Articulo #257
Entrevista con Natalia Brossard: Ciencia e innovación pensando en el futuro del vino

Entrevista con Natalia Brossard: Ciencia e innovación pensando en el futuro del vino

POR GONZALO ROJAS

MAYO DEL 2026

Ingeniera Agrónoma, Enóloga y Doctora en Ciencias de la Agricultura por la Pontificia Universidad Católica de Chile, Natalia Brossard se ha consolidado como una de las investigadoras más relevantes de la nueva generación de científicos vinculados a la vitivinicultura chilena. Su trayectoria combina investigación aplicada, formación académica, innovación tecnológica y una estrecha relación con la industria del vino, articulando ciencia, transferencia tecnológica y desarrollo productivo en uno de los sectores más emblemáticos de la agroindustria nacional.

Académica de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales UC - actualmente directora de la Escuela de Pregrado- su trabajo se ha especializado en la química del vino, análisis sensorial, compuestos fenólicos, percepción de la astringencia y estudio de las sensaciones en boca, desarrollando nuevas metodologías y tecnologías capaces de objetivar atributos tradicionalmente evaluados de manera subjetiva mediante la cata.

Su investigación ha contribuido a abrir nuevas perspectivas para la enología contemporánea, incorporando herramientas provenientes de disciplinas como la física, la mecánica de fluidos, la tribología oral y la ciencia de materiales, en un campo históricamente dominado por aproximaciones principalmente químicas y empíricas. Esta mirada interdisciplinaria la ha llevado a explorar fenómenos complejos asociados a textura, estructura y percepción sensorial, transformándose en una de las voces más innovadoras de la investigación enológica chilena actual.

A través de proyectos de innovación y transferencia tecnológica, Natalia Brossard ha impulsado iniciativas pioneras como WineTech —el primer spin-off de la Facultad de Agronomía UC orientado al desarrollo de tecnologías aplicadas al vino— y VitiScience, el primer centro chileno de investigación dedicado específicamente a la vid y el vino. Ambas iniciativas buscan fortalecer el vínculo entre academia e industria, promoviendo una vitivinicultura más científica, colaborativa, interdisciplinaria y basada en datos.

Su trabajo representa, además, una reflexión más amplia sobre el futuro de la formación enológica, el rol de las universidades, la investigación aplicada y los desafíos contemporáneos de la industria vitivinícola chilena en un escenario global marcado por el cambio climático, la transformación de los mercados y la necesidad creciente de innovación y diferenciación.

En esta conversación con Vinífera, llevada a cabo en Viña Pérez Cruz, abordamos su trayectoria, sus principales líneas de investigación, el desarrollo de nuevas tecnologías para la industria del vino y su mirada sobre el futuro de la vitivinicultura chilena y de las nuevas generaciones de profesionales que deberán enfrentar los nuevos desafíos.
1. Tu trayectoria combina formación científica, experiencia internacional y una estrecha relación con la industria vitivinícola. ¿Cómo se fue construyendo tu interés por la enología y qué aspectos marcaron tu camino hacia la investigación aplicada al vino?

Mira, gracias por la introducción, porque uno a veces no se da cuenta de todo lo que hace. Y verlo puesto ahí en valor también es bonito.

Yo quería ser agrónoma. Si tú me preguntas cómo me defino, me defino como agrónoma ante todo. Quería ver plantas, quería ver árboles, quería ver campo. Me interesaba toda la agronomía en general. Después, dentro de la carrera, cuando descubrí que existían especialidades, empecé a recorrer laboratorios y conocer distintas áreas. Fui pasando por los laboratorios de los profesores más emblemáticos y viendo cómo se desarrollaban esas líneas de trabajo.

Hasta que llegué a enología. Me gustaba mucho la viticultura porque soy muy de plantas. Y cuando fui a golpear la puerta del profesor de viticultura, él no estaba. Pero sí estaba Edmundo Bordeu, que me preguntó a quién buscaba. Le conté que quería conocer las distintas especialidades desde dentro, hacer una especie de pequeña pasantía informal por los laboratorios para entender cómo funcionaban las distintas áreas.

Eso debe haber sido el año 2005. Y ahí Edmundo me dijo: “Ya, pues, parte conmigo”. Yo incluso le dije que en realidad venía a hablar con otra persona, pero él insistió en que igual podía comenzar ahí y conocer el laboratorio desde dentro. Y desde ese momento nunca más nos separamos profesionalmente.

Así empecé a descubrir este mundo fascinante del vino y de la analítica. Edmundo tenía —y tiene— una mirada muy fuerte desde el análisis químico y científico, y eso me marcó profundamente. Empecé a ayudarlo en distintos proyectos asociados al viñedo y ahí me di cuenta de que la viticultura y la enología no eran mundos separados, sino disciplinas que se potenciaban mutuamente.

Yo creo que ese fue mi primer gran acercamiento a la enología y probablemente la vitrina que terminó definiendo mi camino profesional. Porque descubrí un mundo donde convivían la planta, el territorio, la química, la sensorialidad y la posibilidad de investigar fenómenos complejos. Y eso me atrapó completamente.
2. Gran parte de tu trabajo se ha centrado en fenómenos complejos como la astringencia, la percepción sensorial y los compuestos fenólicos. ¿Por qué consideras importante transformar atributos tradicionalmente subjetivos del vino en parámetros medibles y objetivables?

En realidad, mi objetivo inicial no era “objetivar” el vino. Mi interés era entender la astringencia, porque para mí es probablemente el parámetro más importante en la calidad de un vino tinto. Y si uno no entiende un fenómeno, entonces tampoco lo puede manejar correctamente.

Cuando ingresé al doctorado sentí que este era un desafío muy propio de una investigación doctoral: un fenómeno poco descrito, poco comprendido y donde todavía existían muchísimas preguntas abiertas. Ahí empecé a profundizar en el tema y me di cuenta de que la astringencia no era un fenómeno solamente químico.

Si bien se produce por interacción entre moléculas, el fenómeno en sí es mucho más físico de lo que tradicionalmente se pensaba.

Y ahí apareció un problema importante para mí: yo era agrónoma, no física ni ingeniera. No tenía una formación dura en esas áreas. Entonces tuve que empezar a adquirir herramientas nuevas y aprender disciplinas que originalmente no eran parte de mi formación.

Desde esa búsqueda, y desde una mirada distinta a la enología tradicional —que tampoco fue algo planificado, sino que surgió naturalmente por la necesidad de entender el fenómeno— empecé a darme cuenta de que muchas percepciones sensoriales podían efectivamente cuantificarse.

Pero yo me centré particularmente en la astringencia porque tiene una enorme relevancia en vinos tintos. La astringencia define estructura, persistencia, elegancia, textura y muchas veces incluso la percepción de calidad de un vino.

Y desde ahí fui entendiendo que muchas de las sensaciones en boca no dependen únicamente de la química, sino también de fenómenos físicos y mecánicos. Eso abrió una puerta muy interesante, porque significaba que podíamos empezar a estudiar el vino desde otras disciplinas: física, mecánica de fluidos, tribología oral, lubricación, fricción, interacción de superficies, entre otras.

Entonces, más que buscar “objetivar” el vino, lo que buscábamos era entender mejor cómo se producen esas percepciones. Y en ese proceso nos dimos cuenta de que sí existía la posibilidad de medirlas y parametrizarlas.

Hoy sabemos que no solo la astringencia, sino muchas otras sensaciones en boca —como la cremosidad, el volumen o ciertas texturas— pueden estudiarse y cuantificarse desde una perspectiva física y mecánica, no solamente química o sensorial. Y eso abre una línea de investigación enorme para el futuro de la enología.

Desde la experiencia práctica y evaluación empírica hacia una vitivinicultura más científica

3. En Chile, durante mucho tiempo la enología estuvo fuertemente basada en la experiencia práctica y la evaluación empírica. ¿Cómo observas hoy la transición hacia una vitivinicultura más científica, interdisciplinaria y apoyada en datos?

Siento que es algo totalmente natural. Estamos en 2026, en un contexto donde la inteligencia artificial, los sistemas complejos de procesamiento de datos y las nuevas tecnologías se están introduciendo en prácticamente todas las industrias. La vitivinicultura no puede quedar fuera de ese proceso.

Y cuantificar no le quita esencia al enólogo. A veces existe el temor de que incorporar herramientas científicas o datos pueda “deshumanizar” el vino, pero yo no lo veo así. El enólogo sigue siendo quien define el estilo del vino, quien toma las decisiones creativas, quien decide qué quiere expresar y cómo quiere construir la identidad de una etiqueta. Lo que hace la ciencia es entregar herramientas para que esas decisiones sean más certeras, más confiables y más sostenibles en el tiempo.

Yo creo que ahí está el verdadero aporte de esta transición hacia una vitivinicultura más científica e interdisciplinaria. No se trata de reemplazar la experiencia o la intuición, sino de fortalecerlas. Mientras más información tengamos sobre nuestros procesos, mientras mejor entendamos lo que ocurre química, física y sensorialmente en un vino, mejores decisiones podemos tomar.

Y eso también fortalece a la industria como conjunto. Nos permite optimizar procesos, mejorar consistencia, responder de manera más rápida a los desafíos y enfrentar mercados cada vez más competitivos. Además, esta transición necesariamente obliga a trabajar de manera interdisciplinaria. Hoy ya no basta solamente con la enología tradicional.

Necesitamos personas que dialoguen con la química, la física, la ingeniería, la ciencia de datos, la inteligencia artificial, la microbiología y muchas otras áreas. Yo creo que esa es una evolución muy natural de la industria. Y en ese contexto, la ciencia y los datos no reemplazan la intuición del enólogo; la potencian.


4. Has participado en numerosos proyectos de innovación y transferencia tecnológica vinculados al desarrollo de nuevas herramientas y soluciones para la industria del vino. ¿Qué tan preparada ves hoy a la industria chilena para incorporar investigación científica e innovación a sus procesos productivos?

Muy preparada. De hecho, yo creo que la industria chilena siempre ha sido innovadora. Nosotros somos el cuarto exportador mundial de vinos y eso no ocurre por casualidad. Hay detrás una capacidad histórica de adaptación, optimización y búsqueda constante de soluciones.

Chile es un país pequeño, con recursos limitados, y justamente por eso hemos aprendido a ser muy eficientes. Somos muy buenos optimizando procesos, creando alternativas y desarrollando nuevas ideas. Entonces, para mí, la innovación no es algo nuevo dentro de la vitivinicultura chilena; más bien es parte de su ADN.

Hoy, además, estamos enfrentando un escenario mucho más complejo. Hay cambios económicos, culturales y tecnológicos muy profundos, además de transformaciones en los hábitos de consumo y una competencia internacional cada vez más fuerte. Y frente a eso, es natural que la industria empiece a incorporar nuevas tecnologías y nuevas herramientas para responder a esos desafíos.

Yo veo que las bodegas están avanzando muy rápidamente. Hay una apertura mucho mayor hacia la investigación científica, hacia el análisis de datos y hacia la incorporación de tecnologías que permitan tomar decisiones más precisas.

Y los enólogos también están muy conscientes del lugar que Chile ocupa en el escenario internacional. Existe una conciencia muy clara de que la posición que hemos alcanzado como país vitivinícola ha costado muchísimo construirla y que mantenerla requiere seguir innovando constantemente.

Por eso siento que hoy existe una muy buena disposición hacia la ciencia y la transferencia tecnológica. La industria entiende que ya no basta solamente con hacer buenos vinos; también necesitamos optimizar procesos, mejorar eficiencia, adaptarnos al cambio climático, responder mejor a los mercados y generar herramientas que nos permitan seguir siendo competitivos internacionalmente. Y ahí la investigación aplicada tiene un rol fundamental. Porque finalmente la innovación no es solo crear algo nuevo, sino generar soluciones reales para problemas reales de la industria.


5. En este nuevo escenario global, ¿cuáles crees que son hoy los principales desafíos científicos y tecnológicos para la vitivinicultura chilena?

Primero, yo diría que uno de los grandes desafíos es la optimización de procesos. Necesitamos que la ciencia nos ayude a optimizar procesos sin perder calidad y sin perder tampoco el enfoque o la identidad que nosotros le damos al vino como hacedores.

Necesitamos herramientas que nos permitan procesos más rápidos, más específicos y más certeros. Herramientas que nos ayuden a tomar mejores decisiones y que hagan posible una producción más eficiente. Porque finalmente esa optimización tiene un impacto directo en la sostenibilidad económica de la industria.

Yo creo que hoy la costo-eficiencia es un tema central. Y ahí la tecnología puede jugar un rol enorme: automatización, análisis de datos, herramientas digitales, inteligencia artificial, sistemas predictivos, nuevas metodologías de control y monitoreo, entre muchas otras cosas.

El segundo gran desafío es la calidad, pero entendida desde otro lugar. Chile ya produce vinos de gran calidad. Nosotros llevamos años demostrando que somos capaces de producir vinos excelentes y eso nos ha permitido posicionarnos internacionalmente. Sin embargo, el problema es que la ecuación “gran calidad a bajo precio” no es sostenible en el largo plazo.

Entonces el desafío ahora no es solamente seguir produciendo calidad, porque eso ya lo hacemos, sino lograr vender mejor nuestro trabajo, darle mayor valor a lo que producimos y posicionarnos de otra manera frente al mundo.

Y ahí nuevamente la tecnología y la ciencia son fundamentales. Porque mientras más podamos demostrar de manera objetiva lo que hacemos —con parámetros cuantificables, verificables y demostrables— más herramientas vamos a tener para diferenciarnos internacionalmente.

Hoy muchas cosas todavía se validan solamente desde lo sensorial, desde la percepción o desde el relato. Y eso es importante, por supuesto. Pero si además podemos respaldar esa calidad con datos objetivos y herramientas científicas, entonces construimos una garantía mucho más sólida hacia el exterior.

Yo creo que ese es uno de los grandes desafíos de la vitivinicultura chilena en los próximos años: cómo mantener nuestra calidad, aumentar el valor de nuestros vinos y al mismo tiempo volvernos más eficientes y más precisos en nuestros procesos productivos.


6. ¿Qué competencias y capacidades consideras fundamentales para formar a las nuevas generaciones de enólogos y profesionales del vino?

Más que hablar solamente de pensamiento crítico o de competencias tradicionales —que obviamente siguen siendo importantes— yo creo que la gran palabra hoy es integración. Integración de conocimientos, integración de disciplinas y capacidad de trabajar colaborativamente.

Actualmente los desafíos ya no están contenidos dentro de un solo libro ni dentro de una sola especialidad. Los problemas reales son mucho más complejos. Por eso necesitamos profesionales capaces de identificar necesidades, detectar oportunidades, formular desafíos y conectar distintos tipos de conocimiento para resolverlos. Y ahí la interdisciplina y la transdisciplina son fundamentales.

El problema es que eso no siempre es fácil de enseñar, porque implica cambiar la manera tradicional en que entendemos la formación profesional. Muchas veces seguimos formando especialistas muy cerrados en sus áreas, cuando en realidad los desafíos contemporáneos requieren personas capaces de dialogar con distintas disciplinas.

A mí, por ejemplo, la interdisciplina me surgió de manera muy natural, probablemente porque mis propias investigaciones me fueron obligando a salir de la enología tradicional y acercarme a la física, a la mecánica de fluidos, a la ingeniería o a la ciencia de materiales para entender fenómenos sensoriales complejos.

Pero transmitir eso a los estudiantes es más difícil. Porque significa enseñarles que solos probablemente no van a lograr resolver los grandes problemas actuales y que mientras más amplio y conectado sea el conocimiento, más potencia puede tener.
Yo creo que ahí está uno de los grandes desafíos de la educación superior hoy.

Y en ese sentido, nuestros ingenieros agrónomos tienen una enorme fortaleza. Nosotros tenemos una formación muy amplia en ciencias básicas y eso nos entrega herramientas muy valiosas para integrar conocimientos. Lo mismo ocurre con carreras vinculadas al agro y los recursos naturales.

Muchas veces no nos damos cuenta, pero estamos formados precisamente para conectar áreas distintas, para entender sistemas complejos y para mirar los problemas de manera integral.

Entonces, más allá de formar solamente buenos técnicos o especialistas, yo creo que hoy necesitamos formar profesionales capaces de integrar, colaborar, adaptarse y construir soluciones desde miradas mucho más amplias y multidisciplinarias.

Innovación y desarrollo tecnológico: WineTech y VitiScience

7. En los últimos años has impulsado WineTech, una iniciativa pionera surgida desde la Universidad Católica y orientada al desarrollo de tecnologías aplicadas al vino. ¿Cómo nace este proyecto, qué problemáticas busca resolver y de qué manera puede transformar la comprensión y evaluación de las sensaciones en boca dentro de la industria vitivinícola?

WineTech es el primer spin-off de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales de la Universidad Católica. Surge desde la universidad con el objetivo de crear soluciones tecnológicas para la industria del vino, pero desde un nicho muy específico y todavía muy poco explorado a nivel mundial: las sensaciones en boca.

Muchas veces hablamos de sabor y de percepción sensorial como si fueran lo mismo, pero en realidad son fenómenos distintos. Los sabores son relativamente fáciles de medir. El dulzor, por ejemplo, puede cuantificarse a través del azúcar; la acidez tiene parámetros químicos claros; el amargor también puede asociarse a determinadas moléculas. Pero las sensaciones en boca son otra cosa. Y ahí existía —y todavía existe— un enorme vacío científico y tecnológico.

Entonces WineTech surge justamente para abordar ese gap. Nosotros desarrollamos herramientas capaces de cuantificar percepciones físicas asociadas a textura y sensación oral, como la astringencia, la cremosidad, el volumen en boca o incluso el comportamiento de las burbujas en espumantes.

La astringencia ha sido una de nuestras principales líneas de trabajo, porque tiene una enorme importancia para la industria del vino tinto. Pero en realidad es solo una de muchas sensaciones en boca que pueden estudiarse y cuantificarse.

Y lo interesante es que estas sensaciones atraviesan toda la cadena productiva. Uno puede pensar, por ejemplo, en elegir una uva según su madurez fenólica y su perfil de astringencia; después evaluar cómo ciertos procesos de vinificación modifican esa percepción; decidir si conviene detener o prolongar remontajes; analizar el uso de insumos enológicos para suavizar o estabilizar ciertas texturas; e incluso orientar estilos de vino según mercados específicos.

Por ejemplo, hay mercados asiáticos que tienden a preferir vinos más suaves y menos agresivos en boca, mientras que otros mercados, como algunos europeos, valoran vinos con estructuras más firmes y astringencias más marcadas. Entonces la posibilidad de cuantificar estas percepciones abre herramientas muy útiles para la toma de decisiones.

Uno de los desarrollos más importantes que hicimos fue crear un equipo capaz de imitar el deslizamiento de la lengua contra el paladar durante la degustación. Esto mezcla mucha física, mecánica de fluidos, fenómenos de fricción y lubricación oral.
Además, desarrollamos una saliva artificial capaz de interactuar con los taninos del vino y reproducir experimentalmente las sensaciones de astringencia. Eso fue algo muy innovador y nos permitió generar una patente, tanto sobre la metodología como sobre el reactivo y los parámetros físicos asociados al sistema.

Actualmente ya estamos patentados y ofreciendo servicios, pero además estamos avanzando en una segunda etapa: desarrollar un prototipo más pequeño, más práctico y mucho más transferible a la industria.

Porque el equipo original es único a nivel mundial y extremadamente costoso, ya que mide muchas otras variables además de la astringencia. Entonces ahora queremos crear una versión específica y simplificada que pueda ser utilizada directamente por las viñas en distintas etapas de sus procesos productivos. La idea final es que estas herramientas no queden solamente dentro de un laboratorio universitario, sino que puedan transformarse en soluciones reales y aplicables para la industria vitivinícola.


8. También formas parte de VitiScience, el primer centro chileno de investigación dedicado específicamente a la vid y el vino. ¿Cómo surge esta iniciativa, qué objetivos persigue y qué importancia tiene hoy construir una plataforma científica colaborativa para enfrentar los desafíos futuros de la vitivinicultura chilena?

VitiScience es el primer centro chileno de investigación enfocado específicamente en la vid y el vino, financiado por ANID. Y para nosotros ha sido un proyecto muy importante, porque sentimos que Chile necesitaba una instancia de este tipo.

Es un proyecto pensado inicialmente a cinco años, con posibilidad de extenderse otros cinco más, por lo tanto tiene una mirada de largo plazo. Y eso es muy relevante, porque muchas veces la investigación en Chile funciona a partir de proyectos cortos o muy fragmentados. En cambio, acá la idea es construir una plataforma científica sólida y sostenida en el tiempo. Para nosotros es un orgullo enorme, porque además es el primer centro de este tipo asociado tan directamente al agro y a la vitivinicultura en Chile.

Cuando uno mira experiencias internacionales, existen grandes institutos de investigación del vino en países como Francia o Australia. Ellos tienen centros consolidados que articulan ciencia, industria y transferencia tecnológica. Y nosotros sentíamos que Chile todavía no tenía algo equivalente, pese a la relevancia que tiene el vino para el país. Entonces la idea de VitiScience fue justamente reunir a investigadores de distintas universidades y disciplinas para poner la ciencia al servicio de la industria vitivinícola.

Si bien la Universidad Católica alberga administrativamente el centro, trabajamos colaborativamente con muchas otras instituciones: la Universidad de Chile, la Universidad de Talca, la Universidad Católica del Maule, la Universidad de La Frontera, entre otras. Tratamos de construir un ecosistema lo más amplio, diverso e interdisciplinario posible. Y eso también era importante para nosotros: no reunir solamente investigadores que ya estuvieran trabajando en vino, sino incorporar miradas nuevas y proyectar desafíos futuros.

Por supuesto, trabajamos temas más tradicionales asociados a estabilidad del vino, sensaciones en boca, química enológica o herramientas digitales para optimización de labores en viñedo. Pero también estamos abriendo líneas mucho más innovadoras vinculadas a sostenibilidad, patrimonio, salud, valorización de compuestos bioactivos y nuevas aplicaciones derivadas de la vid y el vino.

Por ejemplo, estamos muy interesados en explorar todo el potencial que existe en términos de vino y salud, y en cómo comunicar y valorizar mejor los beneficios y propiedades que la vid entrega, no solamente desde el punto de vista productivo o comercial, sino también desde una mirada científica y de valor agregado.

Entonces la idea es pensar el vino no solo como un producto, sino como una plataforma de innovación, conocimiento y desarrollo futuro. Y creo que eso es justamente lo más interesante de VitiScience: construir una instancia donde la academia, la investigación aplicada y la industria puedan encontrarse para abordar juntos los desafíos futuros de la vitivinicultura chilena.


9. ¿Qué lugar ocupa hoy la ciencia chilena asociada a la vitivinicultura en el contexto internacional?

Yo creo que Chile históricamente ha tenido científicos muy reconocidos internacionalmente en el ámbito vitivinícola. Cuando uno sale al extranjero se da cuenta de que existe una valoración muy importante hacia el trabajo que se ha desarrollado desde Chile durante décadas.

Yo soy parte de una generación más nueva, obviamente, pero cuando uno conversa afuera o participa en redes internacionales, los profesores y académicos chilenos son reconocidos. Existe una tradición científica muy sólida y también una cultura muy colaborativa, especialmente con centros europeos y estadounidenses.

Hemos tenido históricamente mucho vínculo con países como Francia, Italia o Estados Unidos, y eso ha sido muy positivo para el desarrollo de nuestra investigación. Aunque también creo que hoy debemos abrirnos más y fortalecer relaciones con otros polos científicos y tecnológicos emergentes.

En mi caso personal, por ejemplo, parte de mi formación y experiencia fue en China, justamente porque me interesaba ampliar esa mirada y explorar nuevas formas de colaboración y nuevas aproximaciones interdisciplinarias. Pero además creo que Chile tiene algo muy particular y muy valioso en la formación de sus profesionales del vino. Nuestros enólogos poseen una base agronómica extremadamente sólida. Y eso afuera se valora muchísimo.

En muchos países el enólogo se forma principalmente desde la química o desde la elaboración del vino. En cambio, acá nuestros profesionales entienden el viñedo, la planta, el manejo agronómico, el proceso de vinificación, el análisis y muchas veces también el negocio y la comercialización. Entonces tenemos profesionales muy integrales.

Y eso es algo que en el extranjero reconocen mucho. De hecho, a mí me ha pasado varias veces que colegas internacionales me piden estudiantes chilenos justamente porque saben que tienen una formación muy amplia y muy robusta.

Yo creo que hoy la ciencia chilena vinculada a la vitivinicultura tiene una bandera bastante bien posicionada internacionalmente. Hay reconocimiento hacia lo que hacemos, hacia nuestra capacidad de investigación y también hacia nuestra formación profesional.

Pero al mismo tiempo creo que debemos seguir creciendo, abrir nuevas colaboraciones, fortalecer redes internacionales y continuar apostando por una ciencia más interdisciplinaria, más conectada y más global.


10. Finalmente, pensando en el futuro del vino chileno, ¿cómo imaginas la evolución de la industria en los próximos veinte años y qué rol deberían jugar la ciencia, la innovación y las universidades en ese proceso?

Yo creo que actualmente estamos viviendo un reacomodo global del vino. Hay muchos cambios ocurriendo simultáneamente: disminución del consumo en algunos mercados, transformaciones culturales, nuevas generaciones de consumidores, exigencias medioambientales y una competencia internacional cada vez más diversa.

Pero yo no creo que el vino vaya a desaparecer. Me niego a pensar eso. El vino ha trascendido la historia humana durante miles de años y creo que seguirá existiendo. Lo que sí creo es que van a cambiar profundamente los estilos, los nichos, los mercados, las formas de consumo y también las maneras en que nos relacionamos con el vino.

Vamos hacia una industria probablemente más diversa, más segmentada y mucho más enfocada en identidad, innovación y diferenciación. Y en ese escenario, la colaboración va a ser clave.

La academia, la industria y la transferencia tecnológica tienen que trabajar juntas. Yo misma siento que muchas veces cumplo un rol de puente entre esos mundos, porque históricamente han existido bastante separados.

Los enólogos conocen profundamente su trabajo y sus necesidades. Han hecho un trabajo extraordinario durante muchos años y gracias a eso Chile ocupa hoy el lugar que ocupa en el mundo del vino.

Por otro lado, los académicos generan conocimiento, investigación y nuevas herramientas. Pero la innovación real ocurre cuando ambos mundos se encuentran y trabajan colaborativamente.

Y ahí aparece la transferencia tecnológica como un eje fundamental. Porque la transferencia no puede existir sin la industria ni tampoco solamente desde la academia. Necesita de ambos mundos funcionando juntos.

Muchas veces el enólogo sabe perfectamente cuál es el problema que necesita resolver, porque lo vive diariamente en bodega o en viñedo. Pero quizás no tiene el tiempo o las herramientas científicas para abordarlo desde la investigación básica. Y al mismo tiempo, el investigador puede tener herramientas y conocimientos muy valiosos, pero necesita conectarse con las necesidades reales de la industria.
Entonces, cuando esos mundos se articulan correctamente, se genera un círculo virtuoso muy potente.



PALABRAS AL CIERRE

La trayectoria de Natalia Brossard representa una de las expresiones más interesantes de la transformación contemporánea de la vitivinicultura chilena hacia modelos más científicos, interdisciplinarios e innovadores.

Su trabajo ha contribuido a fortalecer el vínculo entre investigación académica e industria, impulsando nuevas formas de comprender el vino desde la química, el análisis sensorial y el desarrollo tecnológico aplicado.

En un escenario marcado por el cambio climático, la sostenibilidad y la necesidad de diferenciación global, su mirada permite comprender que el futuro del vino chileno dependerá cada vez más de la capacidad de integrar conocimiento científico, innovación y formación de capital humano avanzado.

Porque detrás de una industria vitivinícola competitiva no solo existen mercados o tecnologías: existen también investigación, colaboración y una nueva generación de profesionales capaces de pensar el vino desde perspectivas más complejas, rigurosas y conectadas con los desafíos del siglo XXI.




NOTA: Nuestros agradecimientos a Viña Pérez Cruz, especialmente a su enólogo en jefe, Germán Lyon, por la gentileza de recibirnos para esta entrevista.