Articulo #254
Entrevista con Yerko Moreno: pensar el futuro del vino chileno desde la investigación aplicada

Entrevista con Yerko Moreno: pensar el futuro del vino chileno desde la investigación aplicada

POR GONZALO ROJAS

MAYO DEL 2026

La vitivinicultura contemporánea enfrenta un escenario de transformación profunda. Cambio climático, nuevas demandas de los consumidores, sostenibilidad, presión sobre los territorios agrícolas y la necesidad de construir vinos con mayor identidad han obligado a la industria a replantear muchas de sus certezas históricas. En este contexto, el rol de la investigación científica y de los centros de innovación vinculados al vino adquiere una relevancia estratégica.

En Chile, una de las figuras más influyentes en esta articulación entre ciencia, industria y territorio es el Dr. Yerko Moreno Simunovic, ingeniero agrónomo, investigador y académico de la Universidad de Talca, quien ha desarrollado una trayectoria marcada por el estudio de la fisiología de la vid, el impacto de la variabilidad climática sobre la producción vitivinícola y la construcción de modelos de innovación aplicada al sector.

Su trabajo ha contribuido a posicionar al Centro Tecnológico de la Vid y el Vino (CTVV) como uno de los principales espacios de investigación vitivinícola de América Latina, integrando conocimiento científico, transferencia tecnológica y vinculación con productores y territorios diversos. En esta conversación con VINÍFERA Editorial, buscamos reflexionar sobre su trayectoria, los desafíos estructurales de la industria y el rol de la ciencia en el vino contemporáneo.
1. Yerko, tu trayectoria profesional ha estado profundamente vinculada a la investigación y al desarrollo de la vitivinicultura chilena. ¿Cómo se fue construyendo ese camino y qué elementos marcaron tu formación como investigador y académico?

YM: Es una historia larga, pero tratando de resumirla, la verdad es que yo llegué a la vitivinicultura casi por accidente. La Universidad de Talca necesitaba, en ese momento, un académico que pudiera hacerse cargo de los desafíos de la vitivinicultura, originalmente muy enfocada al Maule y a las necesidades que comenzaban a surgir en la región.

Yo había regresado hacía poco tiempo desde Estados Unidos, después de terminar mi maestría y doctorado, y estaba comenzando a desarrollar una línea de trabajo vinculada más bien a la fruticultura. Ese era el ámbito donde yo proyectaba inicialmente mi desarrollo académico y profesional dentro de la Facultad de Ciencias Agrarias.

En ese contexto surgió la posibilidad de acompañar a una investigadora europea que estaba siendo entrevistada para venir a vivir a Chile y liderar el desarrollo de los temas vitivinícolas en la universidad. Recuerdo que participé en ese proceso, conversamos bastante sobre las posibilidades de desarrollo del vino chileno y sobre el potencial que existía en el Maule y en otras regiones del país.

Finalmente, después de algunos meses, ella decidió no aceptar el desafío de trasladarse a Chile. Y ahí ocurrió algo interesante, porque yo mismo empecé a preguntarme: “¿Por qué no?”. ¿Por qué no cambiar completamente de área? ¿Por qué no dedicarme a un sector que en ese momento ya comenzaba a mostrar señales muy interesantes de crecimiento y transformación?

En ese entonces yo estaba iniciando un trabajo importante en fruticultura, pero sentí que la vitivinicultura presentaba desafíos científicos, técnicos y territoriales enormemente atractivos. Conversé con el rector de la época y tomé una decisión bastante radical: prácticamente detener todo el esfuerzo que estaba desarrollando en el área frutícola para comenzar a trabajar de lleno en la búsqueda de soluciones para los problemas que enfrentaba la industria vitivinícola chilena.

Y así comenzó este camino que ya lleva varias décadas. Un camino que ha sido tremendamente enriquecedor porque me ha permitido participar muy de cerca en la transformación de la industria del vino en Chile. Nosotros vimos desde dentro el gran boom vitivinícola chileno de fines de los años noventa y comienzos de los 2000. Fuimos espectadores privilegiados de ese proceso, pero también actores que, desde la universidad y desde la investigación aplicada, intentamos aportar soluciones concretas a los desafíos que iban apareciendo.

Yo siempre he entendido la investigación como algo profundamente conectado con la realidad productiva. Nunca me interesó hacer ciencia completamente aislada del territorio o de las necesidades reales de la industria. Y creo que eso marcó mucho mi formación y también la identidad que fue adquiriendo el Centro Tecnológico de la Vid y el Vino.

A lo largo de estos años hemos trabajado en múltiples áreas: sustentabilidad, material vegetal, portainjertos, adaptación al cambio climático, espumantes, cepa País, caracterización de terroirs, transferencia tecnológica, formación de estudiantes de pregrado y postgrado. Y todo eso ha ido construyendo una manera de entender la vitivinicultura donde la universidad, la industria y el territorio necesariamente tienen que dialogar entre sí.

Creo que esa ha sido probablemente una de las grandes lecciones de este recorrido: entender que el vino no es solamente un producto agrícola o industrial. El vino también es cultura, paisaje, identidad, territorio y personas. Y mientras más uno se involucra en este mundo, más entiende la enorme complejidad y riqueza que existe detrás de cada viñedo y de cada botella.
2. Desde el Centro Tecnológico de la Vid y el Vino de la Universidad de Talca has liderado múltiples iniciativas de investigación aplicada. ¿Cuál crees que ha sido el principal aporte del CTVV al desarrollo de la industria vitivinícola chilena?

YM: Creo que hay varios aportes importantes y probablemente algunos son más visibles que otros. Hay contribuciones que hoy son bastante tangibles para la industria y otras que han sido más silenciosas, pero que igualmente terminaron siendo fundamentales o incluso germinales para muchos procesos posteriores.

Tal vez uno de los aportes más relevantes —y del cual personalmente me siento muy orgulloso— fue el origen del Código Nacional de Sustentabilidad del vino chileno. Ese proceso nació aquí, en la Universidad de Talca, a partir de conversaciones con Viña Errázuriz. Ellos se acercaron planteando una inquietud muy interesante: querían demostrarle al mundo que era posible producir vino de manera técnicamente rigurosa, responsable con el medio ambiente, preocupada de las personas y, al mismo tiempo, capaz de generar valor económico como empresa.

Después de muchas conversaciones empezó a aparecer de manera bastante natural el concepto de sustentabilidad. Y cuando hablo de sustentabilidad, me refiero a su definición más clásica: producir cuidando el medio ambiente, relacionándose adecuadamente con las personas y generando rentabilidad y valor para la sociedad.

A partir de esa reflexión comenzamos a desarrollar lo que inicialmente fue un Código de Prácticas de Sustentabilidad, que más adelante evolucionó hacia el actual Código Nacional de Sustentabilidad del vino chileno. En ese proceso también participaron Viñas de Colchagua y posteriormente, gracias a un proyecto financiado por CORFO a través de los Consorcios Tecnológicos del Vino, logramos consolidar completamente el sistema.

Una vez terminado, ese estándar fue transferido íntegramente a Vinos de Chile. Hoy yo sigo participando en el comité superior del código, pero ya es completamente propiedad de la industria. Y creo que es motivo de enorme orgullo que actualmente más del 80% del vino chileno cuente con esta certificación y que evaluaciones internacionales recientes lo hayan posicionado como uno de los mejores sistemas de certificación de sustentabilidad del mundo, comparado incluso con modelos de Australia, Nueva Zelanda, Europa o Estados Unidos.

Otro aporte muy importante tuvo relación con el cambio de paradigma respecto al material vegetal y a los sistemas de plantación. Nosotros realizamos, hace ya más de treinta años, algunas de las primeras importaciones de material vegetal certificado, con trazabilidad genética y sanitaria, en una época donde en Chile prácticamente no existía conciencia sobre esos estándares.

En ese momento el concepto de “plantas de calidad” prácticamente no se conocía en Chile, y hoy cualquier productor que quiera establecer un viñedo de alta calidad entiende inmediatamente la importancia de utilizar materiales de propagación genuinos y sanos. Ese trabajo pionero permitió introducir una lógica completamente distinta respecto a la calidad y sanidad del material vegetal utilizado en la vitivinicultura chilena.

En paralelo también desarrollamos investigaciones muy relevantes sobre portainjertos y replante. Fueron proyectos de largo plazo, muchos de ellos financiados por FONDEF, que permitieron generar información técnica que hoy resulta fundamental para enfrentar problemas asociados al replante de viñedos y a la adaptación frente a condiciones cada vez más complejas de suelo y clima.

Y otro trabajo que recuerdo con especial cariño fue el proyecto de espumantes de País desarrollado junto a Miguel Torres Chile. Ese proyecto fue particularmente interesante porque ayudó a mirar la cepa País desde una perspectiva completamente distinta.

En ese momento País era una variedad muy poco valorizada y asociada principalmente a vinos masivos o de bajo prestigio. Pero nosotros vimos que existía un potencial distinto. El proyecto nació gracias a conversaciones impulsadas por Mariano Fernández, un enorme embajador del vino chileno, que logró entusiasmar tanto a Miguel Torres en España como a nosotros acá en la universidad.

Presentamos el proyecto al Ministerio de Agricultura, obtuvimos financiamiento FIA y comenzamos a trabajar en espumantes elaborados con País. Incluso recuerdo que uno de los resultados más interesantes surgió casi accidentalmente, a partir de una vinificación experimental realizada aquí mismo en el laboratorio del Centro del Vino.

Ese trabajo terminó derivando posteriormente en Estelado Rosé, que abrió una nueva manera de entender la cepa País. Hoy muchas viñas trabajan País con orgullo y desarrollan vinos muy interesantes a partir de ella. Obviamente no es mérito exclusivo nuestro, pero sí creo que fuimos parte de esos primeros “brotes verdes” que ayudaron a demostrar que con País podían hacerse cosas completamente distintas.

A eso se suman muchos otros trabajos: estudios de microterroir, desarrollo de espumantes del Maule, caracterización de terroirs de Cariñena, investigaciones en fisiología de la vid, adaptación climática, formación de estudiantes de pregrado, magíster y doctorado, transferencia tecnológica y capacitación a productores y profesionales.

Por eso siento que el Centro Tecnológico de la Vid y el Vino ha sido un actor relevante en la evolución de la vitivinicultura chilena durante las últimas décadas. Hemos tenido el privilegio de acompañar muy de cerca el gran proceso de transformación y expansión que vivió el vino chileno desde fines de los años noventa hasta hoy.

Cambio climático, amenazas y desafíos para el vino chileno

3. El cambio climático se ha transformado en uno de los principales desafíos para la vitivinicultura. ¿Cuáles son hoy las amenazas más críticas para el vino chileno?

YM: A ver, yo diría que hoy existen varias amenazas importantes para la vitivinicultura chilena, y no todas tienen relación exclusivamente con el cambio climático. Muchas veces cuando hablamos de crisis en el vino tendemos a pensar inmediatamente en temperatura, sequía o disponibilidad hídrica, pero la realidad es bastante más compleja.

Para mí, la principal amenaza hoy es la baja rentabilidad crónica del negocio vitivinícola chileno. Y aunque muchas veces no se habla suficientemente de eso, es un problema estructural muy serio. Cualquier sector productivo necesita niveles razonables de rentabilidad para sostenerse, innovar, atraer nuevos actores y proyectarse en el tiempo.

Históricamente incluso existe esa frase muy conocida de que “para hacer una pequeña fortuna en el vino, primero hay que partir con una gran fortuna”. Y aunque puede sonar anecdótica, refleja bastante bien algo que ocurre en nuestro país. Cuando una actividad tiene rentabilidades bajas durante períodos prolongados, inevitablemente limita su capacidad de crecimiento y pone en riesgo su sostenibilidad futura.

Hoy además estamos atravesando un momento particularmente complejo producto de la disminución del consumo de vino a nivel mundial. Eso genera presiones enormes sobre muchas viñas y productores, especialmente en segmentos más tradicionales o menos diferenciados.

Otro desafío muy importante es la pérdida de interés de las nuevas generaciones por incorporarse a la agricultura y particularmente a la vitivinicultura. Uno lo ve permanentemente: jóvenes muy talentosos optan por otras áreas de desarrollo profesional y dejan de lado una actividad que, en realidad, es extraordinariamente rica y apasionante. Eso además se cruza con otro fenómeno muy relevante: el envejecimiento de la mano de obra agrícola. Cada vez hay menos personas jóvenes interesadas en trabajar en el campo y eso obliga a avanzar hacia mayores niveles de mecanización.

Pero la mecanización también tiene costos culturales y técnicos. Muchas veces implica la pérdida de oficios tradicionales del mundo vitícola. Antes existían parceleros, cuarteleros, personas que conocían íntimamente el viñedo, que sabían podar, regar, manejar enfermedades, interpretar las plantas. Había un conocimiento práctico acumulado durante décadas.

Hoy muchas de esas labores son realizadas por máquinas o incluso por sistemas automatizados. Las podas mecanizadas, los manejos estandarizados y la falta de tiempo para formar personas están provocando que muchos de esos saberes se pierdan progresivamente. Y eso, desde mi punto de vista, también es una amenaza importante para la vitivinicultura.

Respecto al cambio climático propiamente tal, yo prefiero hablar más bien de variabilidad climática. El concepto de “cambio climático” muchas veces se utiliza de manera demasiado general. Y aunque evidentemente existe un aumento de temperatura y modificaciones estructurales en el clima, lo que más nos afecta hoy como vitivinicultura es la incertidumbre climática.

No estamos enfrentando solamente un escenario lineal donde suben dos grados de temperatura y listo. Lo que estamos viviendo son cambios extremadamente variables: inviernos muy lluviosos seguidos de períodos secos, lluvias fuera de época, primaveras frías seguidas de temporadas muy cálidas, veranos inesperadamente frescos o extremadamente cálidos.

Esa variabilidad hace que el trabajo del viticultor y del enólogo sea muchísimo más desafiante. Los perfiles de calidad cambian de un año a otro, las decisiones agronómicas se vuelven más complejas y la incertidumbre aumenta considerablemente.

Pero al mismo tiempo —y esto puede sonar paradójico— también vuelve este oficio más interesante. Durante mucho tiempo en Chile existió la idea de que nuestra vitivinicultura era extremadamente estable, que aquí “no pasaba nada”, que todos los años eran relativamente iguales. Y la verdad es que nunca fue tan así.

Hoy esa variabilidad climática nos obliga a interpretar mejor los territorios, a adaptarnos más rápidamente y a entender que cada vendimia puede ser completamente distinta de la anterior. Eso exige mucho más conocimiento, mucha más capacidad técnica y también mucha más flexibilidad.

Por eso creo que los grandes desafíos del vino chileno no son solamente climáticos. Son económicos, culturales, generacionales, tecnológicos y territoriales al mismo tiempo. Y probablemente la capacidad de adaptarnos a todos esos cambios simultáneamente será lo que determine el futuro de nuestra vitivinicultura.


4. ¿Cómo observas las transformaciones actuales del consumo de vino?

YM: A ver, yo creo que efectivamente estamos viviendo transformaciones muy profundas en las formas de consumo, no solamente de vino, sino también de alcohol en general.

Hoy existe una disminución evidente del consumo a nivel mundial y eso se observa con bastante claridad particularmente entre las generaciones más jóvenes. Uno lo percibe incluso en situaciones cotidianas. Hace poco, por ejemplo, conversaba con estudiantes de la Escuela de Diseño de nuestra universidad y les preguntaba cuántos consumían alcohol regularmente. Muy pocos levantaron la mano. Y cuando pregunté específicamente cuántos consumían vino, prácticamente ninguno lo hacía. Y esa situación no es exclusiva de Chile; si uno observa lo que ocurre en distintos países, el fenómeno es bastante similar.

Además, las restricciones sociales y normativas respecto al consumo de alcohol han aumentado considerablemente. Hoy existen muchas menos ocasiones de consumo que hace algunas décadas. La sociedad ha ido modificando sus hábitos, sus códigos culturales y sus formas de relacionarse con el alcohol.

Ahora bien, yo no creo que el problema sea simplemente que “los jóvenes no quieran vino”. Me parece una explicación demasiado simplista. Lo que creo es que muchas veces la industria no ha sabido acercarse adecuadamente a ellos. El discurso del vino suele ser excesivamente técnico, demasiado especializado y, en ocasiones, incluso intimidante.

Y eso termina alejando a muchas personas que podrían sentirse interesadas por este mundo, pero que sienten que no poseen los códigos necesarios para participar de él. Yo siempre digo algo muy simple: nadie puede querer algo que no conoce. Y para conocer el vino, el vino tiene que volverse más amistoso, más cercano, más comprensible.

Por eso creo que uno de los grandes desafíos de la industria es la educación de consumidores. Pero no me refiero solamente a enseñar sobre cepas, barricas o descriptores aromáticos. Hablo de construir una relación más humana y más cultural con el vino. Muchas veces hablamos del vino desde un lenguaje demasiado técnico y olvidamos que las personas quieren experiencias, relatos, emociones y conexión con los territorios.

En ese contexto, el enoturismo se vuelve absolutamente clave. Durante mucho tiempo en Chile se menospreció un poco el mercado interno y las experiencias enoturísticas. Mientras regiones como California, México, Australia o ciertas zonas europeas desarrollaban una relación muy fuerte entre turismo y vino, acá predominaba la lógica exportadora.

Muchas empresas decían: “Nosotros exportamos todo, no necesitamos preocuparnos tanto del mercado interno”. Y creo que ahí cometimos un error importante. Hoy vemos claramente que los consumidores quieren visitar los viñedos, caminar por los territorios, entender cómo se produce el vino, conocer las historias detrás de las botellas, conversar sobre biodiversidad, paisaje, sustentabilidad o historia familiar. No necesariamente buscan explicaciones técnicas complejas; buscan comprender el sentido humano y territorial del vino.

Esa experiencia de consumo es tremendamente relevante. Porque el vino, a diferencia de muchos otros productos, tiene la capacidad de conectar emocionalmente a las personas con un lugar, con una historia y con una cultura. Por eso yo estoy convencido de que la industria chilena probablemente se va a achicar en términos de superficie plantada y volumen de producción. Creo que eso es algo bastante inevitable frente al contexto global actual.

Pero al mismo tiempo pienso que estamos llamados a producir vinos cada vez mejores, con más identidad, más sentido de origen y mayor valor agregado. Es mucho más interesante producir menos botellas, pero mejores, más auténticas y capaces de transmitir una experiencia significativa.

Cada botella debiera transformarse en una especie de embajadora del territorio del cual proviene. Y eso requiere construir relatos más sólidos, vinos con más personalidad y también consumidores más educados y más conectados con la cultura del vino.

Yo echo de menos, además, programas mucho más agresivos de educación y transferencia hacia consumidores jóvenes. Necesitamos explicar el vino de otra manera, hacerlo más accesible y más amigable. Y, sinceramente, no compro mucho ese discurso de que “los jóvenes simplemente ya no toman vino”. Cuando yo era joven tampoco consumía demasiado vino. El consumo de vino siempre ha estado asociado a procesos culturales y de aprendizaje.

Por eso creo que si queremos que nuevas generaciones se acerquen nuevamente al vino, tenemos que entender qué buscan, qué experiencias quieren vivir, qué productos les resultan atractivos y cómo podemos construir un lenguaje mucho más cercano para ellos. Ese, probablemente, es uno de los grandes desafíos culturales que tiene hoy la vitivinicultura chilena.

La importancia de la investigación aplicada

5. ¿Qué tan importante es hoy la articulación entre ciencia e industria?

YM: Para mí esa articulación siempre ha sido absolutamente fundamental. De hecho, yo no concibo a los investigadores separados de la industria ni trabajando completamente aislados de los territorios productivos. Nunca he entendido la investigación agraria desde una lógica puramente académica o desconectada de la realidad.

Desde mi punto de vista, los investigadores universitarios —especialmente quienes trabajamos en ciencias agrarias y vitivinicultura— tenemos la obligación de responder a los problemas reales del sector productivo. Nosotros no estamos aquí para resolver problemas imaginarios o para investigar solamente aquello que nos parece intelectualmente interesante desde la universidad. La industria tiene desafíos concretos y nuestro trabajo consiste precisamente en aportar soluciones a esos desafíos.

Esa ha sido siempre la lógica con la que hemos trabajado desde el Centro Tecnológico de la Vid y el Vino de la Universidad de Talca. Nosotros hemos tratado permanentemente de abrir el centro a las empresas, a las viñas, a las asociaciones gremiales y a los productores.

Por ejemplo, organizaciones como Vinos de Curicó y Maule —que agrupan a numerosas viñas de la región— funcionan y se articulan muchas veces desde este mismo espacio. Aquí se desarrollan reuniones, seminarios, talleres, iniciativas de transferencia tecnológica y también proyectos de investigación aplicada que buscan responder directamente a necesidades concretas de la industria.

Y esa colaboración puede tomar muchas formas distintas. A veces se traduce en investigaciones que posteriormente terminan en publicaciones científicas o en desarrollos tecnológicos. Otras veces se expresa en capacitación para operarios, técnicos y profesionales. Y en otros casos incluso en proyectos de promoción internacional o iniciativas de fortalecimiento territorial vinculadas al vino. Pero lo importante es entender que la universidad no puede funcionar como una isla. La relación entre universidad e industria tiene que ser permanente, fluida y muy cercana.

Yo creo además que esa interacción necesariamente ocurre dentro de un marco territorial. El vino no existe en abstracto; existe en un territorio específico, con determinadas condiciones climáticas, culturales, sociales e históricas. Por eso cuando hablamos de vitivinicultura también estamos hablando de paisaje, identidad y comunidades.

Y en ese sentido, la relación entre ciencia, industria y territorio es esencial para construir una vitivinicultura realmente sostenible e innovadora. No basta solamente con desarrollar tecnología o mejorar indicadores productivos. También es necesario comprender las particularidades de cada zona, las dinámicas culturales, las formas de trabajo y las capacidades humanas presentes en cada territorio.

Creo que durante mucho tiempo parte de la investigación agraria funcionó de manera demasiado vertical, como si el conocimiento se generara exclusivamente dentro de la universidad y luego simplemente se transfiriera hacia el sector productivo. Hoy sabemos que eso no funciona así.

El conocimiento también se construye desde los productores, desde los viticultores, desde los enólogos y desde las experiencias acumuladas en los territorios. Muchas veces las empresas tienen preguntas extremadamente sofisticadas y desafíos muy complejos que obligan a la universidad a repensar sus propias líneas de investigación.

Por eso para mí la colaboración no es solamente útil; es indispensable. Y mientras más estrecha sea esa relación entre universidad, productores y territorio, mayores posibilidades tendremos de construir una vitivinicultura chilena más resiliente, más innovadora y más conectada con las transformaciones que hoy enfrenta el mundo del vino.


6. ¿Crees que Chile ha logrado integrar suficientemente dimensiones como identidad territorial, biodiversidad y paisaje cultural?

YM: Si soy completamente honesto: no, todavía no. Creo que hemos avanzado en ciertos aspectos, pero todavía estamos bastante lejos de integrar plenamente dimensiones como identidad territorial, biodiversidad, paisaje cultural y comunidades locales dentro del modelo vitivinícola chileno.

Ahora, eso no significa que no existan esfuerzos importantes. Sí los hay. Por ejemplo, el mismo Código de Sustentabilidad del vino chileno —del cual hablábamos anteriormente— incorpora elementos relacionados con protección ambiental, biodiversidad y manejo sustentable de agroecosistemas.

También se han desarrollado proyectos de investigación e innovación muy interesantes vinculados a agroecología, conservación ambiental y adaptación climática.

Nosotros mismos, desde la universidad, estamos participando actualmente en iniciativas de investigación que buscan justamente utilizar el agroecosistema vitivinícola como un modelo para desarrollar estrategias de manejo más sostenibles y agroecológicas, no solamente aplicables al vino, sino también transferibles hacia otros sectores agrícolas.

Pero aun así siento que todavía nos falta mucho. Y creo que parte del problema es que durante mucho tiempo la vitivinicultura chilena estuvo excesivamente enfocada en la lógica productiva y exportadora. Eso permitió un crecimiento muy importante de la industria, pero al mismo tiempo hizo que muchas veces se dejaran en segundo plano aspectos relacionados con identidad territorial, patrimonio cultural o articulación con las comunidades locales. Cuando uno observa otros países vitivinícolas, especialmente ciertas regiones europeas, se da cuenta de que el vino forma parte de una construcción cultural muchísimo más integrada.

El paisaje, la gastronomía, la artesanía, la historia local y la agricultura dialogan de manera mucho más orgánica. En Chile todavía estamos aprendiendo a hacer eso. Existen experiencias interesantes, por supuesto. Hay asociaciones entre vino y productos artesanales, iniciativas de valorización patrimonial, rutas del vino, proyectos vinculados a gastronomía local y esfuerzos por rescatar variedades históricas o tradiciones campesinas. Pero muchas veces esos procesos siguen siendo relativamente fragmentados o aislados.

Incluso las propias rutas del vino, que en algún momento tuvieron un auge muy importante, hoy enfrentan dificultades en varios territorios. Y eso ocurre justamente porque construir una experiencia territorial sólida requiere mucho más que solamente tener viñas abiertas al turismo. Requiere articulación entre actores, gobernanza territorial, identidad compartida y proyectos culturales de largo plazo. Además, creo que todavía nos cuesta mucho comprender que el paisaje vitivinícola no es solamente un espacio productivo.

También es un patrimonio cultural, ambiental y humano. El viñedo forma parte de ecosistemas complejos, de memorias locales, de formas de vida rurales y de relaciones históricas entre comunidades y territorios. Y mientras no integremos plenamente esas dimensiones dentro de nuestra manera de pensar el vino, seguiremos teniendo una vitivinicultura parcialmente desconectada de su propio contexto territorial.

Por eso digo que todavía estamos aprendiendo. Hay avances, hay conciencia creciente y hay experiencias muy valiosas. Pero todavía falta consolidar una visión mucho más profunda e integrada de lo que significa construir una vitivinicultura territorialmente consciente.

Y creo que ese será uno de los grandes desafíos del futuro: lograr que el vino chileno no solamente sea reconocido por su calidad técnica, sino también por su capacidad de expresar paisajes, culturas, biodiversidad e identidades locales de manera auténtica y coherente.


7. Pensando en las nuevas generaciones de profesionales del vino, ¿qué capacidades consideras fundamentales para liderar la vitivinicultura chilena del futuro?

YM: A ver, yo no soy empresario, entonces me cuesta mucho dar consejos desde esa perspectiva. Pero si pudiera decir algo tanto a los jóvenes investigadores como a los nuevos profesionales que se están incorporando al mundo del vino, probablemente partiría diciendo algo muy simple: me gustaría ver investigadores jóvenes con los zapatos rotos, con bototos embarrados y con las manos con callos de tanto trabajar en terreno.

Y lo digo muy en serio.

Hoy existe una enorme cantidad de información disponible. Cualquier persona puede acceder rápidamente a contenidos técnicos, artículos científicos, bases de datos o incluso obtener respuestas inmediatas utilizando inteligencia artificial. Eso ya está ocurriendo y seguirá ocurriendo cada vez más. Pero hay algo que ninguna herramienta tecnológica puede reemplazar completamente: la experiencia directa, el criterio que se construye en terreno y la capacidad de resolver problemas reales enfrentando situaciones concretas.

Uno puede leer muchísimo sobre viticultura, fisiología de la vid o enología, pero si nunca ha estado realmente en un viñedo en invierno, si nunca ha podado, si nunca ha visto cómo responde una planta frente a distintos manejos o si nunca ha conversado directamente con productores, trabajadores o enólogos, entonces falta una parte esencial de la formación.

Por eso creo que las nuevas generaciones necesitan estar profundamente conectadas con el mundo real de la vitivinicultura.

A mí me preocupa a veces cierta separación que todavía existe entre universidad y empresa. Esa distancia ya no tiene sentido. Los futuros investigadores, los nuevos doctores, los profesionales jóvenes que vienen saliendo de las universidades, necesitan involucrarse completamente con el sector productivo, entender sus dinámicas, sus limitaciones, sus urgencias y también sus complejidades humanas.

Porque además el vino es una actividad particularmente compleja. Aquí convergen agricultura, ciencia, cultura, territorio, economía, turismo, medio ambiente y relaciones humanas. No basta solamente con dominar herramientas técnicas o manejar modelos teóricos sofisticados.

También se requiere capacidad de observación, sensibilidad territorial, criterio práctico y mucha capacidad de interacción con las personas. Y eso solo se adquiere estando presente en el territorio.

Yo creo que durante mucho tiempo existió cierta idea de que el investigador debía mantenerse relativamente distante del sector productivo para preservar una especie de objetividad académica. Pero hoy los desafíos son tan complejos que esa lógica ya no funciona. Los productores y las empresas muchas veces acceden hoy a información técnica tan rápido como nosotros. Lo que esperan de un investigador no es solamente información, sino capacidad de interpretación, experiencia acumulada, acompañamiento y soluciones concretas frente a problemas reales.

Por eso pienso que los investigadores jóvenes tienen que involucrarse mucho más profundamente con el sector. Necesitan conocer el viñedo, entender las vendimias, participar en los procesos productivos y comprender las dificultades cotidianas que enfrenta la industria.

Y lo mismo vale para enólogos, agrónomos, gestores culturales, periodistas especializados o historiadores vinculados al vino. Todos debieran mantener una conexión muy directa con los territorios y con las personas que sostienen esta actividad. Porque finalmente la vitivinicultura no se entiende completamente desde una oficina o desde un laboratorio. Se entiende caminando los viñedos, conversando con la gente y enfrentando la complejidad real del territorio.

Y creo que precisamente ahí estará una de las claves para el futuro del vino chileno: formar profesionales técnicamente sólidos, pero al mismo tiempo profundamente conectados con la realidad humana, cultural y territorial de la vitivinicultura.



Palabras al cierre

La trayectoria de Yerko Moreno Simunovic representa una de las expresiones más consistentes y lúcidas de la transformación que ha experimentado la vitivinicultura chilena durante las últimas décadas. Su trabajo ha acompañado —y muchas veces anticipado— algunos de los principales debates que hoy atraviesan al mundo del vino: sustentabilidad, adaptación climática, innovación aplicada, valorización territorial y construcción de identidad.

Desde el Centro Tecnológico de la Vid y el Vino de la Universidad de Talca, Moreno ha contribuido a consolidar una manera de entender la investigación profundamente vinculada a la realidad productiva, al territorio y a las personas. Una mirada donde la ciencia no aparece como un ejercicio aislado de laboratorio, sino como una herramienta concreta para enfrentar los desafíos reales de la industria y proyectar su desarrollo futuro.

A lo largo de esta conversación emerge además una idea particularmente relevante: el vino no puede seguir pensándose únicamente desde la lógica del volumen, la eficiencia o la exportación. El escenario contemporáneo exige una vitivinicultura más consciente de sus territorios, más conectada con sus comunidades y más capaz de construir relatos auténticos en torno a paisaje, cultura e identidad.

En tiempos marcados por la incertidumbre climática, la transformación de los hábitos de consumo y la necesidad de redefinir los modelos de desarrollo agrícola, voces como la de Yerko Moreno permiten comprender que el futuro del vino chileno dependerá menos de las certezas del pasado y más de la capacidad de adaptarse, innovar y volver a conectar profundamente con el origen del vino.

Porque, finalmente, detrás de cada vino verdaderamente trascendente no solo hay técnica, mercado o productividad: hay memoria, paisaje, conocimiento acumulado, comunidades humanas y una manera particular —histórica, cultural y territorial— de comprender y habitar el mundo.