transformando profundamente algunos paisajes de Chile central y constituye una amenaza que todavía no siempre es comprendida en toda su magnitud.
Sin embargo, con los años he llegado a pensar que existen amenazas menos visibles, pero igualmente importantes. Una de ellas tiene que ver con la forma en que diseñamos nuestras políticas públicas y nuestros sistemas de incentivos.
Muchas veces atribuimos los problemas ambientales exclusivamente al sector productivo o al desarrollo económico. Sin duda existen actividades que generan impactos significativos, pero también debemos examinar críticamente cómo las instituciones públicas estimulan determinadas prácticas. En numerosos países, incluido Chile, existen subsidios e incentivos que continúan favoreciendo modelos de producción o desarrollo que sabemos que generan efectos negativos sobre la biodiversidad.
El problema es que muchas de estas decisiones siguen evaluándose desde una lógica exclusivamente económica, sin incorporar adecuadamente el valor de los ecosistemas ni los costos ambientales de largo plazo. Continuamos financiando formas tradicionales de hacer las cosas, incluso cuando ya sabemos que existen alternativas más sustentables.
Por eso creo que la conversación ambiental no puede limitarse únicamente a la conservación de especies o ecosistemas. También debemos revisar los mecanismos económicos, institucionales y políticos que moldean las decisiones que tomamos como sociedad.
En el fondo, las grandes amenazas que enfrentamos hoy no son solamente ecológicas. Son también culturales y políticas. Tienen que ver con la forma en que entendemos el desarrollo, con los incentivos que promovemos y con nuestra capacidad —o incapacidad— para reconocer que la biodiversidad no es un elemento accesorio del territorio, sino una condición fundamental para el bienestar humano.
La evidencia científica es cada vez más clara: cuando degradamos la naturaleza, terminamos debilitando también nuestra capacidad de enfrentar las crisis futuras. Por eso proteger la biodiversidad no es únicamente una tarea ambiental; es una decisión estratégica sobre el tipo de país y de sociedad que queremos construir.
Mi formación está profundamente vinculada a la ecología ecosistémica, una disciplina que busca comprender cómo funcionan los sistemas a distintas escalas. Esa mirada tiene algo que siempre me ha resultado fascinante: permite estudiar desde procesos microscópicos, como la fermentación del vino, hasta fenómenos que ocurren a nivel de paisajes completos o territorios enteros. En todos los casos, la pregunta de fondo es la misma: cómo fluyen la energía, la materia y las interacciones entre los distintos componentes de un sistema.
Hoy esas preguntas adquieren una relevancia especial porque vivimos en un contexto de cambio global. Cuando hablamos de cambio global solemos pensar únicamente en cambio climático, pero en realidad estamos frente a transformaciones mucho más amplias. Hemos alterado ciclos biogeoquímicos fundamentales, como el del nitrógeno, modificado ecosistemas a gran escala y transformado profundamente la relación entre las sociedades humanas y la naturaleza.
Lo que más me interesa es estudiar esos procesos en sistemas donde las personas están presentes. Tradicionalmente, gran parte de la ecología y de la conservación se desarrolló observando ecosistemas relativamente prístinos: parques nacionales, reservas o territorios poco intervenidos. Ese conocimiento es fundamental, pero mi interés ha estado puesto en comprender aquellos espacios donde la naturaleza y las actividades humanas conviven cotidianamente. Me interesa estudiar los territorios reales en los que vivimos, producimos alimentos, construimos ciudades y tomamos decisiones.
Desde esa perspectiva, una de las ideas que más ha marcado mi trabajo es entender que los sistemas ecológicos no funcionan en equilibrio. Durante mucho tiempo hablamos de equilibrio ecológico como si fuera un estado ideal al que debíamos aspirar, pero la realidad es mucho más dinámica. Los ecosistemas cambian permanentemente. Se reorganizan, se adaptan, incorporan perturbaciones y generan nuevas configuraciones. El cambio no es una anomalía; es parte de su funcionamiento natural.
Por eso la resiliencia se ha transformado en uno de los conceptos centrales de mi investigación. Muchas veces se entiende la resiliencia como la capacidad de resistir o permanecer igual frente a una perturbación, pero desde la ecología sabemos que no funciona así. Un sistema resiliente no es aquel que permanece inmóvil, sino aquel que es capaz de aprender, reorganizarse y adaptarse sin perder su funcionalidad esencial.
Esa idea me parece especialmente relevante para enfrentar los desafíos actuales. Vivimos en un mundo caracterizado por la incertidumbre, donde los cambios ambientales, sociales y climáticos son cada vez más rápidos y complejos.
Frente a ese escenario, la pregunta ya no es cómo conservar exactamente las cosas tal como son hoy, sino cómo desarrollar sistemas capaces de transformarse, aprender y seguir funcionando en condiciones cambiantes. En definitiva, las preguntas que orientan mi trabajo tienen que ver con comprender cómo los sistemas socioecológicos pueden adaptarse a un mundo en permanente transformación. Cómo podemos construir territorios, ciudades y paisajes productivos que sean más resilientes, más flexibles y más capaces de enfrentar las incertidumbres del futuro sin perder aquello que los hace funcionales y valiosos para las personas y para la naturaleza.
4. Uno de tus aportes más reconocidos ha sido vincular biodiversidad y sistemas productivos, particularmente en la vitivinicultura chilena. ¿Cómo surgió esa línea de trabajo y qué aprendizajes te ha dejado el diálogo entre ciencia y sector productivo?
Esta línea de trabajo surgió después de varios años dedicados a estudiar sistemas muy distintos entre sí. Durante una etapa importante de mi carrera trabajé en el Parque Nacional Bosque Fray Jorge, investigando procesos ecológicos fundamentales en un ecosistema relativamente conservado. Más tarde, durante mi postdoctorado en Inglaterra, me enfoqué en sistemas urbanos y en cómo las ciudades modifican las dinámicas ecológicas. Fue precisamente en ese período cuando apareció la oportunidad de conectar biodiversidad y agricultura.
Recuerdo que uno de mis ex tutores participaba en una discusión internacional sobre la conservación de los ecosistemas mediterráneos del mundo. Estos territorios poseen una característica muy particular: concentran altos niveles de biodiversidad y endemismo, pero al mismo tiempo enfrentan fuertes presiones derivadas de la actividad humana. A diferencia de otros ecosistemas, gran parte de su superficie está ocupada por ciudades, actividades agrícolas y espacios productivos. La pregunta que comenzaba a surgir entonces era evidente: si la mayor parte de estos territorios ya está habitada y transformada, ¿cómo podemos conservar la biodiversidad trabajando junto a quienes viven y producen en ellos?
Fue en ese contexto donde apareció la vitivinicultura como una oportunidad extraordinaria. Entre distintas alternativas productivas, el vino ofrecía algo particularmente interesante: el concepto de terroir. Desde una perspectiva ecológica, el terroir tiene una enorme riqueza porque reconoce que el producto final surge de la interacción entre el clima, el suelo, la geología, las variedades cultivadas, las prácticas humanas y la cultura local. En cierto sentido, es una manera de comprender los sistemas productivos muy cercana a la forma en que los ecólogos entendemos los ecosistemas.
Además, en Chile esa discusión adquiría una dimensión aún más profunda. Nuestro paisaje mediterráneo alberga una biodiversidad única en el mundo. Muchas de las especies que habitan estos territorios no existen en ningún otro lugar del planeta. Cuando desaparecen, desaparecen para siempre. Sin embargo, convivimos cotidianamente con ellas y muchas veces dejamos de percibir su extraordinario valor.
A partir de esa reflexión comenzamos a desarrollar investigaciones y proyectos que buscaban integrar conservación y producción, entendiendo que la biodiversidad podía transformarse en un componente estratégico de los sistemas vitivinícolas y no en una limitación para su desarrollo.
Pero quizás el aprendizaje más importante vino después, durante años de trabajo directo con productores, enólogos, viticultores y empresas del sector. Y fue una sorpresa. Como académica, yo suponía que encontraría mayores resistencias fuera de la universidad, porque existe una lógica productiva, económica y empresarial que muchas veces se percibe como incompatible con la conservación. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
Descubrí que muchas de las personas vinculadas al mundo del vino tenían una enorme disposición a cuestionar sus propias prácticas, a experimentar y a buscar nuevas formas de relacionarse con el paisaje. En muchos casos encontré más apertura intelectual y más capacidad de innovación en el sector productivo que dentro de la propia academia.
Con el tiempo comprendí que las transformaciones más significativas no nacen necesariamente de las estructuras institucionales, sino de las personas. Detrás de cada decisión orientada a conservar biodiversidad existe alguien que decide mirar el territorio de otra manera. Y esa constatación ha sido una de las lecciones más valiosas de este trabajo.
Hoy estoy convencida de que el futuro de la vitivinicultura chilena pasa, en parte importante, por profundizar su vínculo con la identidad de sus territorios. Durante décadas la industria hizo un esfuerzo enorme por crecer, profesionalizarse y alcanzar estándares internacionales de calidad. Ese proceso fue necesario. Pero ahora enfrentamos un desafío diferente: distinguirnos.
Y esa diferenciación no se construye únicamente a partir de la tecnología o de los mercados. Se construye a partir de aquello que nadie más posee. Nuestros paisajes, nuestra biodiversidad, nuestras especies endémicas, nuestros ecosistemas y nuestra cultura son irrepetibles. Desde el viñedo hasta las levaduras que participan en la fermentación, existe una identidad biológica y territorial única que puede transformarse en una de las grandes fortalezas del vino chileno.
Por eso sigo trabajando en esta área con el mismo entusiasmo de hace años. Porque creo que la conservación de la biodiversidad y la construcción de una vitivinicultura con identidad no son objetivos separados, sino parte de un mismo proyecto de futuro.
5. Desde tu experiencia, ¿cuáles son hoy las principales amenazas ecológicas y territoriales que enfrenta Chile en la actualidad?
Cuando hablamos de amenazas ecológicas solemos pensar inmediatamente en fenómenos visibles como los incendios forestales, la pérdida de bosques o el cambio climático. Sin embargo, la realidad es más compleja porque muchas de estas amenazas interactúan entre sí y terminan amplificando sus efectos.
Entre las más importantes destacaría, en primer lugar, el cambio de uso de suelo y la degradación de los ecosistemas. Cada vez que transformamos un territorio sin considerar sus procesos ecológicos, alteramos funciones fundamentales relacionadas con el agua, los nutrientes, la biodiversidad y la resiliencia del paisaje.
A esto se suma el problema creciente de las especies exóticas invasoras. Muchas veces las observamos como algo cotidiano y dejamos de percibir su impacto. Algunas de ellas desplazan especies nativas, modifican ecosistemas completos y alteran procesos ecológicos esenciales. En Chile este fenómeno es especialmente preocupante porque varias de estas especies presentan una estrecha relación con otra gran amenaza: los incendios.
Los incendios forestales constituyen hoy uno de los desafíos más graves para los ecosistemas mediterráneos chilenos. A diferencia de otros ecosistemas mediterráneos del mundo, muchas de nuestras especies nativas no están adaptadas a convivir con incendios recurrentes. Cuando ocurre un fuego de gran magnitud, numerosas especies tienen enormes dificultades para recuperarse. En cambio, muchas especies invasoras sí poseen mecanismos que les permiten regenerarse rápidamente después de los incendios, lo que genera una situación particularmente compleja: mientras nuestras especies nativas retroceden, las invasoras encuentran condiciones ideales para expandirse.
Esta interacción entre fuego e invasiones biológicas está transformando profundamente algunos paisajes de Chile central y constituye una amenaza que todavía no siempre es comprendida en toda su magnitud.
Sin embargo, con los años he llegado a pensar que existen amenazas menos visibles, pero igualmente importantes. Una de ellas tiene que ver con la forma en que diseñamos nuestras políticas públicas y nuestros sistemas de incentivos.
Muchas veces atribuimos los problemas ambientales exclusivamente al sector productivo o al desarrollo económico. Sin duda existen actividades que generan impactos significativos, pero también debemos examinar críticamente cómo las instituciones públicas estimulan determinadas prácticas. En numerosos países, incluido Chile, existen subsidios e incentivos que continúan favoreciendo modelos de producción o desarrollo que sabemos que generan efectos negativos sobre la biodiversidad.
El problema es que muchas de estas decisiones siguen evaluándose desde una lógica exclusivamente económica, sin incorporar adecuadamente el valor de los ecosistemas ni los costos ambientales de largo plazo. Continuamos financiando formas tradicionales de hacer las cosas, incluso cuando ya sabemos que existen alternativas más sustentables.
Por eso creo que la conversación ambiental no puede limitarse únicamente a la conservación de especies o ecosistemas. También debemos revisar los mecanismos económicos, institucionales y políticos que moldean las decisiones que tomamos como sociedad.
En el fondo, las grandes amenazas que enfrentamos hoy no son solamente ecológicas. Son también culturales y políticas. Tienen que ver con la forma en que entendemos el desarrollo, con los incentivos que promovemos y con nuestra capacidad —o incapacidad— para reconocer que la biodiversidad no es un elemento accesorio del territorio, sino una condición fundamental para el bienestar humano.
La evidencia científica es cada vez más clara: cuando degradamos la naturaleza, terminamos debilitando también nuestra capacidad de enfrentar las crisis futuras. Por eso proteger la biodiversidad no es únicamente una tarea ambiental; es una decisión estratégica sobre el tipo de país y de sociedad que queremos construir.
Investigación académica, gestión pública y ciencia aplicada: IEB y CIS UNAB
6. Has trabajado tanto en investigación académica como en gestión pública. ¿Qué aprendiste de tu experiencia como SEREMI de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación de la Macrozona Sur?
Mi paso por la gestión pública fue una experiencia profundamente transformadora. Si tuviera que resumirla en una frase, diría que me obligó a mirar el Estado desde el otro lado de la mesa.
Antes de asumir ese rol, como muchas personas provenientes del mundo académico, solía observar las instituciones públicas con cierta frustración. Me preguntaba por qué los cambios eran tan lentos, por qué las buenas ideas tardaban tanto en implementarse o por qué parecía tan difícil innovar desde el aparato estatal. Al llegar a la gestión pública entendí que la respuesta era mucho más compleja de lo que imaginaba.
Descubrí que la lentitud de las instituciones muchas veces responde a mecanismos diseñados para entregar estabilidad, continuidad y garantías. Eso no significa que el sistema funcione perfectamente ni que no requiera transformaciones profundas, pero sí me permitió comprender que detrás de muchas de sus rigideces existen razones que desde afuera no siempre son evidentes.
Al mismo tiempo, aprendí algo igualmente importante: incluso dentro de estructuras muy rígidas existen oportunidades para generar cambios. Son ventanas que a veces se abren por períodos breves y que requieren decisión, convicción y capacidad de actuar. Esa fue probablemente una de las lecciones más valiosas que me dejó la experiencia pública.
Me tocó participar en un momento particularmente singular, porque coincidió con la instalación del nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. No éramos simplemente ejecutores de políticas definidas desde Santiago; también estábamos contribuyendo a diseñar la institucionalidad que recién comenzaba a construirse. Eso nos permitió impulsar iniciativas que hoy considero especialmente relevantes.
Una de ellas fue la elaboración de la primera política de género del ministerio. En ese momento entendimos que, si queríamos construir una nueva institucionalidad científica, era indispensable incorporar la perspectiva de género desde el inicio. Aprovechamos esa oportunidad y logramos que esa visión quedara integrada en la estructura ministerial. Fue una de esas ocasiones en que una pequeña ventana de oportunidad permitió generar un cambio duradero.
La pandemia también marcó profundamente mi experiencia como SEREMI. Fue un período extremadamente complejo, pero también mostró con claridad el valor de la inversión que el país había realizado durante décadas en ciencia y capacidades científicas. De un momento a otro, los laboratorios, los investigadores y la infraestructura científica se transformaron en piezas fundamentales para enfrentar una crisis sanitaria global.
Uno de los aprendizajes más importantes vino desde otro ámbito. Durante la pandemia me correspondió trabajar estrechamente con comunidades mapuche en La Araucanía, donde existían comprensibles desconfianzas hacia las campañas de información y vacunación. En lugar de insistir únicamente en medidas coercitivas, propusimos generar espacios de diálogo intercultural con loncos, machis y dirigentes comunitarios.
Aquella experiencia me enseñó que la comunicación científica no consiste simplemente en transmitir información. Requiere escuchar, comprender otras formas de interpretar el mundo y construir confianza. Recuerdo conversaciones extraordinarias en las que discutíamos sobre el COVID, las vacunas y la salud desde perspectivas culturales distintas, pero igualmente legítimas. Lejos de ser un obstáculo, ese diálogo permitió generar entendimientos que terminaron favoreciendo los procesos de vacunación y cuidado comunitario.
Probablemente esa sea una de las lecciones más profundas que me dejó la gestión pública: las soluciones más efectivas rara vez nacen de la imposición. Nacen del diálogo, de la capacidad de comprender al otro y de construir acuerdos incluso en contextos de gran diversidad.
También aprendí algo que considero fundamental respecto al poder. Durante mucho tiempo sentí que mi capacidad de influencia era limitada. Sin embargo, la experiencia me mostró que cualquier espacio de responsabilidad implica una cuota de poder, por pequeña que parezca. Y cuando uno tiene la posibilidad de influir en decisiones que afectan a otras personas, existe también una responsabilidad ética de utilizar esa capacidad para impulsar cambios positivos.
Por eso, si algo me dejó la gestión pública, fue la convicción de que las instituciones pueden transformarse, aunque sea gradualmente, y de que incluso los espacios de poder más modestos pueden convertirse en herramientas para mejorar la vida de las personas cuando se ejercen con responsabilidad, apertura y voluntad de diálogo.
7. A menudo se habla de “desarrollo”, pero pocas veces se discute qué tipo de desarrollo necesita realmente el país. Desde tu mirada, ¿qué rol debería tener la ciencia en el futuro de Chile?
Creo que la pregunta fundamental no es simplemente cómo crecer o cómo desarrollarnos, sino qué entendemos por desarrollo y qué características debe tener para ser viable en el largo plazo. Desde mi perspectiva, Chile necesita avanzar hacia un modelo de desarrollo resiliente.
La resiliencia implica reconocer que vivimos en un mundo cambiante, incierto y cada vez más complejo. Significa construir sistemas capaces de adaptarse, aprender y transformarse frente a nuevas condiciones sin perder su capacidad de generar bienestar. Y para eso la ciencia tiene un papel absolutamente central.
A menudo se afirma que la ciencia no tiene suficiente influencia en la toma de decisiones del país. Yo no estoy completamente de acuerdo. La ciencia ha tenido un rol importante en múltiples ámbitos del desarrollo chileno. Lo que ocurre es que algunas disciplinas han sido escuchadas más que otras. En particular, las ciencias ecológicas han tenido históricamente menos espacio en la discusión pública y económica.
Parte del problema radica en que todavía existe una comprensión muy limitada de lo que significa la ecología como disciplina científica. Muchas personas asocian la ecología únicamente con una postura ambientalista o con determinadas posiciones ideológicas, cuando en realidad se trata de una ciencia que estudia el funcionamiento de los sistemas que sostienen la vida y la actividad humana. Esa confusión ha dificultado que sus aportes sean incorporados plenamente en los procesos de planificación y desarrollo.
Por eso creo que debemos cambiar la forma en que entendemos la relación entre economía y naturaleza. Con frecuencia seguimos hablando de la naturaleza como si fuera una variable externa al desarrollo, una especie de restricción que debe compatibilizarse con los objetivos económicos. Sin embargo, la realidad es exactamente la inversa. La naturaleza no es una externalidad del sistema económico. Es su base.
Toda actividad productiva, directa o indirectamente, depende de procesos ecológicos. Dependemos de los suelos, del agua, de la estabilidad climática, de la biodiversidad y de innumerables servicios ecosistémicos que muchas veces damos por sentados. Incluso aquellas economías que parecen estar basadas principalmente en servicios siguen dependiendo de sistemas naturales que sostienen la vida y las actividades humanas.
Por eso, más que hablar de crecimiento versus conservación, deberíamos preguntarnos cómo construimos formas de desarrollo que reconozcan esa dependencia fundamental. Y eso exige una mirada de largo plazo, algo que muchas veces resulta difícil en sociedades acostumbradas a tomar decisiones bajo horizontes temporales muy cortos.
La evidencia está frente a nosotros. Basta observar lo que ocurre en la agricultura. Cuando los sistemas productivos incorporan prácticas que favorecen la conservación de los suelos, la cobertura vegetal o la biodiversidad, son mucho más capaces de resistir eventos extremos asociados al cambio climático. En cambio, cuando degradamos esos sistemas, las consecuencias se vuelven evidentes frente a una sequía, una inundación o una lluvia intensa.
Ya no estamos discutiendo escenarios hipotéticos. Estamos observando los efectos concretos de nuestras decisiones. Por eso creo que el desafío de la ciencia en el Chile del futuro no consiste únicamente en producir más conocimiento. Su papel será ayudar a construir espacios de diálogo capaces de integrar distintas perspectivas, reducir las falsas dicotomías y aportar evidencia para tomar decisiones más inteligentes y más robustas.
No tengo una fórmula única para definir el desarrollo que necesita el país. Lo que sí tengo claro es que cualquier proyecto de futuro que ignore la importancia de la naturaleza está condenado a enfrentar crecientes dificultades. Porque la naturaleza no es algo que esté al lado de nuestro bienestar. Es el fundamento sobre el cual ese bienestar se construye. Y mientras no comprendamos plenamente esa realidad, seguiremos intentando resolver problemas complejos sin reconocer las bases que los sostienen.
8. Actualmente mantienes una activa participación en instituciones científicas y ambientales, incluyendo el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y el y Centro de Investigación para la Sustentabilidad (CIS). ¿Qué significado tiene hoy el IEB y el CIS dentro de la investigación ecológica chilena y cuáles son sus principales desafíos futuros?
El Instituto de Ecología y Biodiversidad ocupa hoy un lugar muy relevante dentro de la investigación científica chilena. Es una institución que nació hace más de veinte años a partir de una visión bastante ambiciosa: construir un espacio de excelencia capaz de estudiar la biodiversidad desde múltiples disciplinas, territorios y escalas, integrando a algunos de los principales ecólogos y ecólogas del país.
Muchos de quienes impulsaron el Instituto pertenecían a una generación que realizó su formación doctoral en el extranjero y que tuvo la oportunidad de trabajar con investigadores que estaban construyendo las bases de áreas completas del conocimiento ecológico. Esa experiencia permitió traer nuevas perspectivas a Chile y generar una comunidad científica con estándares internacionales muy altos.
Desde sus inicios, el IEB se propuso hacer ciencia de frontera. Eso significa trabajar sobre las preguntas más complejas y relevantes de la ecología contemporánea: cambio climático, biodiversidad, invasiones biológicas, evolución, conservación, sistemas socioecológicos y resiliencia, entre muchas otras áreas. Durante más de dos décadas ha logrado sostener esa misión gracias a la obtención competitiva de fondos de investigación y al trabajo de una comunidad científica extraordinariamente diversa.
Uno de los aspectos que más valoro del Instituto es que nunca se concibió como un edificio o una institución concentrada en un solo lugar. Desde su origen fue pensado como una red. Hoy reúne investigadores distribuidos a lo largo del país, desde el norte hasta Magallanes, vinculando universidades, centros de investigación y territorios muy distintos entre sí. Esa diversidad territorial ha sido una de sus grandes fortalezas porque permite estudiar la biodiversidad chilena desde la enorme heterogeneidad ecológica que caracteriza al país.
En mi caso, he tenido la oportunidad de observar esa evolución desde distintas posiciones. Llegué inicialmente como investigadora postdoctoral y hoy participo en espacios de dirección y gestión científica. Esa trayectoria me ha permitido ver cómo el Instituto ha ido adaptándose a nuevas preguntas y desafíos.
Y precisamente allí aparece uno de los retos más importantes para el futuro. Tradicionalmente, la ciencia ha operado bajo una lógica que busca reducir la incertidumbre antes de recomendar acciones o tomar decisiones. Esa cautela es parte de la rigurosidad científica y seguirá siendo fundamental. Sin embargo, los desafíos ambientales que enfrentamos actualmente nos obligan a actuar en escenarios donde la incertidumbre nunca desaparecerá por completo.
Por eso uno de los grandes desafíos para instituciones como el IEB es aprender a contribuir de manera más efectiva a la toma de decisiones públicas y privadas utilizando la mejor evidencia disponible en cada momento. No podemos esperar a tener respuestas perfectas para enfrentar problemas que evolucionan constantemente.
Eso exige desarrollar nuevas formas de relación entre ciencia y sociedad. Requiere construir mecanismos que permitan que el conocimiento científico dialogue con las políticas públicas, los territorios, las comunidades y los sectores productivos de manera más dinámica y adaptativa.
En muchos sentidos, los problemas que enfrentamos hoy son distintos a los de hace veinte años. Son más complejos, más interdependientes y más urgentes. Por eso creo que el futuro del IEB pasa por mantener la excelencia científica que lo ha caracterizado desde su creación, pero al mismo tiempo fortalecer su capacidad para generar conocimiento que contribuya activamente a la construcción de soluciones.
Por otra parte, el Centro de Investigación para la Sustentabilidad de la Universidad Andrés Bello nace de la convicción de que los desafíos ambientales contemporáneos no pueden ser comprendidos ni abordados desde una sola disciplina. Su propósito es generar conocimiento que permita entender las complejas relaciones entre sociedad y naturaleza, promoviendo una mirada integradora sobre los procesos ecológicos, sociales, económicos y culturales que influyen en la sustentabilidad de los territorios.
A través de la investigación, la formación de capital humano y la vinculación con diversos actores de la sociedad, el Centro busca contribuir al desarrollo de soluciones innovadoras para enfrentar los desafíos ambientales actuales. Su trabajo se caracteriza por el enfoque interdisciplinario, la colaboración entre distintas áreas del conocimiento y el compromiso con una ciencia capaz de dialogar con las políticas públicas, los sectores productivos y las comunidades.
Más que estudiar el medioambiente de manera aislada, el Centro busca comprender cómo construir sistemas más resilientes, equitativos y sustentables, contribuyendo a que el conocimiento científico se transforme en una herramienta efectiva para la toma de decisiones y el bienestar de las personas.
Chile posee una comunidad científica de enorme calidad. Lo que necesitamos ahora es seguir fortaleciendo los puentes entre esa capacidad de investigación y las decisiones que determinarán el futuro de nuestros ecosistemas y de nuestra sociedad. El gran desafío no es solamente comprender mejor la biodiversidad. Es aprender a utilizar ese conocimiento para actuar de manera más inteligente en un mundo cada vez más cambiante e incierto.
9. La ciencia históricamente ha sido un espacio profundamente masculinizado. Desde tu experiencia personal y profesional, ¿cómo observas hoy las discusiones sobre género, inclusión y liderazgo femenino en el ámbito científico?
Creo que hemos avanzado, pero mucho menos de lo que a veces nos gusta pensar.
La discusión sobre género en ciencia sigue siendo compleja porque no se trata solamente de aumentar el número de mujeres en determinados espacios o cargos de liderazgo. Tiene que ver con transformar estructuras culturales, prácticas institucionales y formas de entender el éxito profesional que llevan décadas, e incluso siglos, reproduciéndose.
Durante mucho tiempo, las mujeres que lograron llegar a posiciones de liderazgo en la academia tuvieron que hacerlo enfrentando condiciones extraordinariamente difíciles. Muchas pertenecen a generaciones que realizaron sacrificios personales enormes para abrirse espacio en un entorno que estaba diseñado principalmente para hombres. Ese esfuerzo fue real y merece todo el reconocimiento.
Pero, esa misma historia ha generado algunas tensiones. En ocasiones, ciertas políticas orientadas a promover la equidad son percibidas como una desvalorización del mérito o del esfuerzo realizado por quienes lograron avanzar en contextos mucho más adversos. Esa es una conversación que todavía debemos abordar con mayor profundidad y honestidad.
También existe un desconocimiento importante respecto de lo que realmente significan las discusiones sobre género. Con frecuencia se piensa que se trata exclusivamente de mujeres o de aumentar la presencia femenina en determinados espacios. Pero las dinámicas de género son mucho más amplias y afectan la manera en que toda la sociedad distribuye oportunidades, responsabilidades, expectativas y formas de participación.
En los últimos años hemos visto avances concretos. Hoy existen más mujeres ocupando posiciones de liderazgo científico, dirigiendo centros de investigación, participando en espacios de toma de decisiones y contribuyendo a definir agendas institucionales. Eso no ocurrió de manera espontánea. Es el resultado de políticas, discusiones y herramientas que permitieron visibilizar desigualdades que durante mucho tiempo permanecieron naturalizadas.
Sin embargo, esos avances también han puesto de manifiesto nuevos desafíos. Muchas veces las mismas mujeres que logran acceder a espacios de liderazgo terminan acumulando responsabilidades administrativas, de representación y gestión que antes simplemente no existían para ellas. En ocasiones, la búsqueda de mayor participación femenina corre el riesgo de concentrar múltiples cargas sobre un grupo relativamente pequeño de mujeres que ya desempeñan funciones de alta responsabilidad.
Por eso creo que debemos ampliar la conversación. El objetivo no puede reducirse únicamente a que más mujeres ocupen cargos de liderazgo. También debemos preguntarnos cómo construir instituciones donde las personas puedan desarrollar trayectorias diversas y legítimas.
No todas las personas quieren dirigir equipos, administrar centros o asumir posiciones de liderazgo. Y eso es completamente válido. Del mismo modo que algunas personas desean formar una familia y otras no, también existen distintas formas de vivir una carrera científica. La diversidad implica precisamente reconocer y respetar esas diferencias.
Una de las reflexiones que más me ha acompañado en los últimos años es que las políticas de inclusión deben apuntar, en última instancia, a ampliar la libertad de las personas para elegir. Libertad para desarrollar una carrera científica, para liderar si así lo desean, para no hacerlo si esa no es su vocación, para construir proyectos de vida distintos y para ser valoradas por sus contribuciones independientemente de los caminos que escojan.
Por supuesto, todavía existen desigualdades importantes y queda mucho trabajo por hacer. Pero creo que el desafío futuro no consiste únicamente en corregir brechas numéricas. Consiste en construir comunidades científicas más diversas, más respetuosas y más abiertas a distintas maneras de entender el conocimiento, el trabajo y la realización personal. Al final, la inclusión no se trata solamente de quién ocupa un espacio. Se trata de que todas las personas puedan desarrollarse plenamente dentro de él.
10. Finalmente, mirando hacia el futuro: ¿qué te preocupa, qué te entusiasma y qué esperanza mantienes respecto al porvenir de la ecología, la ciencia y la relación entre sociedad y naturaleza?
Me entusiasman muchas cosas. Quizás demasiadas. Pero si tuviera que elegir una, diría que me entusiasma especialmente la evolución que está experimentando la propia ciencia y la forma en que comenzamos a reflexionar sobre cómo construimos conocimiento.
Durante mucho tiempo existió la idea de que la ciencia era completamente neutral. Hoy creo que estamos avanzando hacia una comprensión más sofisticada de ese proceso. El método científico sigue siendo una de las herramientas más robustas que hemos desarrollado para comprender la realidad y producir conocimiento confiable. Pero al mismo tiempo comenzamos a reconocer que las preguntas que formulamos, los temas que investigamos y las prioridades que establecemos también están influidas por nuestras experiencias, nuestros contextos y nuestras formas de ver el mundo.
No considero que eso debilite a la ciencia. Al contrario. Creo que nos permite comprender mejor cómo se construye el conocimiento y nos abre nuevas posibilidades para formular preguntas que antes permanecían invisibles.
Con los años he aprendido a reconocer mis propios sesgos y mis propias preocupaciones. Sé que muchas de las preguntas científicas que me hago están influenciadas por temas que han sido importantes en mi vida, como la justicia social, la equidad, la relación entre las personas y la naturaleza o las discusiones sobre género. Y eso no es un problema. Es parte de la riqueza de una comunidad científica diversa, donde distintas personas observan la realidad desde perspectivas diferentes y complementarias.
Por eso creo que uno de los grandes desafíos del futuro será avanzar hacia formas de trabajo mucho más integradas y transdisciplinarias. Los problemas que enfrentamos hoy son extraordinariamente complejos. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las transformaciones tecnológicas, las desigualdades sociales y los cambios culturales interactúan constantemente entre sí. Ninguna disciplina, por sí sola, tiene la capacidad de comprender completamente esa complejidad.
Necesitamos construir espacios donde distintas áreas del conocimiento dialoguen de manera más profunda. Espacios donde las ciencias naturales, las ciencias sociales, las humanidades y los saberes territoriales puedan contribuir conjuntamente a comprender y enfrentar los desafíos contemporáneos. Esa es probablemente una de las cosas que más esperanza me generan. La posibilidad de que la ciencia evolucione hacia formas más colaborativas, más abiertas y más capaces de abordar los problemas reales de la sociedad.
Por supuesto, también existen preocupaciones. Vivimos en una época marcada por incertidumbres ambientales, sociales y políticas cada vez mayores. Los sistemas ecológicos están experimentando transformaciones aceleradas y muchas de las decisiones que tomemos durante las próximas décadas tendrán consecuencias profundas para las generaciones futuras. Pero, lejos de paralizarme, esa incertidumbre me reafirma la importancia de seguir haciendo preguntas, de seguir aprendiendo y de seguir construyendo puentes entre distintos conocimientos y experiencias.
Si algo me ha enseñado la ecología es que los sistemas vivos no permanecen inmóviles. Cambian, se adaptan, aprenden y generan nuevas posibilidades. Creo que algo similar ocurre con nuestras sociedades y con la propia ciencia.
Por eso miro el futuro con preocupación, pero también con optimismo. Porque sigo creyendo que la curiosidad, la capacidad de aprender colectivamente y la voluntad de colaborar continúan siendo algunas de las herramientas más poderosas que tenemos para construir un mundo más justo, más resiliente y más consciente de su relación con la naturaleza.
PALABRAS AL CIERRE DE LA ENTREVISTADA
Quisiera terminar con una reflexión sobre la vitivinicultura, porque ha sido una parte muy importante de mi trabajo durante los últimos años y, de alguna manera, también ha transformado mi forma de entender la relación entre ciencia, conservación y personas.
Ya he explicado cómo surgió mi interés por estudiar la biodiversidad en los paisajes vitivinícolas y por qué considero que estos sistemas representan una oportunidad extraordinaria para avanzar en conservación. Sin embargo, después de todos estos años de trabajo, la lección más importante que me llevo no tiene que ver exclusivamente con la ciencia.
Probablemente la mayor apertura de mente que he experimentado en mi carrera ha venido del contacto con las personas del mundo vitivinícola. Y eso fue una sorpresa.
Durante mucho tiempo asumí, como ocurre con frecuencia en la academia, que los espacios productivos estarían marcados por mayores rigideces debido a las exigencias económicas y comerciales. Sin embargo, mi experiencia ha sido muchas veces la contraria. He encontrado una enorme disposición a innovar, a cuestionar prácticas establecidas y a explorar nuevas formas de relacionarse con el territorio y con la naturaleza.
Eso me llevó a comprender algo muy simple, pero profundamente importante: lo más valioso que vemos en los viñedos no proviene de las empresas, sino de las personas. No importa si se trata de una gran compañía o de un pequeño proyecto familiar. Las decisiones que realmente marcan diferencias —aquellas que incorporan la biodiversidad, que valoran el paisaje o que buscan proteger el patrimonio natural— nacen de convicciones personales.
La biodiversidad, al menos por ahora, no forma parte explícita del negocio del vino. Sin embargo, muchas de las iniciativas más interesantes que he observado han surgido porque alguien decidió mirar el territorio de otra manera. Y aunque la rotación de personas dentro de las organizaciones a veces significa perder parte del trabajo realizado, también genera algo extraordinario: las ideas viajan. Quienes incorporan esta visión suelen llevarla consigo a nuevos proyectos, nuevas empresas y nuevos territorios, creando una red de aprendizaje que se expande mucho más allá de cualquier institución.
Eso me da esperanza.
También me hace pensar en el futuro del vino chileno. Durante décadas, nuestra industria tuvo que crecer, profesionalizarse y tecnificarse para alcanzar los estándares que hoy posee. Ese proceso fue necesario y exitoso. Pero creo que el desafío actual es diferente.
Hoy necesitamos profundizar en nuestra identidad.
Y cuando hablo de identidad no me refiero únicamente a la tradición o a la historia, sino también a la singularidad biológica y cultural de nuestros territorios. Chile posee paisajes únicos, ecosistemas únicos y una biodiversidad extraordinaria, gran parte de ella endémica. Son elementos que no existen en ningún otro lugar del mundo y que pueden transformarse en una de las mayores fortalezas de nuestra vitivinicultura.
Desde el paisaje que rodea un viñedo hasta los microorganismos que participan en la fermentación del vino, existe una identidad territorial que todavía estamos comenzando a descubrir y valorar.
Eso es lo que más me entusiasma del futuro. La posibilidad de construir una vitivinicultura que no sólo sea más sustentable y resiliente, sino también más auténtica. Una vitivinicultura capaz de expresar, a través de sus vinos, la singularidad de los territorios y de las personas que los habitan.
Y es justamente ahí donde creo que la biodiversidad tiene mucho que aportar: no sólo como una herramienta de conservación, sino como una fuente de identidad, de diferenciación y de futuro.
PALABRAS AL CIERRE DEL ENTREVISTADOR
Conversar con Olga Barbosa es descubrir que la ecología es mucho más que una disciplina científica dedicada al estudio de la naturaleza. Es, ante todo, una forma de comprender el mundo y de situarnos dentro de él.
A lo largo de esta entrevista han aparecido conceptos como biodiversidad, resiliencia, cambio climático, conservación o desarrollo territorial. Sin embargo, detrás de todos ellos emerge una idea más profunda: la convicción de que los seres humanos no estamos separados de la naturaleza, sino que formamos parte de ella. Y que comprender esa relación es uno de los grandes desafíos intelectuales, éticos y políticos de nuestro tiempo.
Su trayectoria ha transitado desde los ecosistemas mediterráneos de Chile hasta la gestión pública, desde la investigación científica de frontera hasta el trabajo con comunidades y sectores productivos. En cada uno de esos espacios ha defendido una misma convicción: que la ciencia debe contribuir a mejorar nuestra capacidad de comprender la complejidad del mundo, pero también a construir sociedades más justas, resilientes y conscientes de sus límites y responsabilidades.
Quizás por eso resulta particularmente valiosa su mirada sobre la vitivinicultura. En una industria donde la noción de territorio ocupa un lugar central, Olga nos recuerda que la identidad de un vino no proviene únicamente de una variedad, una técnica o un mercado, sino también de los paisajes, las especies, las culturas y las personas que le dan origen. Nos recuerda que la biodiversidad no es un elemento accesorio del territorio, sino una expresión de aquello que nos hace únicos.
En tiempos marcados por la incertidumbre ambiental y por transformaciones cada vez más aceleradas, su reflexión invita a abandonar la búsqueda de certezas absolutas para abrazar una idea más desafiante: aprender a vivir en un mundo dinámico, cambiante y profundamente interconectado.
Porque, como queda claro tras esta conversación, el futuro de la ciencia, de la agricultura, de la vitivinicultura y de la sociedad misma dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para reconocer algo que la ecología ha sabido desde siempre: que todo está relacionado.
Y que el cuidado de la naturaleza no es solamente una tarea de conservación, sino también una forma de construir identidad, bienestar y futuro.
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Nota: Fotografías de Hector Millar (portada), Sebastian Utreras y Karina Godoy.
Mi paso por la gestión pública fue una experiencia profundamente transformadora. Si tuviera que resumirla en una frase, diría que me obligó a mirar el Estado desde el otro lado de la mesa.
Antes de asumir ese rol, como muchas personas provenientes del mundo académico, solía observar las instituciones públicas con cierta frustración. Me preguntaba por qué los cambios eran tan lentos, por qué las buenas ideas tardaban tanto en implementarse o por qué parecía tan difícil innovar desde el aparato estatal. Al llegar a la gestión pública entendí que la respuesta era mucho más compleja de lo que imaginaba.
Descubrí que la lentitud de las instituciones muchas veces responde a mecanismos diseñados para entregar estabilidad, continuidad y garantías. Eso no significa que el sistema funcione perfectamente ni que no requiera transformaciones profundas, pero sí me permitió comprender que detrás de muchas de sus rigideces existen razones que desde afuera no siempre son evidentes.
Al mismo tiempo, aprendí algo igualmente importante: incluso dentro de estructuras muy rígidas existen oportunidades para generar cambios. Son ventanas que a veces se abren por períodos breves y que requieren decisión, convicción y capacidad de actuar. Esa fue probablemente una de las lecciones más valiosas que me dejó la experiencia pública.
Me tocó participar en un momento particularmente singular, porque coincidió con la instalación del nuevo Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. No éramos simplemente ejecutores de políticas definidas desde Santiago; también estábamos contribuyendo a diseñar la institucionalidad que recién comenzaba a construirse. Eso nos permitió impulsar iniciativas que hoy considero especialmente relevantes.
Una de ellas fue la elaboración de la primera política de género del ministerio. En ese momento entendimos que, si queríamos construir una nueva institucionalidad científica, era indispensable incorporar la perspectiva de género desde el inicio. Aprovechamos esa oportunidad y logramos que esa visión quedara integrada en la estructura ministerial. Fue una de esas ocasiones en que una pequeña ventana de oportunidad permitió generar un cambio duradero.
La pandemia también marcó profundamente mi experiencia como SEREMI. Fue un período extremadamente complejo, pero también mostró con claridad el valor de la inversión que el país había realizado durante décadas en ciencia y capacidades científicas. De un momento a otro, los laboratorios, los investigadores y la infraestructura científica se transformaron en piezas fundamentales para enfrentar una crisis sanitaria global.
Uno de los aprendizajes más importantes vino desde otro ámbito. Durante la pandemia me correspondió trabajar estrechamente con comunidades mapuche en La Araucanía, donde existían comprensibles desconfianzas hacia las campañas de información y vacunación. En lugar de insistir únicamente en medidas coercitivas, propusimos generar espacios de diálogo intercultural con loncos, machis y dirigentes comunitarios.
Aquella experiencia me enseñó que la comunicación científica no consiste simplemente en transmitir información. Requiere escuchar, comprender otras formas de interpretar el mundo y construir confianza. Recuerdo conversaciones extraordinarias en las que discutíamos sobre el COVID, las vacunas y la salud desde perspectivas culturales distintas, pero igualmente legítimas. Lejos de ser un obstáculo, ese diálogo permitió generar entendimientos que terminaron favoreciendo los procesos de vacunación y cuidado comunitario.
Probablemente esa sea una de las lecciones más profundas que me dejó la gestión pública: las soluciones más efectivas rara vez nacen de la imposición. Nacen del diálogo, de la capacidad de comprender al otro y de construir acuerdos incluso en contextos de gran diversidad.
También aprendí algo que considero fundamental respecto al poder. Durante mucho tiempo sentí que mi capacidad de influencia era limitada. Sin embargo, la experiencia me mostró que cualquier espacio de responsabilidad implica una cuota de poder, por pequeña que parezca. Y cuando uno tiene la posibilidad de influir en decisiones que afectan a otras personas, existe también una responsabilidad ética de utilizar esa capacidad para impulsar cambios positivos.
Por eso, si algo me dejó la gestión pública, fue la convicción de que las instituciones pueden transformarse, aunque sea gradualmente, y de que incluso los espacios de poder más modestos pueden convertirse en herramientas para mejorar la vida de las personas cuando se ejercen con responsabilidad, apertura y voluntad de diálogo.
7. A menudo se habla de “desarrollo”, pero pocas veces se discute qué tipo de desarrollo necesita realmente el país. Desde tu mirada, ¿qué rol debería tener la ciencia en el futuro de Chile?
Creo que la pregunta fundamental no es simplemente cómo crecer o cómo desarrollarnos, sino qué entendemos por desarrollo y qué características debe tener para ser viable en el largo plazo. Desde mi perspectiva, Chile necesita avanzar hacia un modelo de desarrollo resiliente.
La resiliencia implica reconocer que vivimos en un mundo cambiante, incierto y cada vez más complejo. Significa construir sistemas capaces de adaptarse, aprender y transformarse frente a nuevas condiciones sin perder su capacidad de generar bienestar. Y para eso la ciencia tiene un papel absolutamente central.
A menudo se afirma que la ciencia no tiene suficiente influencia en la toma de decisiones del país. Yo no estoy completamente de acuerdo. La ciencia ha tenido un rol importante en múltiples ámbitos del desarrollo chileno. Lo que ocurre es que algunas disciplinas han sido escuchadas más que otras. En particular, las ciencias ecológicas han tenido históricamente menos espacio en la discusión pública y económica.
Parte del problema radica en que todavía existe una comprensión muy limitada de lo que significa la ecología como disciplina científica. Muchas personas asocian la ecología únicamente con una postura ambientalista o con determinadas posiciones ideológicas, cuando en realidad se trata de una ciencia que estudia el funcionamiento de los sistemas que sostienen la vida y la actividad humana. Esa confusión ha dificultado que sus aportes sean incorporados plenamente en los procesos de planificación y desarrollo.
Por eso creo que debemos cambiar la forma en que entendemos la relación entre economía y naturaleza. Con frecuencia seguimos hablando de la naturaleza como si fuera una variable externa al desarrollo, una especie de restricción que debe compatibilizarse con los objetivos económicos. Sin embargo, la realidad es exactamente la inversa. La naturaleza no es una externalidad del sistema económico. Es su base.
Toda actividad productiva, directa o indirectamente, depende de procesos ecológicos. Dependemos de los suelos, del agua, de la estabilidad climática, de la biodiversidad y de innumerables servicios ecosistémicos que muchas veces damos por sentados. Incluso aquellas economías que parecen estar basadas principalmente en servicios siguen dependiendo de sistemas naturales que sostienen la vida y las actividades humanas.
Por eso, más que hablar de crecimiento versus conservación, deberíamos preguntarnos cómo construimos formas de desarrollo que reconozcan esa dependencia fundamental. Y eso exige una mirada de largo plazo, algo que muchas veces resulta difícil en sociedades acostumbradas a tomar decisiones bajo horizontes temporales muy cortos.
La evidencia está frente a nosotros. Basta observar lo que ocurre en la agricultura. Cuando los sistemas productivos incorporan prácticas que favorecen la conservación de los suelos, la cobertura vegetal o la biodiversidad, son mucho más capaces de resistir eventos extremos asociados al cambio climático. En cambio, cuando degradamos esos sistemas, las consecuencias se vuelven evidentes frente a una sequía, una inundación o una lluvia intensa.
Ya no estamos discutiendo escenarios hipotéticos. Estamos observando los efectos concretos de nuestras decisiones. Por eso creo que el desafío de la ciencia en el Chile del futuro no consiste únicamente en producir más conocimiento. Su papel será ayudar a construir espacios de diálogo capaces de integrar distintas perspectivas, reducir las falsas dicotomías y aportar evidencia para tomar decisiones más inteligentes y más robustas.
No tengo una fórmula única para definir el desarrollo que necesita el país. Lo que sí tengo claro es que cualquier proyecto de futuro que ignore la importancia de la naturaleza está condenado a enfrentar crecientes dificultades. Porque la naturaleza no es algo que esté al lado de nuestro bienestar. Es el fundamento sobre el cual ese bienestar se construye. Y mientras no comprendamos plenamente esa realidad, seguiremos intentando resolver problemas complejos sin reconocer las bases que los sostienen.
8. Actualmente mantienes una activa participación en instituciones científicas y ambientales, incluyendo el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y el y Centro de Investigación para la Sustentabilidad (CIS). ¿Qué significado tiene hoy el IEB y el CIS dentro de la investigación ecológica chilena y cuáles son sus principales desafíos futuros?
El Instituto de Ecología y Biodiversidad ocupa hoy un lugar muy relevante dentro de la investigación científica chilena. Es una institución que nació hace más de veinte años a partir de una visión bastante ambiciosa: construir un espacio de excelencia capaz de estudiar la biodiversidad desde múltiples disciplinas, territorios y escalas, integrando a algunos de los principales ecólogos y ecólogas del país.
Muchos de quienes impulsaron el Instituto pertenecían a una generación que realizó su formación doctoral en el extranjero y que tuvo la oportunidad de trabajar con investigadores que estaban construyendo las bases de áreas completas del conocimiento ecológico. Esa experiencia permitió traer nuevas perspectivas a Chile y generar una comunidad científica con estándares internacionales muy altos.
Desde sus inicios, el IEB se propuso hacer ciencia de frontera. Eso significa trabajar sobre las preguntas más complejas y relevantes de la ecología contemporánea: cambio climático, biodiversidad, invasiones biológicas, evolución, conservación, sistemas socioecológicos y resiliencia, entre muchas otras áreas. Durante más de dos décadas ha logrado sostener esa misión gracias a la obtención competitiva de fondos de investigación y al trabajo de una comunidad científica extraordinariamente diversa.
Uno de los aspectos que más valoro del Instituto es que nunca se concibió como un edificio o una institución concentrada en un solo lugar. Desde su origen fue pensado como una red. Hoy reúne investigadores distribuidos a lo largo del país, desde el norte hasta Magallanes, vinculando universidades, centros de investigación y territorios muy distintos entre sí. Esa diversidad territorial ha sido una de sus grandes fortalezas porque permite estudiar la biodiversidad chilena desde la enorme heterogeneidad ecológica que caracteriza al país.
En mi caso, he tenido la oportunidad de observar esa evolución desde distintas posiciones. Llegué inicialmente como investigadora postdoctoral y hoy participo en espacios de dirección y gestión científica. Esa trayectoria me ha permitido ver cómo el Instituto ha ido adaptándose a nuevas preguntas y desafíos.
Y precisamente allí aparece uno de los retos más importantes para el futuro. Tradicionalmente, la ciencia ha operado bajo una lógica que busca reducir la incertidumbre antes de recomendar acciones o tomar decisiones. Esa cautela es parte de la rigurosidad científica y seguirá siendo fundamental. Sin embargo, los desafíos ambientales que enfrentamos actualmente nos obligan a actuar en escenarios donde la incertidumbre nunca desaparecerá por completo.
Por eso uno de los grandes desafíos para instituciones como el IEB es aprender a contribuir de manera más efectiva a la toma de decisiones públicas y privadas utilizando la mejor evidencia disponible en cada momento. No podemos esperar a tener respuestas perfectas para enfrentar problemas que evolucionan constantemente.
Eso exige desarrollar nuevas formas de relación entre ciencia y sociedad. Requiere construir mecanismos que permitan que el conocimiento científico dialogue con las políticas públicas, los territorios, las comunidades y los sectores productivos de manera más dinámica y adaptativa.
En muchos sentidos, los problemas que enfrentamos hoy son distintos a los de hace veinte años. Son más complejos, más interdependientes y más urgentes. Por eso creo que el futuro del IEB pasa por mantener la excelencia científica que lo ha caracterizado desde su creación, pero al mismo tiempo fortalecer su capacidad para generar conocimiento que contribuya activamente a la construcción de soluciones.
Por otra parte, el Centro de Investigación para la Sustentabilidad de la Universidad Andrés Bello nace de la convicción de que los desafíos ambientales contemporáneos no pueden ser comprendidos ni abordados desde una sola disciplina. Su propósito es generar conocimiento que permita entender las complejas relaciones entre sociedad y naturaleza, promoviendo una mirada integradora sobre los procesos ecológicos, sociales, económicos y culturales que influyen en la sustentabilidad de los territorios.
A través de la investigación, la formación de capital humano y la vinculación con diversos actores de la sociedad, el Centro busca contribuir al desarrollo de soluciones innovadoras para enfrentar los desafíos ambientales actuales. Su trabajo se caracteriza por el enfoque interdisciplinario, la colaboración entre distintas áreas del conocimiento y el compromiso con una ciencia capaz de dialogar con las políticas públicas, los sectores productivos y las comunidades.
Más que estudiar el medioambiente de manera aislada, el Centro busca comprender cómo construir sistemas más resilientes, equitativos y sustentables, contribuyendo a que el conocimiento científico se transforme en una herramienta efectiva para la toma de decisiones y el bienestar de las personas.
Chile posee una comunidad científica de enorme calidad. Lo que necesitamos ahora es seguir fortaleciendo los puentes entre esa capacidad de investigación y las decisiones que determinarán el futuro de nuestros ecosistemas y de nuestra sociedad. El gran desafío no es solamente comprender mejor la biodiversidad. Es aprender a utilizar ese conocimiento para actuar de manera más inteligente en un mundo cada vez más cambiante e incierto.
9. La ciencia históricamente ha sido un espacio profundamente masculinizado. Desde tu experiencia personal y profesional, ¿cómo observas hoy las discusiones sobre género, inclusión y liderazgo femenino en el ámbito científico?
Creo que hemos avanzado, pero mucho menos de lo que a veces nos gusta pensar.
La discusión sobre género en ciencia sigue siendo compleja porque no se trata solamente de aumentar el número de mujeres en determinados espacios o cargos de liderazgo. Tiene que ver con transformar estructuras culturales, prácticas institucionales y formas de entender el éxito profesional que llevan décadas, e incluso siglos, reproduciéndose.
Durante mucho tiempo, las mujeres que lograron llegar a posiciones de liderazgo en la academia tuvieron que hacerlo enfrentando condiciones extraordinariamente difíciles. Muchas pertenecen a generaciones que realizaron sacrificios personales enormes para abrirse espacio en un entorno que estaba diseñado principalmente para hombres. Ese esfuerzo fue real y merece todo el reconocimiento.
Pero, esa misma historia ha generado algunas tensiones. En ocasiones, ciertas políticas orientadas a promover la equidad son percibidas como una desvalorización del mérito o del esfuerzo realizado por quienes lograron avanzar en contextos mucho más adversos. Esa es una conversación que todavía debemos abordar con mayor profundidad y honestidad.
También existe un desconocimiento importante respecto de lo que realmente significan las discusiones sobre género. Con frecuencia se piensa que se trata exclusivamente de mujeres o de aumentar la presencia femenina en determinados espacios. Pero las dinámicas de género son mucho más amplias y afectan la manera en que toda la sociedad distribuye oportunidades, responsabilidades, expectativas y formas de participación.
En los últimos años hemos visto avances concretos. Hoy existen más mujeres ocupando posiciones de liderazgo científico, dirigiendo centros de investigación, participando en espacios de toma de decisiones y contribuyendo a definir agendas institucionales. Eso no ocurrió de manera espontánea. Es el resultado de políticas, discusiones y herramientas que permitieron visibilizar desigualdades que durante mucho tiempo permanecieron naturalizadas.
Sin embargo, esos avances también han puesto de manifiesto nuevos desafíos. Muchas veces las mismas mujeres que logran acceder a espacios de liderazgo terminan acumulando responsabilidades administrativas, de representación y gestión que antes simplemente no existían para ellas. En ocasiones, la búsqueda de mayor participación femenina corre el riesgo de concentrar múltiples cargas sobre un grupo relativamente pequeño de mujeres que ya desempeñan funciones de alta responsabilidad.
Por eso creo que debemos ampliar la conversación. El objetivo no puede reducirse únicamente a que más mujeres ocupen cargos de liderazgo. También debemos preguntarnos cómo construir instituciones donde las personas puedan desarrollar trayectorias diversas y legítimas.
No todas las personas quieren dirigir equipos, administrar centros o asumir posiciones de liderazgo. Y eso es completamente válido. Del mismo modo que algunas personas desean formar una familia y otras no, también existen distintas formas de vivir una carrera científica. La diversidad implica precisamente reconocer y respetar esas diferencias.
Una de las reflexiones que más me ha acompañado en los últimos años es que las políticas de inclusión deben apuntar, en última instancia, a ampliar la libertad de las personas para elegir. Libertad para desarrollar una carrera científica, para liderar si así lo desean, para no hacerlo si esa no es su vocación, para construir proyectos de vida distintos y para ser valoradas por sus contribuciones independientemente de los caminos que escojan.
Por supuesto, todavía existen desigualdades importantes y queda mucho trabajo por hacer. Pero creo que el desafío futuro no consiste únicamente en corregir brechas numéricas. Consiste en construir comunidades científicas más diversas, más respetuosas y más abiertas a distintas maneras de entender el conocimiento, el trabajo y la realización personal. Al final, la inclusión no se trata solamente de quién ocupa un espacio. Se trata de que todas las personas puedan desarrollarse plenamente dentro de él.
10. Finalmente, mirando hacia el futuro: ¿qué te preocupa, qué te entusiasma y qué esperanza mantienes respecto al porvenir de la ecología, la ciencia y la relación entre sociedad y naturaleza?
Me entusiasman muchas cosas. Quizás demasiadas. Pero si tuviera que elegir una, diría que me entusiasma especialmente la evolución que está experimentando la propia ciencia y la forma en que comenzamos a reflexionar sobre cómo construimos conocimiento.
Durante mucho tiempo existió la idea de que la ciencia era completamente neutral. Hoy creo que estamos avanzando hacia una comprensión más sofisticada de ese proceso. El método científico sigue siendo una de las herramientas más robustas que hemos desarrollado para comprender la realidad y producir conocimiento confiable. Pero al mismo tiempo comenzamos a reconocer que las preguntas que formulamos, los temas que investigamos y las prioridades que establecemos también están influidas por nuestras experiencias, nuestros contextos y nuestras formas de ver el mundo.
No considero que eso debilite a la ciencia. Al contrario. Creo que nos permite comprender mejor cómo se construye el conocimiento y nos abre nuevas posibilidades para formular preguntas que antes permanecían invisibles.
Con los años he aprendido a reconocer mis propios sesgos y mis propias preocupaciones. Sé que muchas de las preguntas científicas que me hago están influenciadas por temas que han sido importantes en mi vida, como la justicia social, la equidad, la relación entre las personas y la naturaleza o las discusiones sobre género. Y eso no es un problema. Es parte de la riqueza de una comunidad científica diversa, donde distintas personas observan la realidad desde perspectivas diferentes y complementarias.
Por eso creo que uno de los grandes desafíos del futuro será avanzar hacia formas de trabajo mucho más integradas y transdisciplinarias. Los problemas que enfrentamos hoy son extraordinariamente complejos. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las transformaciones tecnológicas, las desigualdades sociales y los cambios culturales interactúan constantemente entre sí. Ninguna disciplina, por sí sola, tiene la capacidad de comprender completamente esa complejidad.
Necesitamos construir espacios donde distintas áreas del conocimiento dialoguen de manera más profunda. Espacios donde las ciencias naturales, las ciencias sociales, las humanidades y los saberes territoriales puedan contribuir conjuntamente a comprender y enfrentar los desafíos contemporáneos. Esa es probablemente una de las cosas que más esperanza me generan. La posibilidad de que la ciencia evolucione hacia formas más colaborativas, más abiertas y más capaces de abordar los problemas reales de la sociedad.
Por supuesto, también existen preocupaciones. Vivimos en una época marcada por incertidumbres ambientales, sociales y políticas cada vez mayores. Los sistemas ecológicos están experimentando transformaciones aceleradas y muchas de las decisiones que tomemos durante las próximas décadas tendrán consecuencias profundas para las generaciones futuras. Pero, lejos de paralizarme, esa incertidumbre me reafirma la importancia de seguir haciendo preguntas, de seguir aprendiendo y de seguir construyendo puentes entre distintos conocimientos y experiencias.
Si algo me ha enseñado la ecología es que los sistemas vivos no permanecen inmóviles. Cambian, se adaptan, aprenden y generan nuevas posibilidades. Creo que algo similar ocurre con nuestras sociedades y con la propia ciencia.
Por eso miro el futuro con preocupación, pero también con optimismo. Porque sigo creyendo que la curiosidad, la capacidad de aprender colectivamente y la voluntad de colaborar continúan siendo algunas de las herramientas más poderosas que tenemos para construir un mundo más justo, más resiliente y más consciente de su relación con la naturaleza.
PALABRAS AL CIERRE DE LA ENTREVISTADA
Quisiera terminar con una reflexión sobre la vitivinicultura, porque ha sido una parte muy importante de mi trabajo durante los últimos años y, de alguna manera, también ha transformado mi forma de entender la relación entre ciencia, conservación y personas.
Ya he explicado cómo surgió mi interés por estudiar la biodiversidad en los paisajes vitivinícolas y por qué considero que estos sistemas representan una oportunidad extraordinaria para avanzar en conservación. Sin embargo, después de todos estos años de trabajo, la lección más importante que me llevo no tiene que ver exclusivamente con la ciencia.
Probablemente la mayor apertura de mente que he experimentado en mi carrera ha venido del contacto con las personas del mundo vitivinícola. Y eso fue una sorpresa.
Durante mucho tiempo asumí, como ocurre con frecuencia en la academia, que los espacios productivos estarían marcados por mayores rigideces debido a las exigencias económicas y comerciales. Sin embargo, mi experiencia ha sido muchas veces la contraria. He encontrado una enorme disposición a innovar, a cuestionar prácticas establecidas y a explorar nuevas formas de relacionarse con el territorio y con la naturaleza.
Eso me llevó a comprender algo muy simple, pero profundamente importante: lo más valioso que vemos en los viñedos no proviene de las empresas, sino de las personas. No importa si se trata de una gran compañía o de un pequeño proyecto familiar. Las decisiones que realmente marcan diferencias —aquellas que incorporan la biodiversidad, que valoran el paisaje o que buscan proteger el patrimonio natural— nacen de convicciones personales.
La biodiversidad, al menos por ahora, no forma parte explícita del negocio del vino. Sin embargo, muchas de las iniciativas más interesantes que he observado han surgido porque alguien decidió mirar el territorio de otra manera. Y aunque la rotación de personas dentro de las organizaciones a veces significa perder parte del trabajo realizado, también genera algo extraordinario: las ideas viajan. Quienes incorporan esta visión suelen llevarla consigo a nuevos proyectos, nuevas empresas y nuevos territorios, creando una red de aprendizaje que se expande mucho más allá de cualquier institución.
Eso me da esperanza.
También me hace pensar en el futuro del vino chileno. Durante décadas, nuestra industria tuvo que crecer, profesionalizarse y tecnificarse para alcanzar los estándares que hoy posee. Ese proceso fue necesario y exitoso. Pero creo que el desafío actual es diferente.
Hoy necesitamos profundizar en nuestra identidad.
Y cuando hablo de identidad no me refiero únicamente a la tradición o a la historia, sino también a la singularidad biológica y cultural de nuestros territorios. Chile posee paisajes únicos, ecosistemas únicos y una biodiversidad extraordinaria, gran parte de ella endémica. Son elementos que no existen en ningún otro lugar del mundo y que pueden transformarse en una de las mayores fortalezas de nuestra vitivinicultura.
Desde el paisaje que rodea un viñedo hasta los microorganismos que participan en la fermentación del vino, existe una identidad territorial que todavía estamos comenzando a descubrir y valorar.
Eso es lo que más me entusiasma del futuro. La posibilidad de construir una vitivinicultura que no sólo sea más sustentable y resiliente, sino también más auténtica. Una vitivinicultura capaz de expresar, a través de sus vinos, la singularidad de los territorios y de las personas que los habitan.
Y es justamente ahí donde creo que la biodiversidad tiene mucho que aportar: no sólo como una herramienta de conservación, sino como una fuente de identidad, de diferenciación y de futuro.
PALABRAS AL CIERRE DEL ENTREVISTADOR
Conversar con Olga Barbosa es descubrir que la ecología es mucho más que una disciplina científica dedicada al estudio de la naturaleza. Es, ante todo, una forma de comprender el mundo y de situarnos dentro de él.
A lo largo de esta entrevista han aparecido conceptos como biodiversidad, resiliencia, cambio climático, conservación o desarrollo territorial. Sin embargo, detrás de todos ellos emerge una idea más profunda: la convicción de que los seres humanos no estamos separados de la naturaleza, sino que formamos parte de ella. Y que comprender esa relación es uno de los grandes desafíos intelectuales, éticos y políticos de nuestro tiempo.
Su trayectoria ha transitado desde los ecosistemas mediterráneos de Chile hasta la gestión pública, desde la investigación científica de frontera hasta el trabajo con comunidades y sectores productivos. En cada uno de esos espacios ha defendido una misma convicción: que la ciencia debe contribuir a mejorar nuestra capacidad de comprender la complejidad del mundo, pero también a construir sociedades más justas, resilientes y conscientes de sus límites y responsabilidades.
Quizás por eso resulta particularmente valiosa su mirada sobre la vitivinicultura. En una industria donde la noción de territorio ocupa un lugar central, Olga nos recuerda que la identidad de un vino no proviene únicamente de una variedad, una técnica o un mercado, sino también de los paisajes, las especies, las culturas y las personas que le dan origen. Nos recuerda que la biodiversidad no es un elemento accesorio del territorio, sino una expresión de aquello que nos hace únicos.
En tiempos marcados por la incertidumbre ambiental y por transformaciones cada vez más aceleradas, su reflexión invita a abandonar la búsqueda de certezas absolutas para abrazar una idea más desafiante: aprender a vivir en un mundo dinámico, cambiante y profundamente interconectado.
Porque, como queda claro tras esta conversación, el futuro de la ciencia, de la agricultura, de la vitivinicultura y de la sociedad misma dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para reconocer algo que la ecología ha sabido desde siempre: que todo está relacionado.
Y que el cuidado de la naturaleza no es solamente una tarea de conservación, sino también una forma de construir identidad, bienestar y futuro.
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Nota: Fotografías de Hector Millar (portada), Sebastian Utreras y Karina Godoy.