Articulo #258
Carteles de feria: prácticas cotidianas para reconocer el origen de los alimentos
MAYO DEL 2026
Desde la experiencia territorial —al menos en aquello que se observa en distintas ferias del país— el origen no es completamente ausente. Aparece de manera desigual. Es más frecuente en ciertos productos: papas, algunos quesos, frutas y verduras específicas. No está en todo, no siempre es claro, no necesariamente es verificable. Pero cuando se nombra, modifica la relación con el alimento. Lo sitúa. Lo inscribe en un territorio y, con ello, abre una comprensión distinta del precio, de la calidad y de la distancia.
Lo que ocurre en la feria puede leerse, entonces, como una forma de certificación que no depende de sellos ni de protocolos técnicos. La procedencia del alimento no se valida a través de un sistema institucional, sino mediante una relación social sostenida en el tiempo: la repetición de la compra, el reconocimiento del puesto, la palabra del feriante. Desde esta perspectiva, la feria libre opera como un espacio de certificación social no institucional, donde el valor del producto se construye en la interacción directa y no en la estandarización.
Lo que ocurre en la feria puede leerse, entonces, como una forma de certificación que no depende de sellos ni de protocolos técnicos. La procedencia del alimento no se valida a través de un sistema institucional, sino mediante una relación social sostenida en el tiempo: la repetición de la compra, el reconocimiento del puesto, la palabra del feriante. Desde esta perspectiva, la feria libre opera como un espacio de certificación social no institucional, donde el valor del producto se construye en la interacción directa y no en la estandarización.
En ese contexto, el cartel deja de ser un soporte informativo. Se vuelve un dispositivo territorial. Al nombrar un lugar, no solo describe una procedencia: la hace presente en el acto de compra. Introduce una geografía en la transacción, permitiendo que el alimento deje de ser genérico y se vuelva situado. Esta localización no es irrelevante: condiciona la percepción del precio, activas asociaciones sobre calidad y cercanía y contribuye, en última instancia, a la construcción de valor.
Pero hay algo más. Indicar el origen no solo fortalece identidades ni mejora la comprensión de los territorios: también reconfigura las relaciones de poder en el intercambio. En contextos donde la formación de precios suele percibirse como opaca —y donde fenómenos como la especulación o las crisis de abastecimiento tensionan los mercados alimentarios—, conocer la procedencia de un producto permite situar ese precio, evaluarlo, incluso cuestionarlo. El origen opera, en ese sentido, como una forma cotidiana de regulación: no institucional, pero efectiva, en la medida en que reduce la asimetría de información entre quien vende y quien compra.
Pero hay algo más. Indicar el origen no solo fortalece identidades ni mejora la comprensión de los territorios: también reconfigura las relaciones de poder en el intercambio. En contextos donde la formación de precios suele percibirse como opaca —y donde fenómenos como la especulación o las crisis de abastecimiento tensionan los mercados alimentarios—, conocer la procedencia de un producto permite situar ese precio, evaluarlo, incluso cuestionarlo. El origen opera, en ese sentido, como una forma cotidiana de regulación: no institucional, pero efectiva, en la medida en que reduce la asimetría de información entre quien vende y quien compra.
La indicación geográfica como práctica común
La pregunta, entonces, no se agota en el caso chileno. En otros contextos, particularmente en Europa, la indicación de origen ha sido fuertemente institucionalizada a través de sistemas de denominaciones de origen e indicaciones geográficas protegidas. Sus beneficios son conocidos: fortalecimiento de economías locales, protección de saberes productivos, mayor valor agregado. Pero también sus límites: altos costos de certificación, exclusión de pequeños productores y una distancia persistente entre el sello y su comprensión cotidiana.
Ahí es donde la feria abre otra posibilidad. No se trata de replicar ese modelo, sino de preguntarse por la dimensión cotidiana del origen. ¿Qué pasaría si la indicación geográfica dejara de ser un atributo excepcional y se volviera una práctica común? ¿Qué implicaría que, en el día a día, las personas pudieran reconocer de dónde provienen los alimentos que compran, no a través de un sello técnico, sino mediante una práctica cultural sostenida?
Ahí es donde la feria abre otra posibilidad. No se trata de replicar ese modelo, sino de preguntarse por la dimensión cotidiana del origen. ¿Qué pasaría si la indicación geográfica dejara de ser un atributo excepcional y se volviera una práctica común? ¿Qué implicaría que, en el día a día, las personas pudieran reconocer de dónde provienen los alimentos que compran, no a través de un sello técnico, sino mediante una práctica cultural sostenida?
Ley de fortalecimiento de ferias libres
La importancia de lo cotidiano radica precisamente en su capacidad de acercar instrumentos que, de otro modo, permanecen lejanos. La denominación de origen, en su versión formal, suele percibirse como algo técnico, distante, reservado a ciertos productos. En la feria, en cambio, el origen puede convertirse en experiencia directa: comprensible, situada, incorporada al acto de compra. No como certificación, sino como conocimiento.
Esto no implica desconocer las tensiones. La indicación de origen en la feria es fragmentaria, no siempre confiable y puede ser utilizada también como estrategia de diferenciación sin sustento real. De ahí que la discusión sobre una eventual regulación o promoción de esta práctica deba ser abordada con cautela.
En este punto, la reciente ley de fortalecimiento de ferias libres abre una oportunidad concreta. Más que imponer estándares, podría habilitar procesos: trabajar directamente con locatarios, generar proyectos piloto, incentivar la visibilización del origen como práctica cultural antes que como obligación normativa. No se trata de trasladar mecánicamente la lógica de las denominaciones de origen formales al espacio de la feria, sino de reconocer que en lo cotidiano ya existen formas de territorialización que pueden ser fortalecidas.
Las ferias libres han funcionado históricamente sin una regulación integral, pero no por ello han sido espacios desprovistos de orden. Su funcionamiento descansa en reglas propias, muchas veces implícitas, que han permitido sostener circuitos de abastecimiento fundamentales para la vida cotidiana. En ese entramado, el origen —cuando se nombra— introduce una capa adicional de sentido que vale la pena no perder.
Quizás, entonces, la discusión no deba centrarse en si el origen debe o no ser obligatorio, sino en cómo evitar que desaparezca. Porque en esos carteles escritos a mano no solo se informa un dato: se inscribe una relación entre alimento, territorio y valor. Y en un sistema alimentario cada vez más distante de sus lugares de producción, esa inscripción —mínima, cotidiana, imperfecta— puede ser también una forma de resistencia.
Referencias:
● Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (BCN). (2020). Ferias libres en Chile: regulación y proyectos de ley.
● Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI). (2019). Indicaciones geográficas y denominaciones de origen en Chile.
● European Commission. (2020). Geographical Indications and Traditional Specialities in the European Union.
● Muchnik, J. (2006). Sistemas Agroalimentarios Localizados (SIAL): estado del arte y perspectivas.
● Di Méo, G. (1991). L’Homme, la Société, l’Espace.
● Debarbieux, B. (1995). “Le lieu, le territoire et trois figures de rhétorique.” L’Espace Géographique, 24(2).
● Raffestin, C. (1980). Pour une géographie du pouvoir.
● FAO. (2013). Sistemas alimentarios y desarrollo territorial.
Sobre la autora:
Viviana González Herrera es geógrafa chilena especializada en geografía de la alimentación, patrimonio alimentario y estudios territoriales del sur global. Consultora independiente y miembro de la Asociación de Geógrafas Feministas de Chile, trabaja desde el cruce entre memoria, cocina y territorio, integrando enfoques decoloniales y comunitarios. Su investigación aborda los alimentos como cartografías vivas y como lenguajes culturales que narran identidades, desigualdades y resistencias.
Esto no implica desconocer las tensiones. La indicación de origen en la feria es fragmentaria, no siempre confiable y puede ser utilizada también como estrategia de diferenciación sin sustento real. De ahí que la discusión sobre una eventual regulación o promoción de esta práctica deba ser abordada con cautela.
En este punto, la reciente ley de fortalecimiento de ferias libres abre una oportunidad concreta. Más que imponer estándares, podría habilitar procesos: trabajar directamente con locatarios, generar proyectos piloto, incentivar la visibilización del origen como práctica cultural antes que como obligación normativa. No se trata de trasladar mecánicamente la lógica de las denominaciones de origen formales al espacio de la feria, sino de reconocer que en lo cotidiano ya existen formas de territorialización que pueden ser fortalecidas.
Las ferias libres han funcionado históricamente sin una regulación integral, pero no por ello han sido espacios desprovistos de orden. Su funcionamiento descansa en reglas propias, muchas veces implícitas, que han permitido sostener circuitos de abastecimiento fundamentales para la vida cotidiana. En ese entramado, el origen —cuando se nombra— introduce una capa adicional de sentido que vale la pena no perder.
Quizás, entonces, la discusión no deba centrarse en si el origen debe o no ser obligatorio, sino en cómo evitar que desaparezca. Porque en esos carteles escritos a mano no solo se informa un dato: se inscribe una relación entre alimento, territorio y valor. Y en un sistema alimentario cada vez más distante de sus lugares de producción, esa inscripción —mínima, cotidiana, imperfecta— puede ser también una forma de resistencia.
Referencias:
● Biblioteca del Congreso Nacional de Chile (BCN). (2020). Ferias libres en Chile: regulación y proyectos de ley.
● Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI). (2019). Indicaciones geográficas y denominaciones de origen en Chile.
● European Commission. (2020). Geographical Indications and Traditional Specialities in the European Union.
● Muchnik, J. (2006). Sistemas Agroalimentarios Localizados (SIAL): estado del arte y perspectivas.
● Di Méo, G. (1991). L’Homme, la Société, l’Espace.
● Debarbieux, B. (1995). “Le lieu, le territoire et trois figures de rhétorique.” L’Espace Géographique, 24(2).
● Raffestin, C. (1980). Pour une géographie du pouvoir.
● FAO. (2013). Sistemas alimentarios y desarrollo territorial.
Sobre la autora:
Viviana González Herrera es geógrafa chilena especializada en geografía de la alimentación, patrimonio alimentario y estudios territoriales del sur global. Consultora independiente y miembro de la Asociación de Geógrafas Feministas de Chile, trabaja desde el cruce entre memoria, cocina y territorio, integrando enfoques decoloniales y comunitarios. Su investigación aborda los alimentos como cartografías vivas y como lenguajes culturales que narran identidades, desigualdades y resistencias.