Articulo #252
Entrevista: Pensar el vino, experiencia, percepción y cultura en la mirada de Claudia Gacitúa

Entrevista: Pensar el vino, experiencia, percepción y cultura en la mirada de Claudia Gacitúa

POR GONZALO ROJAS

MAYO DEL 2026

La nueva sección de entrevistas de VINÍFERA Editorial surge como un espacio de reflexión, diálogo y pensamiento crítico en torno a los grandes procesos de transformación que atraviesan hoy la vitivinicultura, la gastronomía y el turismo contemporáneo. Más que una serie de perfiles o conversaciones biográficas, esta iniciativa busca registrar ideas en movimiento: visiones capaces de interrogar los paradigmas tradicionales, abrir nuevas preguntas y proponer otras formas de comprender la relación entre cultura, territorio, experiencia y alimentación.

A través de voces provenientes de la academia, la industria y el mundo creativo, esta sección aspira a contribuir a la construcción de un campo intelectual más articulado, donde el conocimiento interdisciplinario, la experiencia profesional y la capacidad de innovación dialoguen como herramientas fundamentales para el desarrollo cultural y estratégico de estos sectores. En un escenario marcado por cambios en los hábitos de consumo, nuevas sensibilidades generacionales y profundas transformaciones en los lenguajes de comunicación, resulta cada vez más necesario abrir espacios para pensar críticamente el presente y el futuro de estas industrias.

En ese contexto, la figura de Claudia Gacitúa Meneses ocupa un lugar particularmente relevante. Su trayectoria —que articula comunicación, gastronomía, sommeliería y estudios en ciencias de la comunicación— ha contribuido a instalar una mirada interdisciplinaria sobre el vino y la alimentación, desplazando el foco desde una comprensión exclusivamente técnica hacia una dimensión más amplia, donde la percepción, la experiencia, el lenguaje y la construcción de sentido adquieren un rol central.

Impulsora de los primeros diplomados en comunicación del vino y estudios gastronómicos en la Universidad Andrés Bello, Gacitúa ha desarrollado una reflexión crítica sobre los modos en que el vino y la gastronomía son enseñados, comunicados y experimentados en la actualidad. Su trabajo propone entender estos ámbitos no solo como actividades productivas, sino como fenómenos culturales complejos, atravesados por memorias, identidades, emociones y formas de relación social.

La siguiente entrevista explora precisamente ese cruce entre academia, industria y cultura, abordando sus referentes intelectuales, su experiencia formativa y su visión sobre los desafíos que enfrentan hoy el vino y la gastronomía frente a las nuevas generaciones, los cambios en las audiencias y la necesidad de construir relatos capaces de generar experiencias significativas y culturalmente relevantes.
GR: Tu formación integra periodismo, sommeliería y cocina, además de estudios de posgrado en ciencias de la comunicación. ¿Cómo se ha ido construyendo esa trayectoria interdisciplinaria y en qué momento identificas que estos campos dejan de ser paralelos para convertirse en una propuesta profesional coherente?

CG: Mi trayectoria interdisciplinaria se fue construyendo de manera bastante orgánica, aunque durante mucho tiempo yo misma no fui plenamente consciente de ello. Hay un elemento que suele quedar fuera cuando hablo de mi formación, pero que hoy considero fundamental: estudié varios años psicología. Con el tiempo comprendí que esa formación me entregó una mirada sistémica del ser humano, una forma de entenderlo no como un individuo aislado, sino en relación con su contexto, su cultura, sus vínculos y sus prácticas cotidianas.

Siempre me interesaron esos actos aparentemente simples y rutinarios que muchas veces pasan desapercibidos: comer, beber, compartir una mesa. Ahí veía una enorme riqueza cultural y simbólica, pero por sobre todo sensible. Posteriormente, cuando estudié gastronomía, sommeliería y más tarde ciencias de la comunicación, empecé a darme cuenta de que todos esos campos estaban profundamente conectados. Primero me acerqué desde lo práctico: aprender recetas, técnicas, repetir procedimientos.

Pero rápidamente sentí que algo faltaba. En el mundo del vino me ocurrió algo similar: no podía entender el vino únicamente como una botella o copa con determinadas características organolépticas. Había historia, territorio, cultura, memoria, relaciones humanas, percepciones. Sin embargo, todo ese conocimiento aparecía fragmentado.

Fue entonces cuando esos campos dejaron de ser paralelos y comenzaron a convertirse en una propuesta coherente. Comprendí que tanto el vino como la gastronomía no son simplemente productos, sino experiencias humanas complejas, sostenidas por una red de significados, saberes y disciplinas. Ahí aparece esta idea del vino como algo “poliédrico”, con múltiples dimensiones según el lugar desde donde se observe.

Desde esa perspectiva, la comunicación, la gastronomía y el vino comienzan a integrarse en una misma mirada: una aproximación interdisciplinaria que busca comprender cómo las personas construyen sentido a través de actos tan cotidianos como comer y beber.


GR: Toda trayectoria intelectual se nutre de influencias, ya sean académicas, profesionales o experiencias de vida que configuran una perspectiva particular. ¿Qué personas, corrientes de pensamiento o experiencias han sido decisivas en la construcción de tu mirada sobre el vino y la gastronomía? ¿Reconoces mentores o referentes que hayan orientado tu forma de entender estos campos?

CG: Una de las cosas que más me impactó en mi formación fue descubrir que existían enormes cantidades de conocimiento dispersas en distintas áreas, pero muy poco conectadas entre sí. Había personas que sabían muchísimo de temáticas que a mi parecer eran fundamentales para comprender lo que sucedía en la mesa, desde la filosofía, otras desde la sociología, la antropología o la neurociencia, pero muchas veces esos saberes no dialogaban entre ellos. Mi búsqueda comenzó justamente ahí: intentar encontrar puntos de encuentro entre distintas disciplinas para comprender de manera más amplia fenómenos como el vino y la gastronomía.

Hoy entiendo que las bases más importantes de mi pensamiento parten desde la teoría sistémica de la psicología, con la necesidad de comprender el contexto completo. Probablemente también tiene relación con mi propia forma de mirar el mundo: me cuesta observar un objeto o un fenómeno separado de aquello que lo rodea.

En ese proceso hubo autores y conceptos que fueron muy decisivos. Uno de ellos fue Marcel Mauss y su noción del “hecho social total”, que me produjo un impacto muy profundo. La idea de que ningún acto humano puede estudiarse únicamente desde sí mismo, sino que siempre existe una red de relaciones que lo sostiene, fue algo que trasladé inmediatamente al vino y a la gastronomía. Comer y beber son actos multisensoriales y multifactoriales que involucran diversas áreas del conocimiento y resulta imposible estudiarlos de forma aislada.

A partir de ahí empecé a encontrar sustento teórico en distintas áreas: antropología, sociología, neurociencia y estudios sobre percepción. Me interesó especialmente comprender cómo la experiencia alimentaria y sensorial nunca es completamente objetiva, además de todo el diseño y la intencionalidad que existe detrás de cada una. Existen elementos comunes, por supuesto, pero también hay un componente profundamente individual, marcado por la biografía, la memoria y la relación personal que cada uno establece con los alimentos y el vino.

En mi formación no puedo dejar de mencionar mi curiosidad por las neurociencias y la influencia de António Damásio en la comprensión del mundo a través de los sentidos y la emoción, Gordon Shepherd, autor de Neurogastronomy y su teoría sobre la conformación del sabor en el cerebro y Charles Spence autor de gastrofísica y estudioso de la influencia del contexto en las percepciones, todos ellos me llevan a comprender la existencia de una complejidad maravillosa de lo que sucede en la mesa.

Aunque, más que identificar un único mentor, siento que mi mirada se ha ido construyendo a partir del cruce entre distintas corrientes de pensamiento y múltiples referentes provenientes de diversas disciplinas entre las que destaco la antropología de los sentidos y el diseño de la experiencia. Lo que siempre me ha interesado es precisamente esa posibilidad de articular saberes diversos para dejar atrás la mirada reduccionista predominante y entender el vino y la gastronomía como fenómenos sociales, humanos complejos y profundamente culturales.

GR: El trabajo en instituciones permite observar cómo se conectan teoría y práctica, así como los desafíos de profesionalización del sector. Has desarrollado tu carrera en distintos espacios académicos y profesionales. ¿Cómo evalúas el rol de las instituciones —particularmente la Universidad Andrés Bello— en la formación de capital humano para el mundo del vino y la gastronomía? ¿Dónde ves avances y dónde aún existen brechas?

CG: Creo que todavía existen muchas brechas en la formación vinculada a estos temas. Chile podría parecer, desde afuera, un escenario ideal para desarrollar estas áreas: tenemos una industria vitivinícola consolidada, una importante agroindustria y un enorme potencial territorial y cultural. Sin embargo, siento que seguimos estando bastante atrasados en términos formativos.

Uno de los principales problemas es que las instituciones todavía trabajan desde miradas muy fragmentadas y excesivamente técnicas. Falta una aproximación más interdisciplinaria y, sobre todo, una formación que fomente el pensamiento crítico y la reflexión. En varias ocasiones, incluso dentro de instituciones donde he trabajado, he preguntado cuáles son los objetivos principales al momento de diseñar mallas curriculares, y muchas veces “hacer pensar” a los estudiantes ni siquiera aparece entre las prioridades.

Para mí eso es muy preocupante, porque justamente la capacidad de reflexionar es lo que permite comprender que el vino y la gastronomía no terminan en la mesa ni en el producto mismo. Detrás hay una dimensión mucho más amplia. Si los estudiantes no desarrollan esa capacidad crítica, difícilmente podrán comprender la complejidad real de estas industrias.

Formamos grandes profesionales, muy buenos en lo que hacen, pero con escaso diálogo con otras áreas del conocimiento. Necesitamos incorporar miradas provenientes de la sociología, la antropología, la filosofía, las ciencias de la comunicación o incluso las artes. De lo contrario, terminamos reproduciendo siempre las mismas lógicas y discursos.

En ese sentido, una experiencia que me parece particularmente interesante es la del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, porque propone justamente una lógica interdisciplinaria, donde distintas áreas del conocimiento dialogan entre sí y permiten desarrollar habilidades más integrales en los estudiantes. Creo que ahí los diplomados en comunicación del vino y estudios gastronómicos encuentran un espacio muy coherente con su propósito formativo.

Sin embargo, también existe una dificultad cultural importante: muchos estudiantes llegan desde formaciones muy estructuradas y les cuesta comprender estas aproximaciones más abiertas e interdisciplinarias. Hay una tendencia muy fuerte a entender el vino y la gastronomía únicamente desde lo técnico o productivo, cuando en realidad son fenómenos muchísimo más complejos.

Aun así, veo avances. Percibo un interés creciente por abrir nuevas conversaciones y cuestionar ciertos paradigmas tradicionales. Pero todavía falta generar espacios reales de reflexión, debate y pensamiento crítico, que permitan formar profesionales capaces de interpretar culturalmente los fenómenos que están observando y comunicando.

Visión sobre el vino y la gastronomía: más allá del producto

GR: Desde tu perspectiva, ¿cómo deberíamos entender hoy el vino y la gastronomía: como industrias productivas, como expresiones culturales, o como sistemas de experiencia? ¿Qué implicancias tiene esa definición para su comunicación?

CG: Desde mi perspectiva, el vino y la gastronomía no pueden entenderse desde una sola dimensión. No son únicamente industrias productivas, pero tampoco pueden reducirse solamente a expresiones culturales o experiencias sensoriales. Son, en realidad, un sistema complejo donde todas esas dimensiones conviven y se articulan constantemente.

Para comprenderlos, primero debemos entender al ser humano. Mi aproximación siempre ha estado muy vinculada a las ciencias sociales y a esta idea de que las prácticas alimentarias y el consumo de vino son actos profundamente humanos. La comensalidad, sentarse a la mesa a comer y beber no son acciones aisladas ni neutras; son prácticas cargadas de sentido.

Por eso me parece insuficiente observar el vino solamente desde la producción, desde la técnica o incluso desde la evaluación sensorial. El vino y la gastronomía son experiencias complejas, donde intervienen percepciones, emociones, contextos culturales e historias personales. Cada persona se relaciona con ellos de manera distinta, porque cada experiencia está mediada por su propia biografía y por su entorno cultural.

Esa complejidad tiene implicancias muy importantes para la comunicación. Primero, porque debemos asumir que el vino y la gastronomía constituyen lenguajes en sí mismos. Tienen significados universales pero también muy personales: dependen del contexto, de la historia y de las percepciones de cada individuo.

Además, hoy las audiencias son extremadamente diversas y cambiantes. Ya no basta con segmentar consumidores por edad o nivel socioeconómico. Hay una microsegmentación, con múltiples pequeñas audiencias, cada una con sensibilidades, intereses y formas de conectar distintas. Entonces la gran pregunta deja de ser simplemente “cómo comunicar el vino” y pasa a ser “cómo generar sentido y conexión con esas personas”.

Muchas veces en la industria se habla de “simplificar” o “democratizar” el vino, pero creo que esos conceptos suelen malinterpretarse. Democratizar el vino no significa necesariamente que todo el mundo deba consumirlo, sino que el vino pueda ser reconocido como parte de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestra identidad, a través de relatos colectivos.

El problema es que frecuentemente seguimos comunicándolo desde relatos agotados o demasiado estandarizados. Historias sobre tradición familiar, sacrificio o trabajo de campo que, aunque siguen teniendo valor, muchas veces ya no logran conectar con las nuevas sensibilidades y con consumidores expuestos a múltiples estímulos y narrativas.

Por eso la comunicación del vino y la gastronomía hoy exige algo más profundo: comprender realmente qué moviliza emocional y culturalmente a las personas. Implica trabajar el lenguaje, el tono, las historias y las experiencias desde una perspectiva mucho más humana y sensible. No se trata solo de transmitir información técnica, sino de construir vínculos significativos entre las personas, el territorio, la memoria y aquello que comen o beben.

Innovación académica: origen y propósitos

GR: La formación enfrenta hoy un escenario marcado por nuevas sensibilidades, tecnologías y formas de consumo. ¿Cómo caracterizarías a las nuevas generaciones de estudiantes y profesionales del vino y la gastronomía? ¿Qué competencias consideras críticas para su formación en el contexto actual, y qué cambios deberían incorporar los programas académicos?

CG: Repito que una de las principales carencias de los programas académicos actuales es la ausencia de espacios reales para la reflexión, el debate y el pensamiento crítico.

Muchas veces los estudiantes no desarrollan herramientas para defender sus opiniones o para dialogar críticamente con otros puntos de vista. Existe cierto temor a pensar distinto, especialmente en industrias pequeñas y bastante rígidas como las del vino y la gastronomía, donde emitir opiniones diferentes puede generar resistencia o incluso incomodidad. Creo que eso limita muchísimo el crecimiento de los profesionales y también de las propias industrias.

Hoy cualquier persona puede acceder a tutoriales, cursos o información especializada a través de internet. El verdadero valor de una universidad o de un programa formativo debería estar en generar pensamiento, discusión y nuevas perspectivas.

En relación con las nuevas generaciones, tengo una mirada bastante esperanzadora. Veo estudiantes y jóvenes profesionales que vienen a refrescar la industria, con nuevas sensibilidades, nuevas preguntas y nuevas formas de entender el vino y la gastronomía. Lo que muchas veces falta es que existan espacios reales para que esas miradas puedan desarrollarse y expresarse. No olvidemos que, especialmente el vino, sigue siendo un espacio rígido y reacio a nuevas perspectivas.

Me parece muy interesante, por ejemplo, observar cómo llegan al vino profesionales provenientes de áreas completamente distintas: diseñadores, psicólogos, periodistas, artistas, científicos o personas vinculadas a otras industrias. Muchas veces ellos mismos creen inicialmente que “no tienen nada que ver con el vino”, pero justamente ahí aparece una enorme riqueza, porque aportan miradas nuevas y permiten conectar el vino y la gastronomía con públicos a los que tradicionalmente no llegaban.

Creo que una de las competencias más importantes hoy es precisamente la capacidad de pensar de manera interdisciplinaria y de comprender que el vino y la gastronomía son fenómenos mucho más amplios que el simple servicio, la venta o la técnica. La comunicación del vino, por ejemplo, no termina en un eslogan o en un storytelling comercial; detrás existe una dimensión cultural, social y humana mucho más profunda.

También considero fundamental desarrollar habilidades vinculadas al pensamiento crítico, la reflexión, la capacidad de diálogo y la apertura hacia otras áreas del conocimiento. Las nuevas generaciones tienen el potencial de transformar estas industrias, pero para eso necesitan programas académicos menos rígidos y más abiertos a la experimentación, al cruce disciplinario y a las preguntas complejas.

Tengo la sensación de que estamos recién comenzando a abrir esas puertas, y que el gran desafío hacia el futuro será justamente permitir que estas nuevas generaciones puedan cuestionar, reinterpretar y ampliar las formas tradicionales de entender el vino y la gastronomía.  

GR: La creación de programas pioneros suele responder a diagnósticos claros sobre vacíos en el sistema formativo. Fuiste impulsora del primer diplomado en comunicación del vino y del primer diplomado en estudios gastronómicos en la Universidad Andrés Bello. ¿Qué problemáticas o vacíos detectaste que te llevaron a desarrollar estos programas? ¿Cuál es el propósito formativo que los articula?

CG: El origen de estos diplomados surge, en gran medida, a partir de una inquietud muy concreta: durante años escuché repetirse constantemente que uno de los grandes problemas de la industria era que “no sabíamos comunicar el vino”. Siempre aparecía la misma idea: que había que simplificarlo, hacerlo más cercano o “hablarle fácil” a las personas. Pero sentía que el problema era mucho más profundo que eso.

Cuando estudié periodismo y posteriormente el magíster en ciencias de la comunicación, empecé a observar el vino y la gastronomía desde la perspectiva de la comunicación pública. Ahí comprendí que efectivamente existía una problemática comunicacional importante, relacionada no solo con el lenguaje utilizado, sino también con cuestiones más estructurales: la falta de identidad, la desconexión con el territorio, la fragmentación de los relatos y una comprensión demasiado limitada de lo que realmente representan el vino y la gastronomía.

Entonces comencé a preguntarme cómo era posible aplicar las teorías y herramientas de las ciencias sociales y de la comunicación a un ámbito que tradicionalmente había sido abordado casi exclusivamente desde lo técnico o productivo. El gran punto de partida fue entender que el vino es, esencialmente, una experiencia humana y sensible.

Ese fue el eje conceptual que articuló ambos programas. Si el vino y la gastronomía son experiencias, entonces necesitamos comprender cómo se construyen esas experiencias, cómo operan los sentidos, las emociones, la memoria, las percepciones y los procesos cognitivos asociados a ellas. Ahí aparece la necesidad de integrar disciplinas como la antropología, la sociología, la filosofía, la neurociencia y las ciencias de la comunicación.

Cuando diseñé estos programas pensé inicialmente que las propias viñas serían las más interesadas en capacitar a sus equipos en estas materias. Sin embargo, ocurrió algo muy distinto: quienes comenzaron a llenar los diplomados fueron actores del vino provenientes de múltiples áreas, personas que sentían la necesidad de ampliar sus herramientas y comprender el vino desde una dimensión más humana, cultural y comunicacional.

Eso también confirmó algo que para mí era muy importante: todos quienes trabajamos en esta industria somos, de alguna manera, comunicadores del vino. No importa si alguien es sommelier, enólogo, periodista, diseñador o trabaja en hospitalidad; todos estamos construyendo relatos y significados alrededor del vino y la gastronomía.

Por eso el propósito formativo de estos diplomados además de enseñar herramientas de comunicación , storytelling, media training, el objetivo principal es generar pensamiento crítico, abrir nuevas preguntas y construir una comunidad capaz de comprender el vino y la gastronomía desde perspectivas más amplias, sensibles e interdisciplinarias. Y junto a todo esto comprender la conformación del sector y vincular a los alumnos con diversos actores relevantes.

Hoy, especialmente en un contexto marcado por nuevas tecnologías, multiformatos y transformaciones culturales, creo que el vino necesita precisamente eso: nuevas formas de ser narrado, escuchado, sentido y experimentado. Y para lograrlo necesitamos profesionales capaces de pensar más allá de los modelos tradicionales de comunicación y de comprender la profundidad cultural y humana que existe detrás de cada experiencia alimentaria.

GR: Respecto al presente y futuro del vino: tendencias, relato y actores clave. Claudia, ¿cómo analizas la situación actual del vino —en Chile y a nivel global— en términos de tendencias de consumo, nuevos públicos y transformación de los relatos? ¿Qué actores sociales consideras clave para proyectar el desarrollo futuro de la industria?

CG: Creo que el vino atraviesa actualmente un momento de transformación muy profundo, tanto en Chile como a nivel global. Durante mucho tiempo la industria funcionó desde ciertos modelos tradicionales de comunicación, consumo y validación cultural que hoy están siendo cuestionados por nuevas generaciones y por nuevos contextos sociales y tecnológicos.

Ya no basta únicamente con producir buenos vinos o con sostener relatos basados en la tradición, el linaje familiar o la técnica. Los consumidores actuales —especialmente los más jóvenes— buscan experiencias más auténticas, más coherentes y más conectadas con valores culturales, territoriales y humanos. Existe una necesidad de sentido mucho más fuerte que antes.

Al mismo tiempo, estamos frente a públicos extremadamente fragmentados y diversos. Hoy las audiencias no pueden entenderse como grandes grupos homogéneos. Existen múltiples pequeños universos con sensibilidades distintas, estilos de vida, nuevas formas de relacionarse con el consumo y también de construir identidad. Eso obliga a replantear profundamente la manera en que el vino se comunica.

Durante muchos años la industria intentó simplificar el vino o democratizarlo desde una lógica bastante superficial. Pero el verdadero desafío hoy no es solamente hacer el vino “más fácil” o “más cercano”, sino lograr que las personas puedan reconocerlo como parte de una experiencia cultural significativa y como un elemento vivo de nuestra identidad.

En ese contexto, los relatos tradicionales comienzan a mostrar ciertos límites. Historias que antes funcionaban muy bien —la tradición familiar, el sacrificio campesino, el terroir entendido de manera clásica— hoy necesitan ser revisitadas y reinterpretadas. No porque hayan perdido valor, sino porque las nuevas generaciones están buscando otros tipos de conexiones emocionales y culturales.

También creo que existe una transformación importante en la relación con el consumo mismo. Los nuevos públicos son mucho más críticos, están más informados y tienen acceso inmediato a enormes cantidades de información. Eso obliga a la industria a ser más honesta, más transparente y más consciente de las tensiones actuales: sostenibilidad, identidad territorial, diversidad cultural, impacto ambiental, salud, autenticidad y sentido social.

En cuanto a los actores clave para el futuro de la industria, creo que ya no basta únicamente con los actores tradicionales del vino. Por supuesto, las viñas, enólogos, sommeliers y comunicadores siguen siendo fundamentales, pero hoy también necesitamos incorporar otras miradas: ciencias sociales, diseño, arte, antropología, neurociencia, educación, comunicación digital y estudios culturales.

Me parece especialmente importante el rol de las nuevas generaciones y de los profesionales que llegan desde otras áreas del conocimiento. Muchas veces son justamente ellos quienes logran abrir preguntas nuevas y conectar el vino con públicos que históricamente quedaron fuera de sus discursos.

Creo que el futuro del vino dependerá de su capacidad para centrarse en el consumidor y volver a vincularse con las personas desde una dimensión sensible, más humana y cultural. El vino no puede seguir comunicándose únicamente como un producto técnico o de lujo; necesita recuperar su capacidad de generar experiencias, memoria, identidad y comunidad. Ahí está, probablemente, uno de los grandes desafíos y también una de las grandes oportunidades de la industria hacia el futuro.



Palabras finales de la entrevistada.

Finalmente, me gustaría poner el foco en la necesidad de analizar con mayor profundidad aquello que constantemente repetimos cuando hablamos del vino: que el vino es una experiencia. Muchas veces usamos esa idea casi como un concepto instalado, pero pocas veces nos detenemos realmente a reflexionar sobre qué significa que el vino sea una experiencia sensorial, emocional y cognitiva.

Hoy ya no basta con tener una buena historia o un storytelling impactante. Los nuevos públicos no solo quieren escuchar relatos: quieren vivirlos, sentirse parte de ellos. Y ahí aparece un cambio muy importante en la manera de entender la relación entre el consumidor y el vino.

Creo que estamos transitando desde el storytelling hacia el storydoing. Es decir, ya no se trata únicamente de construir discursos atractivos, sino de generar experiencias donde las personas puedan incorporarse activamente a ese relato y formar parte de él. El consumidor quiere experimentar, participar, conectar emocionalmente y construir sentido desde su propia vivencia.

Eso abre enormes posibilidades para la industria, especialmente en ámbitos como el enoturismo, las degustaciones, las catas, las salas de venta y todas aquellas experiencias donde el vino deja de ser solo un producto para ser habitado por los consumidores.

Y aunque estos campos no son completamente nuevos, creo que hoy existe la oportunidad de mirarlos desde perspectivas distintas, más integrales y más conscientes de cómo las personas se relacionan emocionalmente con el vino. Ahí, probablemente, hay uno de los caminos más interesantes para pensar el futuro de la industria.



- FIN DE LA ENTREVISTA -