Articulo #253
Entrevista con Paz Austin: “El vino mexicano apenas está descubriendo quién es”
MAYO DEL 2026
Entrevista
1. Paz, ¿cómo ha sido tu trayectoria personal y profesional hasta convertirte en una de las figuras más reconocidas del vino mexicano contemporáneo?
Paz Austin:
Pues ha sido, en gran parte, suerte. Pero también creo que ha sido una muy buena coincidencia entre distintas experiencias profesionales que me fueron llevando, casi naturalmente, hacia el vino. Yo venía de trabajar en la industria de la cerveza artesanal mexicana. Fui directora de la Asociación de Cerveceros Artesanales Mexicanos entre 2014 y 2019, y ahí me tocó vivir un momento muy interesante de crecimiento y profesionalización del sector artesanal en México.
Mi trabajo consistía principalmente en representar a los pequeños productores frente a distintas instancias del gobierno mexicano.
Participábamos en mesas de trabajo con la Secretaría de Economía para temas de normatividad, impuestos, regulación, comercio y exportaciones. También nos tocaba organizar la participación de productores mexicanos en ferias internacionales, en una época donde todavía existían organismos como ProMéxico o el Instituto Nacional del Emprendedor, que apoyaban mucho la internacionalización de industrias emergentes. Entonces, desde muy temprano, mi formación estuvo muy ligada a entender cómo funcionaban las instituciones, las cámaras empresariales, la política pública y las dinámicas de representación gremial.
En todas esas mesas coincidía constantemente con representantes de la industria tequilera, mezcalera, importadores y, por supuesto, con el Consejo Mexicano Vitivinícola. Y yo veía al vino con cierta fascinación, casi con añoranza. No desde la envidia, sino desde la admiración. Porque, aunque yo venía del mundo de las bebidas alcohólicas, sentía que el vino tenía algo distinto.
La cerveza artesanal, por ejemplo, en México no tiene un vínculo tan profundo con la agricultura o el territorio. En cambio, el vino reunía muchísimas dimensiones que a mí siempre me habían interesado: el campo, la gastronomía, la cultura, el turismo, el paisaje, la identidad territorial. Yo veía a los representantes del sector vitivinícola y pensaba: “Qué increíble industria”. Había algo mucho más integral y cultural en el vino.
Después de mi etapa en cerveza artesanal, también trabajé un tiempo en temas relacionados con la industria tequilera y posteriormente realicé consultorías vinculadas al mezcal, particularmente con el gobierno de Oaxaca, que es uno de los estados más importantes para la producción mezcalera en México. Ahí seguí profundizando mucho más en temas territoriales, patrimoniales y culturales asociados a las bebidas tradicionales mexicanas.
Y fue justamente estando en Oaxaca cuando el Consejo Mexicano Vitivinícola me buscó para invitarme a participar en el proceso para asumir la dirección general. Yo creo que hubo dos cosas que jugaron mucho a mi favor en ese momento. La primera era que conocía muy bien el ecosistema institucional mexicano: entendía cómo operaban las secretarías, las cámaras empresariales, la política pública y las relaciones con el gobierno federal.
Además, coincidía con un momento político muy importante, porque estaba entrando una nueva administración presidencial en México, la del presidente Andrés Manuel López Obrador, y el Consejo necesitaba alguien que pudiera moverse bien dentro de ese nuevo escenario institucional.
La segunda fortaleza que tenía era la comunicación. Honestamente, de vino sabía muy poco en ese momento. Yo no venía de una formación técnica vitivinícola ni enológica. Pero sí sabía comunicar, sabía relacionarme con medios, sabía construir narrativas y entendía muy bien cómo posicionar industrias y productos dentro de conversaciones públicas y políticas. Entonces me tocó estudiar muchísimo y muy rápido. Y ahí ocurrió algo que fue decisivo para mí: me enamoré completamente del vino.
Me enamoré no solamente del producto, sino de todo lo que representa. Del trabajo agrícola, de la gente detrás de las bodegas, del valor cultural del vino, de las historias familiares, de los territorios y de la enorme complejidad que existe detrás de una copa. Creo que ahí entendí que el vino no es simplemente una bebida: es una expresión cultural completa. Y desde entonces ha sido una industria que me atrapó profundamente, tanto en lo profesional como en lo personal.
2. Has participado activamente en procesos de articulación y fortalecimiento institucional del vino mexicano. Desde tu experiencia, ¿cómo describirías la evolución profesional de la industria en las últimas décadas?
Paz Austin:
A mí me tocó llegar al Consejo Mexicano Vitivinícola en un momento particularmente complejo y desafiante. Entré oficialmente en octubre de 2019 y, apenas unos meses después, en marzo de 2020, el mundo entero entró en pandemia. Entonces, gran parte de mi llegada al vino mexicano coincidió con uno de los períodos más difíciles que ha vivido la industria contemporánea.
Y creo que justamente esa crisis aceleró muchos procesos que probablemente habrían tardado años en consolidarse. El COVID-19 obligó a reorganizar completamente la industria. De pronto, las bodegas entendieron que necesitaban actuar colectivamente y que requerían una sola voz frente al gobierno federal y frente a las distintas instituciones del país. Cuando yo llegué, el Consejo Mexicano Vitivinícola tenía más de setenta años de existencia, pero seguía siendo una industria bastante fragmentada, con visiones regionales muy separadas y con poca coordinación entre productores y estados vitivinícolas.
La pandemia hizo evidente que esa fragmentación ya no funcionaba. Entonces comenzó a ocurrir algo muy interesante: las bodegas empezaron a alinearse detrás del Consejo como una entidad verdaderamente representativa. Se adoptaron protocolos comunes, se coordinaron acciones conjuntas y el Consejo comenzó a operar realmente como una voz nacional de la industria vitivinícola mexicana.
Ahí creo que me ayudó mucho la experiencia previa que yo traía desde otros sectores, particularmente mi capacidad de cabildeo y de relacionamiento institucional. Logramos que el gobierno entendiera que la actividad vitivinícola no era solamente un tema de lujo o consumo, sino una actividad agrícola y productiva fundamental para muchas regiones del país. Eso permitió que el campo vitivinícola fuera reconocido como actividad esencial durante la pandemia, algo muy importante en un momento donde había muy poco conocimiento sobre la dimensión económica, territorial y agrícola del vino mexicano.
Porque además México tiene una situación muy particular: aunque históricamente fue el primer territorio del continente americano donde se desarrolló la vitivinicultura europea, la actividad ha tenido muchos momentos de interrupción, vacíos históricos y períodos donde prácticamente desapareció por razones políticas, económicas o culturales. Entonces existía todavía un gran desconocimiento sobre la relevancia histórica y patrimonial del vino dentro de México.
La pandemia, paradójicamente, ayudó a consolidar esta nueva etapa de crecimiento. Nos permitió posicionar al vino mexicano como una actividad capaz de generar desarrollo económico, turismo, identidad territorial y recuperación regional después de la crisis sanitaria. Ahí comenzó un trabajo mucho más articulado con distintas dependencias del Estado mexicano, como la Secretaría de Turismo, la Secretaría de Cultura y otras instituciones que empezaron a ver al vino como una herramienta de desarrollo territorial.
También fue un período donde se fortalecieron muchísimo las misiones comerciales internacionales y la participación de México en foros globales del vino. Empezamos a viajar más, a participar en encuentros internacionales, a recibir turismo extranjero y a mostrar que México estaba viviendo un verdadero renacimiento vitivinícola.
Y probablemente uno de los hitos más importantes de ese proceso fue la instauración oficial del Día Nacional del Vino Mexicano, celebrado cada 7 de octubre. Eso fue algo profundamente simbólico e histórico para nosotros. Fue la primera vez que una bebida tradicional mexicana recibió una efeméride nacional por decreto presidencial. Ni siquiera el tequila —que es probablemente el gran emblema internacional de México— tenía ese reconocimiento formal.
Entonces, más allá de lo simbólico, eso reflejaba algo mucho más profundo: el vino comenzó a ser entendido dentro de México como patrimonio cultural, como actividad agrícola estratégica y como motor económico para muchas regiones productoras. Creo que ahí empieza realmente una nueva etapa para la vitivinicultura mexicana contemporánea.
1. Paz, ¿cómo ha sido tu trayectoria personal y profesional hasta convertirte en una de las figuras más reconocidas del vino mexicano contemporáneo?
Paz Austin:
Pues ha sido, en gran parte, suerte. Pero también creo que ha sido una muy buena coincidencia entre distintas experiencias profesionales que me fueron llevando, casi naturalmente, hacia el vino. Yo venía de trabajar en la industria de la cerveza artesanal mexicana. Fui directora de la Asociación de Cerveceros Artesanales Mexicanos entre 2014 y 2019, y ahí me tocó vivir un momento muy interesante de crecimiento y profesionalización del sector artesanal en México.
Mi trabajo consistía principalmente en representar a los pequeños productores frente a distintas instancias del gobierno mexicano.
Participábamos en mesas de trabajo con la Secretaría de Economía para temas de normatividad, impuestos, regulación, comercio y exportaciones. También nos tocaba organizar la participación de productores mexicanos en ferias internacionales, en una época donde todavía existían organismos como ProMéxico o el Instituto Nacional del Emprendedor, que apoyaban mucho la internacionalización de industrias emergentes. Entonces, desde muy temprano, mi formación estuvo muy ligada a entender cómo funcionaban las instituciones, las cámaras empresariales, la política pública y las dinámicas de representación gremial.
En todas esas mesas coincidía constantemente con representantes de la industria tequilera, mezcalera, importadores y, por supuesto, con el Consejo Mexicano Vitivinícola. Y yo veía al vino con cierta fascinación, casi con añoranza. No desde la envidia, sino desde la admiración. Porque, aunque yo venía del mundo de las bebidas alcohólicas, sentía que el vino tenía algo distinto.
La cerveza artesanal, por ejemplo, en México no tiene un vínculo tan profundo con la agricultura o el territorio. En cambio, el vino reunía muchísimas dimensiones que a mí siempre me habían interesado: el campo, la gastronomía, la cultura, el turismo, el paisaje, la identidad territorial. Yo veía a los representantes del sector vitivinícola y pensaba: “Qué increíble industria”. Había algo mucho más integral y cultural en el vino.
Después de mi etapa en cerveza artesanal, también trabajé un tiempo en temas relacionados con la industria tequilera y posteriormente realicé consultorías vinculadas al mezcal, particularmente con el gobierno de Oaxaca, que es uno de los estados más importantes para la producción mezcalera en México. Ahí seguí profundizando mucho más en temas territoriales, patrimoniales y culturales asociados a las bebidas tradicionales mexicanas.
Y fue justamente estando en Oaxaca cuando el Consejo Mexicano Vitivinícola me buscó para invitarme a participar en el proceso para asumir la dirección general. Yo creo que hubo dos cosas que jugaron mucho a mi favor en ese momento. La primera era que conocía muy bien el ecosistema institucional mexicano: entendía cómo operaban las secretarías, las cámaras empresariales, la política pública y las relaciones con el gobierno federal.
Además, coincidía con un momento político muy importante, porque estaba entrando una nueva administración presidencial en México, la del presidente Andrés Manuel López Obrador, y el Consejo necesitaba alguien que pudiera moverse bien dentro de ese nuevo escenario institucional.
La segunda fortaleza que tenía era la comunicación. Honestamente, de vino sabía muy poco en ese momento. Yo no venía de una formación técnica vitivinícola ni enológica. Pero sí sabía comunicar, sabía relacionarme con medios, sabía construir narrativas y entendía muy bien cómo posicionar industrias y productos dentro de conversaciones públicas y políticas. Entonces me tocó estudiar muchísimo y muy rápido. Y ahí ocurrió algo que fue decisivo para mí: me enamoré completamente del vino.
Me enamoré no solamente del producto, sino de todo lo que representa. Del trabajo agrícola, de la gente detrás de las bodegas, del valor cultural del vino, de las historias familiares, de los territorios y de la enorme complejidad que existe detrás de una copa. Creo que ahí entendí que el vino no es simplemente una bebida: es una expresión cultural completa. Y desde entonces ha sido una industria que me atrapó profundamente, tanto en lo profesional como en lo personal.
2. Has participado activamente en procesos de articulación y fortalecimiento institucional del vino mexicano. Desde tu experiencia, ¿cómo describirías la evolución profesional de la industria en las últimas décadas?
Paz Austin:
A mí me tocó llegar al Consejo Mexicano Vitivinícola en un momento particularmente complejo y desafiante. Entré oficialmente en octubre de 2019 y, apenas unos meses después, en marzo de 2020, el mundo entero entró en pandemia. Entonces, gran parte de mi llegada al vino mexicano coincidió con uno de los períodos más difíciles que ha vivido la industria contemporánea.
Y creo que justamente esa crisis aceleró muchos procesos que probablemente habrían tardado años en consolidarse. El COVID-19 obligó a reorganizar completamente la industria. De pronto, las bodegas entendieron que necesitaban actuar colectivamente y que requerían una sola voz frente al gobierno federal y frente a las distintas instituciones del país. Cuando yo llegué, el Consejo Mexicano Vitivinícola tenía más de setenta años de existencia, pero seguía siendo una industria bastante fragmentada, con visiones regionales muy separadas y con poca coordinación entre productores y estados vitivinícolas.
La pandemia hizo evidente que esa fragmentación ya no funcionaba. Entonces comenzó a ocurrir algo muy interesante: las bodegas empezaron a alinearse detrás del Consejo como una entidad verdaderamente representativa. Se adoptaron protocolos comunes, se coordinaron acciones conjuntas y el Consejo comenzó a operar realmente como una voz nacional de la industria vitivinícola mexicana.
Ahí creo que me ayudó mucho la experiencia previa que yo traía desde otros sectores, particularmente mi capacidad de cabildeo y de relacionamiento institucional. Logramos que el gobierno entendiera que la actividad vitivinícola no era solamente un tema de lujo o consumo, sino una actividad agrícola y productiva fundamental para muchas regiones del país. Eso permitió que el campo vitivinícola fuera reconocido como actividad esencial durante la pandemia, algo muy importante en un momento donde había muy poco conocimiento sobre la dimensión económica, territorial y agrícola del vino mexicano.
Porque además México tiene una situación muy particular: aunque históricamente fue el primer territorio del continente americano donde se desarrolló la vitivinicultura europea, la actividad ha tenido muchos momentos de interrupción, vacíos históricos y períodos donde prácticamente desapareció por razones políticas, económicas o culturales. Entonces existía todavía un gran desconocimiento sobre la relevancia histórica y patrimonial del vino dentro de México.
La pandemia, paradójicamente, ayudó a consolidar esta nueva etapa de crecimiento. Nos permitió posicionar al vino mexicano como una actividad capaz de generar desarrollo económico, turismo, identidad territorial y recuperación regional después de la crisis sanitaria. Ahí comenzó un trabajo mucho más articulado con distintas dependencias del Estado mexicano, como la Secretaría de Turismo, la Secretaría de Cultura y otras instituciones que empezaron a ver al vino como una herramienta de desarrollo territorial.
También fue un período donde se fortalecieron muchísimo las misiones comerciales internacionales y la participación de México en foros globales del vino. Empezamos a viajar más, a participar en encuentros internacionales, a recibir turismo extranjero y a mostrar que México estaba viviendo un verdadero renacimiento vitivinícola.
Y probablemente uno de los hitos más importantes de ese proceso fue la instauración oficial del Día Nacional del Vino Mexicano, celebrado cada 7 de octubre. Eso fue algo profundamente simbólico e histórico para nosotros. Fue la primera vez que una bebida tradicional mexicana recibió una efeméride nacional por decreto presidencial. Ni siquiera el tequila —que es probablemente el gran emblema internacional de México— tenía ese reconocimiento formal.
Entonces, más allá de lo simbólico, eso reflejaba algo mucho más profundo: el vino comenzó a ser entendido dentro de México como patrimonio cultural, como actividad agrícola estratégica y como motor económico para muchas regiones productoras. Creo que ahí empieza realmente una nueva etapa para la vitivinicultura mexicana contemporánea.
3. Actualmente lideras Mujeres in Taninos. ¿Cómo nace esta iniciativa y cuál es su propósito dentro de la industria vitivinícola?
Paz Austin:
Para mí siempre ha sido muy importante ocupar espacios donde históricamente las mujeres no habían tenido demasiada visibilidad o participación en posiciones de liderazgo. Desde mis primeros años en la industria de la cerveza artesanal mexicana me di cuenta de que estaba entrando a sectores profundamente masculinizados, particularmente porque están muy ligados al campo, a la producción y a estructuras empresariales tradicionalmente dirigidas por hombres.
Cuando llegué a la cerveza artesanal mexicana era de las pocas mujeres en cargos directivos y además era la directora de la asociación nacional. Eso generaba mucha atención mediática y también mucha curiosidad dentro de la propia industria. Y aunque en algún momento eso funcionó incluso como una especie de estrategia involuntaria de posicionamiento personal, con el tiempo entendí que detrás de eso había algo mucho más importante: la necesidad de abrir camino para otras mujeres.
Después, cuando asumí la dirección del Consejo Mexicano Vitivinícola, volvió a ocurrir algo similar. Era una de las primeras mujeres en dirigir una institución histórica dentro del vino mexicano. Y ahí entendí todavía con más claridad que la visibilidad también implica responsabilidad. Porque cuando tú tienes acceso a ciertos espacios, contactos o plataformas, también tienes la obligación de ayudar a que otras mujeres puedan acceder a esas oportunidades.
Entonces, en 2021, tres mujeres extraordinarias me buscaron con la idea de crear una organización vinculada a las mujeres del vino: Agostina Teguiano, enóloga argentina radicada en México; Viviana Parra, colombiana dedicada a la comercialización y distribución de vino; y Joanna Vallejos, sommelier enfocada en educación y promoción. Y eso me pareció muy interesante porque reflejaba distintas dimensiones de la industria: la parte productiva, la comercial y la educativa.
Cuando me presentaron la idea, yo les dije algo muy claro: “si lo vamos a hacer, hagámoslo en serio”. Les insistí mucho en que no fuera solamente un grupo informal o una comunidad simbólica, sino una verdadera asociación profesional, con estructura, acta constitutiva, organización y objetivos concretos. Y así nació Mujeres in Taninos.
En un comienzo yo apoyé el proyecto desde mi posición dentro del Consejo Mexicano Vitivinícola. Después ocurrieron varias cosas en mi trayectoria profesional —mi paso por la Organización Internacional de la Viña y el Vino, estudios, otros proyectos— y cuando regresé me pidieron ayuda para formalizar mucho más la asociación. Entonces desarrollamos un plan de trabajo más institucional y comenzamos a consolidar la organización.
Hoy somos 143 mujeres organizadas a nivel nacional en siete capítulos dentro de México, y ya estamos trabajando para abrir capítulos internacionales en España y Colombia. Y bueno, ojalá próximamente también en Chile.
Pero más allá del crecimiento numérico, lo importante es el propósito de la organización. Nuestro principal objetivo es visibilizar el trabajo de las mujeres dentro de toda la cadena productiva del vino. Porque muchas veces se piensa únicamente en la figura visible de la sommelier o la comunicadora, pero las mujeres están presentes en absolutamente todas las áreas: producción, agronomía, comercialización, logística, educación, hospitalidad, exportaciones, administración y liderazgo empresarial.
Otro eje fundamental es la capacitación. Queríamos construir un modelo realmente accesible, tanto económicamente como en términos prácticos. Por ejemplo, cuidamos mucho los horarios de las actividades para que puedan participar mujeres que además son madres o cuidadoras y que normalmente quedan fuera de muchos espacios de formación profesional. La cuota anual es muy accesible y ofrecemos muchísimas actividades de formación.
Tenemos entre tres y seis charlas mensuales sobre temas muy diversos: regulación, marketing, liderazgo, ventas, regiones vitivinícolas del mundo, temas técnicos, comercialización, comunicación y tendencias de consumo. Y algo que para mí es muy importante: hablamos también de dinero, de salarios, de redes de apoyo y de construcción de oportunidades reales de negocios.
Porque todavía sigue siendo muy complejo para muchas mujeres acceder a posiciones de liderazgo dentro de industrias vinculadas al campo. Y creo que ya no basta solamente con hablar de representación simbólica; necesitamos construir herramientas concretas de crecimiento profesional y económico para las mujeres dentro del vino.
Paz Austin:
Para mí siempre ha sido muy importante ocupar espacios donde históricamente las mujeres no habían tenido demasiada visibilidad o participación en posiciones de liderazgo. Desde mis primeros años en la industria de la cerveza artesanal mexicana me di cuenta de que estaba entrando a sectores profundamente masculinizados, particularmente porque están muy ligados al campo, a la producción y a estructuras empresariales tradicionalmente dirigidas por hombres.
Cuando llegué a la cerveza artesanal mexicana era de las pocas mujeres en cargos directivos y además era la directora de la asociación nacional. Eso generaba mucha atención mediática y también mucha curiosidad dentro de la propia industria. Y aunque en algún momento eso funcionó incluso como una especie de estrategia involuntaria de posicionamiento personal, con el tiempo entendí que detrás de eso había algo mucho más importante: la necesidad de abrir camino para otras mujeres.
Después, cuando asumí la dirección del Consejo Mexicano Vitivinícola, volvió a ocurrir algo similar. Era una de las primeras mujeres en dirigir una institución histórica dentro del vino mexicano. Y ahí entendí todavía con más claridad que la visibilidad también implica responsabilidad. Porque cuando tú tienes acceso a ciertos espacios, contactos o plataformas, también tienes la obligación de ayudar a que otras mujeres puedan acceder a esas oportunidades.
Entonces, en 2021, tres mujeres extraordinarias me buscaron con la idea de crear una organización vinculada a las mujeres del vino: Agostina Teguiano, enóloga argentina radicada en México; Viviana Parra, colombiana dedicada a la comercialización y distribución de vino; y Joanna Vallejos, sommelier enfocada en educación y promoción. Y eso me pareció muy interesante porque reflejaba distintas dimensiones de la industria: la parte productiva, la comercial y la educativa.
Cuando me presentaron la idea, yo les dije algo muy claro: “si lo vamos a hacer, hagámoslo en serio”. Les insistí mucho en que no fuera solamente un grupo informal o una comunidad simbólica, sino una verdadera asociación profesional, con estructura, acta constitutiva, organización y objetivos concretos. Y así nació Mujeres in Taninos.
En un comienzo yo apoyé el proyecto desde mi posición dentro del Consejo Mexicano Vitivinícola. Después ocurrieron varias cosas en mi trayectoria profesional —mi paso por la Organización Internacional de la Viña y el Vino, estudios, otros proyectos— y cuando regresé me pidieron ayuda para formalizar mucho más la asociación. Entonces desarrollamos un plan de trabajo más institucional y comenzamos a consolidar la organización.
Hoy somos 143 mujeres organizadas a nivel nacional en siete capítulos dentro de México, y ya estamos trabajando para abrir capítulos internacionales en España y Colombia. Y bueno, ojalá próximamente también en Chile.
Pero más allá del crecimiento numérico, lo importante es el propósito de la organización. Nuestro principal objetivo es visibilizar el trabajo de las mujeres dentro de toda la cadena productiva del vino. Porque muchas veces se piensa únicamente en la figura visible de la sommelier o la comunicadora, pero las mujeres están presentes en absolutamente todas las áreas: producción, agronomía, comercialización, logística, educación, hospitalidad, exportaciones, administración y liderazgo empresarial.
Otro eje fundamental es la capacitación. Queríamos construir un modelo realmente accesible, tanto económicamente como en términos prácticos. Por ejemplo, cuidamos mucho los horarios de las actividades para que puedan participar mujeres que además son madres o cuidadoras y que normalmente quedan fuera de muchos espacios de formación profesional. La cuota anual es muy accesible y ofrecemos muchísimas actividades de formación.
Tenemos entre tres y seis charlas mensuales sobre temas muy diversos: regulación, marketing, liderazgo, ventas, regiones vitivinícolas del mundo, temas técnicos, comercialización, comunicación y tendencias de consumo. Y algo que para mí es muy importante: hablamos también de dinero, de salarios, de redes de apoyo y de construcción de oportunidades reales de negocios.
Porque todavía sigue siendo muy complejo para muchas mujeres acceder a posiciones de liderazgo dentro de industrias vinculadas al campo. Y creo que ya no basta solamente con hablar de representación simbólica; necesitamos construir herramientas concretas de crecimiento profesional y económico para las mujeres dentro del vino.
El gran vino joven del mundo
4. Durante años el vino mexicano fue visto como una industria periférica o emergente frente a otras tradiciones vitivinícolas. ¿Qué define hoy, a tu juicio, la identidad del vino mexicano?
Paz Austin:
Primero, creo que el vino mexicano todavía necesita muchísimo más reconocimiento dentro de México. Y eso ha sido una lucha importante en los últimos años: lograr que el vino mexicano sea entendido no como una bebida ajena o importada culturalmente, sino como una bebida profundamente vinculada a nuestra propia historia y tradición.
Porque muchas veces en México se piensa que el vino pertenece más a Europa que a nosotros, cuando en realidad México tiene una historia vitivinícola larguísima y muy rica. El vino llegó muy temprano a la Nueva España y está profundamente ligado al desarrollo territorial, a las misiones, a la construcción de comunidades y a buena parte de la historia agrícola del país. Tiene una historia preciosa, muy completa y muy profunda.
Pero también es cierto que el vino mexicano ha vivido etapas muy oscuras. Ha tenido muchísimas pausas históricas, momentos donde la actividad prácticamente desapareció o perdió continuidad por razones políticas, guerras internas, transformaciones económicas e incluso temas culturales y sociales. Entonces, a diferencia de otras regiones vitivinícolas del mundo que tuvieron una evolución más continua, México perdió muchas veces el hilo de su propia memoria vitivinícola.
Por eso digo que el vino mexicano hoy es una paradoja muy interesante: tiene muchísimos años de historia, pero al mismo tiempo es un vino muy joven. Es un vino que apenas está descubriendo quién es realmente. Y creo que justamente ahí está una de sus mayores fortalezas.
Además, México tiene una situación muy distinta a la de muchas regiones europeas. Aquí todavía no existen estructuras tan rígidas de regulación, denominaciones o consejos reguladores que limiten tanto la experimentación. Y eso ha permitido que el vino mexicano tenga muchísima libertad creativa. La identidad del vino mexicano todavía se está construyendo y eso puede ser algo muy positivo si sabemos aprovecharlo.
Y en ese proceso creo que las nuevas generaciones están jugando un papel fundamental. Mucha gente dice que la generación Z dejó de consumir vino, pero yo no estoy de acuerdo. Yo creo que la generación Z simplemente dejó de consumir ciertos estilos de vino que ya no le decían nada. Durante muchos años el vino mexicano intentó parecerse demasiado a modelos europeos. Había una especie de obsesión por hacer vinos que fueran un “copy paste” de estilos franceses o españoles, y eso terminó alejando a muchos consumidores jóvenes.
Lo que hoy está ocurriendo es algo mucho más interesante: están apareciendo proyectos mucho más honestos con el territorio, con las variedades, con las condiciones climáticas y con las expresiones reales de cada región. Veo productores que ya no están intentando copiar otra identidad, sino descubrir la propia.
Y eso está permitiendo que regiones que antes parecían periféricas o invisibles empiecen a mostrar perfiles únicos. Lugares como Aguascalientes, San Luis Potosí o incluso zonas mucho más tropicales están comenzando a enseñarnos a qué sabe realmente el vino mexicano. Y no porque antes no existieran, sino porque nadie les había puesto suficiente atención.
Yo he probado vinos mexicanos recientes que sinceramente me parecen extraordinarios justamente porque ya no intentan parecerse a otra cosa. Recuerdo particularmente un pét-nat de Grenache de Los Altos Norte, en Jalisco, elaborado con prácticas orgánicas y regenerativas, que presentamos ante representantes internacionales de regiones históricas como Champagne, Borgoña o Jerez. Y lo más interesante fue que muchos de ellos dijeron: “Este es el único vino que realmente sabe distinto a todo lo demás”.
Y creo que ahí está el futuro. En vinos que reflejen honestamente su lugar de origen, sus climas, sus paisajes y sus formas propias de entender la agricultura y la cultura.
Por eso yo definiría al vino mexicano como “el gran vino joven del mundo”. Un vino que tiene siglos de historia, pero que apenas está comenzando a descubrir su verdadera identidad. Y justamente por eso tiene hoy una libertad enorme para reinventarse, experimentar y construir algo completamente propio.
5. El vino global atraviesa profundas transformaciones: cambio climático, nuevos consumidores y caída del consumo tradicional. ¿Cómo observas este escenario?
Paz Austin:
Yo no creo que estemos frente a una crisis terminal del vino. Creo que lo que estamos viviendo es una transformación profunda de la industria y, sobre todo, una transformación cultural del consumo. Y pienso que gran parte del problema es que mucha gente dentro del sector no ha querido escuchar realmente al nuevo consumidor.
La gastronomía cambió, la hospitalidad cambió y las formas de relacionarnos con la comida y la bebida también cambiaron. Hoy los restaurantes más interesantes del mundo ya no necesariamente son esos espacios clásicos de manteles largos, servicio rígido y códigos extremadamente formales. Las nuevas generaciones están buscando otro tipo de experiencias: lugares más auténticos, más cercanos, más honestos y más coherentes con su forma de vivir.
Ayer justamente hablábamos de eso con Marimar Torres en un desayuno. Conversábamos sobre cómo no solamente cambió el vino, sino también cambió completamente la gastronomía contemporánea. Hoy puedes encontrar restaurantes con estrellas Michelin que funcionan en espacios muy simples, con mesas de madera sin manteles, donde un barbecue puede tener reconocimiento internacional o donde un restaurante completamente vegano puede convertirse en una experiencia gastronómica extraordinaria.
Y eso también se refleja en el vino. El consumidor sigue tomando vino, pero ya no necesariamente quiere los vinos de siempre, ni los estilos de siempre, ni las experiencias tradicionales que dominaron durante décadas. Entonces, cuando algunos sectores dicen que “la gente dejó de consumir vino”, yo creo que en realidad lo que ocurrió es que el consumidor dejó de conectar con ciertos modelos de vino y con ciertas maneras de entender la industria.
Durante muchos años hubo productores que asumieron que el crecimiento del vino iba a ser infinito. Se hicieron inversiones enormes pensando en un consumo que siempre iba a seguir creciendo. Y eso llevó a una lógica muy masiva: vinos homogéneos, vinos sin alma, vinos construidos para satisfacer mercados gigantescos más que para expresar identidad o territorio.
Entonces, claro, cuando el mercado se abrió, cuando aparecieron más opciones, cuando cambió la gastronomía y comenzaron a surgir consumidores más curiosos y diversos, muchos de esos vinos dejaron de tener sentido para la gente. Antes quizá había una sola etiqueta dominando toda una carta de restaurante; hoy hay cinco, diez o veinte opciones distintas. Y eso es positivo. Significa que existe mayor diversidad y mayor libertad para el consumidor.
Yo creo que ahora estamos regresando a lo esencial. Estamos volviendo a valorar los vinos con identidad, los vinos donde existe una conexión real con el productor, con el paisaje y con el territorio. Vinos que dialogan mejor con la gastronomía contemporánea y con las sensibilidades culturales actuales.
Porque el consumidor actual quiere autenticidad. Quiere historias verdaderas. Quiere productos que tengan coherencia ética y cultural. Ya no basta solamente con hacer un vino técnicamente correcto o comercialmente exitoso. Hoy importa muchísimo quién lo produce, cómo se produce, qué territorio representa y qué historia hay detrás.
Y creo también que parte de esta crisis tiene relación con algo más profundo: durante muchos años el vino se alejó demasiado de su naturaleza agrícola. Se empezó a pensar únicamente como un negocio financiero o como un producto de lujo desconectado de la tierra. Y eso es muy peligroso.
Porque finalmente el vino, antes que cualquier otra cosa, es un producto agrícola. Depende del clima, del agua, del suelo, de las personas que trabajan el campo y de ecosistemas vivos. Y cuando la industria olvida eso, pierde también gran parte de su sentido cultural y humano.
6. En distintos países se habla de sostenibilidad, identidad territorial y experiencias culturales vinculadas al vino. ¿Crees que América Latina tiene una oportunidad particular en este nuevo escenario global?
Paz Austin:
Sí. Absolutamente. Yo realmente creo que América Latina tiene hoy una oportunidad enorme y, de hecho, creo que América Latina es el futuro del lujo cultural.
Durante mucho tiempo el mundo entendió el lujo desde una lógica muy eurocentrista: ciertas arquitecturas, ciertas gastronomías, ciertos códigos culturales, ciertas formas de hospitalidad. Pero hoy el consumidor global está buscando algo distinto. Está buscando autenticidad, experiencias reales, identidad, territorio y conexión cultural. Y ahí América Latina tiene muchísimo que ofrecer.
Nuestra región posee una riqueza cultural gigantesca. Está en nuestra gastronomía, en nuestros textiles, en las artesanías, en la música, en los colores, en los paisajes, en nuestras formas de celebrar, en nuestras tradiciones agrícolas y en la manera en que habitamos el territorio. Y el vino tiene que entenderse como parte de todo ese ecosistema cultural, no como una cultura aparte o importada desde Europa.
Yo creo que uno de los grandes errores históricos —y particularmente en México— fue intentar presentar el vino como algo ajeno a nuestra identidad. Como si el vino perteneciera a otro mundo cultural distinto al nuestro. Y eso generó una especie de distancia artificial entre el vino y las tradiciones latinoamericanas.
Pero el vino no tiene por qué competir con nuestras culturas locales. Al contrario: tiene que integrarse a ellas. Porque el vino es solamente un elemento más dentro de una cultura mucho más amplia. Ahí está la literatura, ahí está la música, ahí está la gastronomía, ahí están nuestras fiestas populares, nuestras artesanías, nuestros sabores y nuestras memorias colectivas. El vino tiene que dialogar con todo eso.
Y por eso creo que seguir reproduciendo modelos europeos sin reflexión es un error. A veces pareciera que todavía seguimos intentando validar el vino latinoamericano únicamente cuando se parece a Europa. Y eso limita muchísimo nuestra capacidad de construir identidad propia.
Yo pongo mucho el ejemplo de las vendimias en México. Si seguimos celebrando las fiestas del vino únicamente con tablao español y concursos de paella, estamos perdiendo una oportunidad enorme de expresar quiénes somos realmente. Porque México no es culturalmente homogéneo y tampoco lo son nuestros territorios vitivinícolas. No es lo mismo Baja California que Coahuila, que Guanajuato o que Querétaro. Cada región tiene su propia historia, sus sabores, su música, sus formas de celebrar la cosecha y su relación particular con el campo.
Entonces, si entendemos que las celebraciones agrícolas y alimentarias son distintas en cada territorio, también nuestros vinos deberían reflejar esas diferencias culturales. Ahí está, para mí, el verdadero futuro del vino latinoamericano: en la capacidad de construir identidades regionales auténticas y no solamente replicar modelos importados.
Y además creo que hoy existe una oportunidad histórica porque el mundo está empezando a mirar hacia América Latina con muchísimo interés. La gastronomía mexicana, peruana, argentina o chilena hoy tienen reconocimiento internacional enorme. Hay un interés creciente por nuestras cocinas, por nuestros ingredientes, por nuestras tradiciones agrícolas y por nuestras experiencias culturales. Entonces el vino debería aprovechar ese momento y posicionarse como parte de esa conversación cultural latinoamericana más amplia.
Porque, finalmente, lo más auténtico que tenemos como región no es intentar parecernos a otros, sino justamente aquello que nos hace distintos.
7. Finalmente, pensando en el futuro, ¿cómo imaginas el desarrollo del vino mexicano en los próximos 20 años?
Paz Austin:
Yo creo que vienen cambios muy fuertes para la industria y, honestamente, también creo que van a ser cambios duros pero necesarios. Va a haber un golpe de realidad y también un golpe de ego para muchos sectores del vino. Porque durante años hubo una parte de la industria que se acostumbró a ciertas dinámicas de crecimiento, de prestigio y de consumo que ya no necesariamente corresponden al mundo que viene.
Y pienso que quienes no entiendan esa transformación probablemente van a tener muchísimas dificultades en el futuro. Porque el vino ya no puede seguir construyéndose solamente desde la lógica del prestigio o desde la ambición comercial desconectada del territorio. El consumidor cambió muchísimo y hoy está mirando otras cosas.
Creo que el futuro del vino mexicano dependerá, sobre todo, de quiénes entiendan realmente la importancia del campo, de la sostenibilidad y de la autenticidad. Y cuando hablo de sostenibilidad no me refiero únicamente a poner una etiqueta “verde” o a seguir una tendencia de marketing. Hablo de algo mucho más profundo: del cuidado real de los recursos naturales y de los ecosistemas que hacen posible la vitivinicultura.
El enoturismo, por ejemplo, va a ser fundamental. Pero no cualquier enoturismo. Va a ser importante construir experiencias coherentes con el territorio, donde exista una verdadera conexión con el paisaje, con las comunidades y con las prácticas agrícolas responsables. También el cuidado del agua va a ser absolutamente decisivo para regiones como las nuestras. Y lo mismo ocurre con las prácticas regenerativas, la conservación de los suelos y la protección integral de los ecosistemas vitivinícolas.
Porque si no cuidamos los territorios, simplemente se acabará el vino. Así de claro. A veces siento que algunos productores todavía creen que estos temas son una moda pasajera o una tendencia estética, pero no lo son. Esto es una urgencia real. Y tiene que ver no solamente con el futuro económico de la industria, sino con la protección del patrimonio vitivinícola mismo.
Si una región pierde el agua, si destruye sus ecosistemas o si agota sus recursos naturales, se acaba también la posibilidad de producir vino en el largo plazo. Entonces aquellos productores que siguen pensando únicamente desde el negocio inmediato o desde el ego empresarial probablemente van a enfrentar un escenario muy difícil.
Y además el consumidor ya está observando eso. El consumidor actual sí se preocupa por estos temas. Le importa cómo se produce el vino, qué impacto tiene, cómo se relaciona una bodega con su territorio y si existe coherencia ética detrás del discurso. Cada vez más personas elegirán proyectos que trabajen desde esa conciencia y desde una relación más respetuosa con el campo y con las comunidades.
Yo creo que quienes entiendan esta transformación serán quienes lideren el futuro del vino mexicano. Aquellos que sepan construir vinos auténticos, con identidad, sostenibles y conectados realmente con sus territorios serán los proyectos que permanecerán y que seguirán siendo relevantes para las nuevas generaciones.
Y quienes no lo hagan, probablemente van a quedar fuera de la conversación. Porque el futuro del vino ya no se va a definir solamente por el prestigio o por el volumen de producción, sino por la capacidad de construir sentido, coherencia y responsabilidad en torno al territorio y al acto mismo de producir vino.
Paz Austin:
Primero, creo que el vino mexicano todavía necesita muchísimo más reconocimiento dentro de México. Y eso ha sido una lucha importante en los últimos años: lograr que el vino mexicano sea entendido no como una bebida ajena o importada culturalmente, sino como una bebida profundamente vinculada a nuestra propia historia y tradición.
Porque muchas veces en México se piensa que el vino pertenece más a Europa que a nosotros, cuando en realidad México tiene una historia vitivinícola larguísima y muy rica. El vino llegó muy temprano a la Nueva España y está profundamente ligado al desarrollo territorial, a las misiones, a la construcción de comunidades y a buena parte de la historia agrícola del país. Tiene una historia preciosa, muy completa y muy profunda.
Pero también es cierto que el vino mexicano ha vivido etapas muy oscuras. Ha tenido muchísimas pausas históricas, momentos donde la actividad prácticamente desapareció o perdió continuidad por razones políticas, guerras internas, transformaciones económicas e incluso temas culturales y sociales. Entonces, a diferencia de otras regiones vitivinícolas del mundo que tuvieron una evolución más continua, México perdió muchas veces el hilo de su propia memoria vitivinícola.
Por eso digo que el vino mexicano hoy es una paradoja muy interesante: tiene muchísimos años de historia, pero al mismo tiempo es un vino muy joven. Es un vino que apenas está descubriendo quién es realmente. Y creo que justamente ahí está una de sus mayores fortalezas.
Además, México tiene una situación muy distinta a la de muchas regiones europeas. Aquí todavía no existen estructuras tan rígidas de regulación, denominaciones o consejos reguladores que limiten tanto la experimentación. Y eso ha permitido que el vino mexicano tenga muchísima libertad creativa. La identidad del vino mexicano todavía se está construyendo y eso puede ser algo muy positivo si sabemos aprovecharlo.
Y en ese proceso creo que las nuevas generaciones están jugando un papel fundamental. Mucha gente dice que la generación Z dejó de consumir vino, pero yo no estoy de acuerdo. Yo creo que la generación Z simplemente dejó de consumir ciertos estilos de vino que ya no le decían nada. Durante muchos años el vino mexicano intentó parecerse demasiado a modelos europeos. Había una especie de obsesión por hacer vinos que fueran un “copy paste” de estilos franceses o españoles, y eso terminó alejando a muchos consumidores jóvenes.
Lo que hoy está ocurriendo es algo mucho más interesante: están apareciendo proyectos mucho más honestos con el territorio, con las variedades, con las condiciones climáticas y con las expresiones reales de cada región. Veo productores que ya no están intentando copiar otra identidad, sino descubrir la propia.
Y eso está permitiendo que regiones que antes parecían periféricas o invisibles empiecen a mostrar perfiles únicos. Lugares como Aguascalientes, San Luis Potosí o incluso zonas mucho más tropicales están comenzando a enseñarnos a qué sabe realmente el vino mexicano. Y no porque antes no existieran, sino porque nadie les había puesto suficiente atención.
Yo he probado vinos mexicanos recientes que sinceramente me parecen extraordinarios justamente porque ya no intentan parecerse a otra cosa. Recuerdo particularmente un pét-nat de Grenache de Los Altos Norte, en Jalisco, elaborado con prácticas orgánicas y regenerativas, que presentamos ante representantes internacionales de regiones históricas como Champagne, Borgoña o Jerez. Y lo más interesante fue que muchos de ellos dijeron: “Este es el único vino que realmente sabe distinto a todo lo demás”.
Y creo que ahí está el futuro. En vinos que reflejen honestamente su lugar de origen, sus climas, sus paisajes y sus formas propias de entender la agricultura y la cultura.
Por eso yo definiría al vino mexicano como “el gran vino joven del mundo”. Un vino que tiene siglos de historia, pero que apenas está comenzando a descubrir su verdadera identidad. Y justamente por eso tiene hoy una libertad enorme para reinventarse, experimentar y construir algo completamente propio.
5. El vino global atraviesa profundas transformaciones: cambio climático, nuevos consumidores y caída del consumo tradicional. ¿Cómo observas este escenario?
Paz Austin:
Yo no creo que estemos frente a una crisis terminal del vino. Creo que lo que estamos viviendo es una transformación profunda de la industria y, sobre todo, una transformación cultural del consumo. Y pienso que gran parte del problema es que mucha gente dentro del sector no ha querido escuchar realmente al nuevo consumidor.
La gastronomía cambió, la hospitalidad cambió y las formas de relacionarnos con la comida y la bebida también cambiaron. Hoy los restaurantes más interesantes del mundo ya no necesariamente son esos espacios clásicos de manteles largos, servicio rígido y códigos extremadamente formales. Las nuevas generaciones están buscando otro tipo de experiencias: lugares más auténticos, más cercanos, más honestos y más coherentes con su forma de vivir.
Ayer justamente hablábamos de eso con Marimar Torres en un desayuno. Conversábamos sobre cómo no solamente cambió el vino, sino también cambió completamente la gastronomía contemporánea. Hoy puedes encontrar restaurantes con estrellas Michelin que funcionan en espacios muy simples, con mesas de madera sin manteles, donde un barbecue puede tener reconocimiento internacional o donde un restaurante completamente vegano puede convertirse en una experiencia gastronómica extraordinaria.
Y eso también se refleja en el vino. El consumidor sigue tomando vino, pero ya no necesariamente quiere los vinos de siempre, ni los estilos de siempre, ni las experiencias tradicionales que dominaron durante décadas. Entonces, cuando algunos sectores dicen que “la gente dejó de consumir vino”, yo creo que en realidad lo que ocurrió es que el consumidor dejó de conectar con ciertos modelos de vino y con ciertas maneras de entender la industria.
Durante muchos años hubo productores que asumieron que el crecimiento del vino iba a ser infinito. Se hicieron inversiones enormes pensando en un consumo que siempre iba a seguir creciendo. Y eso llevó a una lógica muy masiva: vinos homogéneos, vinos sin alma, vinos construidos para satisfacer mercados gigantescos más que para expresar identidad o territorio.
Entonces, claro, cuando el mercado se abrió, cuando aparecieron más opciones, cuando cambió la gastronomía y comenzaron a surgir consumidores más curiosos y diversos, muchos de esos vinos dejaron de tener sentido para la gente. Antes quizá había una sola etiqueta dominando toda una carta de restaurante; hoy hay cinco, diez o veinte opciones distintas. Y eso es positivo. Significa que existe mayor diversidad y mayor libertad para el consumidor.
Yo creo que ahora estamos regresando a lo esencial. Estamos volviendo a valorar los vinos con identidad, los vinos donde existe una conexión real con el productor, con el paisaje y con el territorio. Vinos que dialogan mejor con la gastronomía contemporánea y con las sensibilidades culturales actuales.
Porque el consumidor actual quiere autenticidad. Quiere historias verdaderas. Quiere productos que tengan coherencia ética y cultural. Ya no basta solamente con hacer un vino técnicamente correcto o comercialmente exitoso. Hoy importa muchísimo quién lo produce, cómo se produce, qué territorio representa y qué historia hay detrás.
Y creo también que parte de esta crisis tiene relación con algo más profundo: durante muchos años el vino se alejó demasiado de su naturaleza agrícola. Se empezó a pensar únicamente como un negocio financiero o como un producto de lujo desconectado de la tierra. Y eso es muy peligroso.
Porque finalmente el vino, antes que cualquier otra cosa, es un producto agrícola. Depende del clima, del agua, del suelo, de las personas que trabajan el campo y de ecosistemas vivos. Y cuando la industria olvida eso, pierde también gran parte de su sentido cultural y humano.
6. En distintos países se habla de sostenibilidad, identidad territorial y experiencias culturales vinculadas al vino. ¿Crees que América Latina tiene una oportunidad particular en este nuevo escenario global?
Paz Austin:
Sí. Absolutamente. Yo realmente creo que América Latina tiene hoy una oportunidad enorme y, de hecho, creo que América Latina es el futuro del lujo cultural.
Durante mucho tiempo el mundo entendió el lujo desde una lógica muy eurocentrista: ciertas arquitecturas, ciertas gastronomías, ciertos códigos culturales, ciertas formas de hospitalidad. Pero hoy el consumidor global está buscando algo distinto. Está buscando autenticidad, experiencias reales, identidad, territorio y conexión cultural. Y ahí América Latina tiene muchísimo que ofrecer.
Nuestra región posee una riqueza cultural gigantesca. Está en nuestra gastronomía, en nuestros textiles, en las artesanías, en la música, en los colores, en los paisajes, en nuestras formas de celebrar, en nuestras tradiciones agrícolas y en la manera en que habitamos el territorio. Y el vino tiene que entenderse como parte de todo ese ecosistema cultural, no como una cultura aparte o importada desde Europa.
Yo creo que uno de los grandes errores históricos —y particularmente en México— fue intentar presentar el vino como algo ajeno a nuestra identidad. Como si el vino perteneciera a otro mundo cultural distinto al nuestro. Y eso generó una especie de distancia artificial entre el vino y las tradiciones latinoamericanas.
Pero el vino no tiene por qué competir con nuestras culturas locales. Al contrario: tiene que integrarse a ellas. Porque el vino es solamente un elemento más dentro de una cultura mucho más amplia. Ahí está la literatura, ahí está la música, ahí está la gastronomía, ahí están nuestras fiestas populares, nuestras artesanías, nuestros sabores y nuestras memorias colectivas. El vino tiene que dialogar con todo eso.
Y por eso creo que seguir reproduciendo modelos europeos sin reflexión es un error. A veces pareciera que todavía seguimos intentando validar el vino latinoamericano únicamente cuando se parece a Europa. Y eso limita muchísimo nuestra capacidad de construir identidad propia.
Yo pongo mucho el ejemplo de las vendimias en México. Si seguimos celebrando las fiestas del vino únicamente con tablao español y concursos de paella, estamos perdiendo una oportunidad enorme de expresar quiénes somos realmente. Porque México no es culturalmente homogéneo y tampoco lo son nuestros territorios vitivinícolas. No es lo mismo Baja California que Coahuila, que Guanajuato o que Querétaro. Cada región tiene su propia historia, sus sabores, su música, sus formas de celebrar la cosecha y su relación particular con el campo.
Entonces, si entendemos que las celebraciones agrícolas y alimentarias son distintas en cada territorio, también nuestros vinos deberían reflejar esas diferencias culturales. Ahí está, para mí, el verdadero futuro del vino latinoamericano: en la capacidad de construir identidades regionales auténticas y no solamente replicar modelos importados.
Y además creo que hoy existe una oportunidad histórica porque el mundo está empezando a mirar hacia América Latina con muchísimo interés. La gastronomía mexicana, peruana, argentina o chilena hoy tienen reconocimiento internacional enorme. Hay un interés creciente por nuestras cocinas, por nuestros ingredientes, por nuestras tradiciones agrícolas y por nuestras experiencias culturales. Entonces el vino debería aprovechar ese momento y posicionarse como parte de esa conversación cultural latinoamericana más amplia.
Porque, finalmente, lo más auténtico que tenemos como región no es intentar parecernos a otros, sino justamente aquello que nos hace distintos.
7. Finalmente, pensando en el futuro, ¿cómo imaginas el desarrollo del vino mexicano en los próximos 20 años?
Paz Austin:
Yo creo que vienen cambios muy fuertes para la industria y, honestamente, también creo que van a ser cambios duros pero necesarios. Va a haber un golpe de realidad y también un golpe de ego para muchos sectores del vino. Porque durante años hubo una parte de la industria que se acostumbró a ciertas dinámicas de crecimiento, de prestigio y de consumo que ya no necesariamente corresponden al mundo que viene.
Y pienso que quienes no entiendan esa transformación probablemente van a tener muchísimas dificultades en el futuro. Porque el vino ya no puede seguir construyéndose solamente desde la lógica del prestigio o desde la ambición comercial desconectada del territorio. El consumidor cambió muchísimo y hoy está mirando otras cosas.
Creo que el futuro del vino mexicano dependerá, sobre todo, de quiénes entiendan realmente la importancia del campo, de la sostenibilidad y de la autenticidad. Y cuando hablo de sostenibilidad no me refiero únicamente a poner una etiqueta “verde” o a seguir una tendencia de marketing. Hablo de algo mucho más profundo: del cuidado real de los recursos naturales y de los ecosistemas que hacen posible la vitivinicultura.
El enoturismo, por ejemplo, va a ser fundamental. Pero no cualquier enoturismo. Va a ser importante construir experiencias coherentes con el territorio, donde exista una verdadera conexión con el paisaje, con las comunidades y con las prácticas agrícolas responsables. También el cuidado del agua va a ser absolutamente decisivo para regiones como las nuestras. Y lo mismo ocurre con las prácticas regenerativas, la conservación de los suelos y la protección integral de los ecosistemas vitivinícolas.
Porque si no cuidamos los territorios, simplemente se acabará el vino. Así de claro. A veces siento que algunos productores todavía creen que estos temas son una moda pasajera o una tendencia estética, pero no lo son. Esto es una urgencia real. Y tiene que ver no solamente con el futuro económico de la industria, sino con la protección del patrimonio vitivinícola mismo.
Si una región pierde el agua, si destruye sus ecosistemas o si agota sus recursos naturales, se acaba también la posibilidad de producir vino en el largo plazo. Entonces aquellos productores que siguen pensando únicamente desde el negocio inmediato o desde el ego empresarial probablemente van a enfrentar un escenario muy difícil.
Y además el consumidor ya está observando eso. El consumidor actual sí se preocupa por estos temas. Le importa cómo se produce el vino, qué impacto tiene, cómo se relaciona una bodega con su territorio y si existe coherencia ética detrás del discurso. Cada vez más personas elegirán proyectos que trabajen desde esa conciencia y desde una relación más respetuosa con el campo y con las comunidades.
Yo creo que quienes entiendan esta transformación serán quienes lideren el futuro del vino mexicano. Aquellos que sepan construir vinos auténticos, con identidad, sostenibles y conectados realmente con sus territorios serán los proyectos que permanecerán y que seguirán siendo relevantes para las nuevas generaciones.
Y quienes no lo hagan, probablemente van a quedar fuera de la conversación. Porque el futuro del vino ya no se va a definir solamente por el prestigio o por el volumen de producción, sino por la capacidad de construir sentido, coherencia y responsabilidad en torno al territorio y al acto mismo de producir vino.
Palabras al cierre
La conversación con Paz Austin Quiñones permite comprender no sólo el momento que vive actualmente el vino mexicano, sino también las profundas transformaciones culturales que atraviesa hoy la vitivinicultura global.
Su trayectoria refleja una nueva generación de liderazgos dentro del mundo del vino: figuras capaces de articular industria, territorio, comunicación, sostenibilidad e identidad cultural en un mismo horizonte de desarrollo.
A lo largo de esta entrevista aparece una idea especialmente relevante: el futuro del vino ya no dependerá únicamente de la calidad técnica de sus productos, sino de la capacidad de construir autenticidad, sentido territorial y coherencia cultural frente a consumidores cada vez más conscientes y exigentes.
En ese contexto, México parece estar viviendo un momento particularmente interesante. Un proceso donde el vino comienza a reconocerse no como una expresión importada, sino como parte de una historia, una agricultura y una cultura propias que aún continúan redescubriéndose.
Pero quizás uno de los aspectos más valiosos de esta conversación es la reflexión sobre América Latina. La idea de que nuestros vinos no deben limitarse a reproducir modelos ajenos, sino aprender a dialogar con nuestras propias gastronomías, paisajes, memorias y tradiciones culturales.
Finalmente, el gran desafío del vino latinoamericano no es parecerse a otros países vitivinícolas del mundo, sino aprender a expresar, con mayor honestidad y profundidad, aquello que nos hace únicos.
Su trayectoria refleja una nueva generación de liderazgos dentro del mundo del vino: figuras capaces de articular industria, territorio, comunicación, sostenibilidad e identidad cultural en un mismo horizonte de desarrollo.
A lo largo de esta entrevista aparece una idea especialmente relevante: el futuro del vino ya no dependerá únicamente de la calidad técnica de sus productos, sino de la capacidad de construir autenticidad, sentido territorial y coherencia cultural frente a consumidores cada vez más conscientes y exigentes.
En ese contexto, México parece estar viviendo un momento particularmente interesante. Un proceso donde el vino comienza a reconocerse no como una expresión importada, sino como parte de una historia, una agricultura y una cultura propias que aún continúan redescubriéndose.
Pero quizás uno de los aspectos más valiosos de esta conversación es la reflexión sobre América Latina. La idea de que nuestros vinos no deben limitarse a reproducir modelos ajenos, sino aprender a dialogar con nuestras propias gastronomías, paisajes, memorias y tradiciones culturales.
Finalmente, el gran desafío del vino latinoamericano no es parecerse a otros países vitivinícolas del mundo, sino aprender a expresar, con mayor honestidad y profundidad, aquello que nos hace únicos.