Articulo #251
Entrevista: Gonzalo Guzmán y la tercera vía del vino chileno

Entrevista: Gonzalo Guzmán y la tercera vía del vino chileno

POR GONZALO ROJAS

MAYO DEL 2026

La historia reciente del vino chileno puede leerse como la disputa —a veces silenciosa, a veces evidente— entre dos maneras de entender la vitivinicultura. Por un lado, un modelo que consolidó el prestigio internacional del país a partir de ciertas variedades nobles, territorios reconocibles y una lógica productiva orientada a la consistencia técnica y comercial. Por otro, una corriente más inquieta y experimental que, especialmente desde fines del siglo XX, comenzó a cuestionar los límites de ese paradigma, explorando nuevas cepas, reinterpretando territorios y buscando formas más auténticas de relación entre vino, cultura y paisaje.

En ese espacio de tensión, donde conviven tradición, mercado e identidad, emergen figuras que no solo participan de los cambios, sino que ayudan a empujarlos. Gonzalo Guzmán pertenece con claridad a esa generación.

Su trayectoria excede la dimensión estrictamente biográfica y se transforma en el reflejo de una inflexión más profunda dentro de la vitivinicultura chilena contemporánea. Durante más de quince años, desde su trabajo en Viña El Principal, Guzmán representó una de las expresiones más precisas y sofisticadas del modelo Maipo Andes: vinos estructurados, elegantes y profundamente articulados en torno al Cabernet Sauvignon como eje identitario.

Sin embargo, sería precisamente desde esa experiencia —desde el interior mismo de uno de los paradigmas más consolidados del vino chileno— donde comenzaría a desarrollar una reflexión crítica sobre los límites del modelo tradicional, abriendo paso a una búsqueda centrada en el territorio, la autenticidad y la reinterpretación cultural del vino.
GR: En esa etapa formativa en El Principal, ¿qué fue lo que realmente marcó tu manera de entender el vino?

GG: Creo que tuve la suerte de llegar muy joven a un proyecto completamente distinto a lo que era habitual en Chile. Yo había trabajado antes en otras viñas, pero en El Principal establecí una condición muy particular: desde el primer día el proyecto estaba obligado a hacer vino únicamente con lo que ese lugar podía dar. No existía la lógica de salir a comprar uva a otros valles para completar un portafolio.

Eso te cambia completamente la manera de pensar. Te obliga a preguntarte no qué quiere el mercado, sino qué puedes hacer realmente bien en ese lugar. En Chile, durante mucho tiempo, predominó una lógica muy distinta: si faltaba una variedad, se iba a buscar a otro valle. Se construían portafolios antes que identidades.

En El Principal entendí algo fundamental: el desafío no era producir “de todo”, sino elaborar la mejor expresión posible de ese lugar. Y eso terminó marcando profundamente mi forma de entender el vino.

Además tuve la enorme fortuna de trabajar con Patrick León, que venía de la tradición del viejo mundo. Él reafirmó completamente esta visión. En Europa entendí que muchos proyectos históricos no nacen desde estudios de mercado, sino desde una relación íntima entre una familia, un territorio y una forma específica de hacer vino. Eso me hizo mucho más sentido que el modelo usado, que más bien busca necesidades del mercado como inspiración.
GR: ¿Qué te llevó a desafiar un modelo tan consolidado como el chileno, introduciendo cepas españolas prácticamente desconocidas en el país?

GG: Todo nace de esa misma lógica. Yo había vivido en España antes de llegar a El Principal, y esa experiencia me marcó muchísimo. Me impresionaba ver cómo allá las variedades estaban profundamente vinculadas a los territorios y a la cultura local. Y, al mismo tiempo, me hacía mucho ruido que Chile, siendo un país profundamente marcado por la herencia española, hubiese construido casi toda su identidad vitivinícola mirando únicamente hacia Francia.

Yo sentía que geográfica y climáticamente España tenía muchas más similitudes con Chile que Burdeos. Entonces, empecé a preguntarme por qué acá prácticamente no existían variedades españolas, siendo que culturalmente tenemos mucho más vínculo con ese mundo.

Cuando en El Principal surgió la necesidad de desarrollar vinos blancos, para mí lo más fácil hubiese sido salir a comprar Chardonnay o Sauvignon Blanc a Casablanca o San Antonio, como hacía todo el mundo. Pero el concepto del proyecto era otro: todo debía nacer ahí mismo. Y para eso necesitábamos una variedad blanca adaptada a clima cálido.

Ahí aparece el Verdejo, el año 2008. Yo ya conocía muy bien la variedad por mi experiencia en España y sabía el enorme potencial que podía tener en Chile. Vinieron también Albariño, Graciano, Mencía y otras variedades. En ese momento mucha gente pensó que era una locura, porque eran cepas inexistentes en el país. Pero para mí no era una estrategia comercial; era una forma de ampliar el lenguaje del vino chileno y salir de esta lógica repetitiva de construir vinos pensando únicamente en lo que el mercado pide.

Creo que tuve la suerte de llegar muy joven a un proyecto completamente distinto a lo que era habitual en Chile. Yo había trabajado antes en otras viñas, pero en El Principal establecí una condición muy particular: desde el primer día el proyecto estaba obligado a hacer vino únicamente con lo que ese lugar podía dar. No existía la lógica de salir a comprar uva a otros valles para completar un portafolio.

Eso te cambia completamente la manera de pensar. Te obliga a preguntarte no qué quiere el mercado, sino qué puedes hacer realmente bien en ese lugar. En Chile, durante mucho tiempo, predominó una lógica muy distinta: si faltaba una variedad, se iba a buscar a otro valle. Se construían portafolios antes que identidades.

En El Principal entendí algo fundamental: el desafío no era producir “de todo”, sino elaborar la mejor expresión posible de ese lugar. Y eso terminó marcando profundamente mi forma de entender el vino.

Además tuve la enorme fortuna de trabajar con Patrick León, que venía de la tradición del viejo mundo. Él reafirmó completamente esta visión. En Europa entendí que muchos proyectos históricos no nacen desde estudios de mercado, sino desde una relación íntima entre una familia, un territorio y una forma específica de hacer vino. Eso me hizo mucho más sentido que el modelo usado, que más bien busca necesidades del mercado como inspiración.

Vinos G2

GR: ¿Qué buscabas que no encontrabas dentro de una gran viña?

GG: Hay dos dimensiones importantes ahí. La primera tiene que ver con el estilo de los vinos. Aunque G2 trabaja con variedades y territorios similares a algunos proyectos tradicionales del Maipo, el enfoque es completamente distinto. Yo quería explorar otra expresión, madurez y uso de la madera del Cabernet Sauvignon y de los blends del Maipo: vinos menos estandarizados, con otra energía, otra textura y otra lectura del lugar.

Y eso era muy difícil de hacer dentro de una viña que ya tenía un perfil consolidado, un mercado definido y consumidores que esperaban cierto tipo de vino. Cambiar radicalmente ese estilo habría sido incluso irresponsable. Entonces G2 aparece como un espacio de libertad para explorar otras posibilidades.

La segunda dimensión tiene que ver con las variedades españolas y con Itata. Dentro de una gran estructura simplemente no existía el tiempo ni el espacio para desarrollar proyectos como Albariño o Mencía con la profundidad que yo quería. Eso requería otra dedicación, otra lógica y otra relación con el territorio.

Más que escapar de algo, G2 nace como la posibilidad de comenzar otra etapa. De preguntarse si era posible hacer vinos distintos en Chile, incluso trabajando con las mismas variedades y los mismos valles.


GR: ¿Qué representa Itata dentro del proyecto G2?

GG: Itata es fundamental. Primero, por razones técnicas: probablemente es el primer valle hacia el sur donde todavía existe una viticultura de secano realmente viable. Hay precipitaciones suficientes y condiciones muy particulares geográficamente y culturales que permiten trabajar de una manera especial.

Pero para mí lo más importante es otra cosa: el componente cultural. Yo no conozco otro valle en Chile donde la viticultura forme parte tan profundamente de la identidad de las familias. En Itata la gente no “aprendió” a elaborar vino hace poco; muchas familias llevan generaciones completas viviendo en torno a la viña. El vino forma parte de su vida cotidiana, de su memoria y de su cultura.

Eso se parece muchísimo más a ciertos territorios históricos del viejo mundo que al modelo vitivinícola moderno chileno. Ahí el vino sigue siendo un oficio humano antes que una industria. Y eso para mí tiene un valor enorme.

La filosofía detrás del vino

GR: ¿Cómo entiendes el terroir en un contexto donde muchas veces se simplifica o se usa solo como argumento de marketing?

GG: Yo tengo una diferencia conceptual importante con la forma en que normalmente se habla del terroir. Muchas veces se plantea como una combinación de clima, suelo y hombre, en ese orden. Y yo discrepo completamente de eso.

Para mí el terroir no existe “per se”. El terroir necesita ser revelado por una persona. El factor humano no puede aparecer en tercer lugar, porque es precisamente quien interpreta ese territorio, proyecta su identidad y le da sentido.

Hay miles de potenciales terroirs en el mundo que todavía no existen como tales simplemente porque aún nadie los ha desarrollado, comprendido o interpretado correctamente. Entonces el terroir no es algo mágico que uno encuentra caminando entre suelos y climas ; es el resultado de una lectura profunda de un lugar.

Es entender qué variedades plantar, cómo manejarlas, cuándo cosechar, cómo vinificar. Todo eso suma y cuando la combinación está en amonia permite revelar un terroir. Por eso creo que el terroir es mucho más una construcción cultural e histórica que una simple condición edafoclimática.


GR: Desde tu experiencia, ¿cómo ves hoy la industria del vino, tanto en Chile como en el mundo?

GG: Aunque hoy se habla mucho de crisis, yo en realidad veo un momento muy interesante y, en cierto sentido, necesario y muy saludable. Parte de lo que está ocurriendo es que el consumidor maduró.

Durante cuarenta años Chile desarrolló una industria extremadamente exitosa desde el punto de vista comercial, pero en ese proceso muchas veces olvidó algo esencial: el vino no es una industria en el sentido tradicional. El vino es un oficio humano ligado a personas y territorios.

Hoy los consumidores —especialmente en mercados como Europa, Estados Unidos, Inglaterra e incluso Asia— llevan décadas tomando vino. Décadas de conocimiento y comparaciones, Aprendieron, evolucionaron, se volvieron mucho más selectivos. Y eso entre otros factores hizo que gran parte de la producción chilena comenzara a parecerles repetitiva y sin identidad.

Entonces el mercado hoy está exigiendo otra cosa: más identidad, más precisión, más autenticidad. Y yo veo eso como algo muy positivo. Porque obliga a Chile a salir de esta lógica industrial y volver al oficio y preguntarse, qué sentido tienen realmente sus vinos.

Creo que parte de la situación se explica debido a que en Chile favorecido por sus excelentes condiciones y éxito comercial, mayoritariamente convirtió el vino en una bebida desconectada de la cultura, oficio e interpretación del territorio. Incluso, hablamos de “industria del vino”, cuando en países con tradición histórica nadie lo entiende así. En Francia, España o Italia el vino sigue siendo entendido como un oficio, como una expresión cultural y territorial. Y probablemente hacia allá tendrá que volver Chile si quiere seguir siendo relevante.


GR: Finalmente, ¿qué crees que define hoy tu aporte a la vitivinicultura chilena?

GG: No sé si me corresponde definirlo, pero creo que mi búsqueda ha estado siempre ligada a tratar de mostrar que el vino puede proyectarse desde otro lugar. Desde la honestidad con el territorio y no desde la obsesión por seguir tendencias o respondiendo siempre al mercado.

Hoy muchas decisiones en la industria todavía se toman pensando únicamente en lo que el mercado está pidiendo: qué variedad se vende más, qué estilo está de moda, si el vino tiene más o menos madera, más o menos madurez. Y yo creo que esa lógica de elaboración puede que esté completamente obsoleta.

Lo que me interesa es otra cosa: preguntarse qué es lo mejor que se puede hacer en un lugar específico y tratar de expresarlo de la manera más honesta posible. Vinos que nacen como expresión de un productor más que como una necesidad del mercado.

Chile tiene una diversidad gigantesca recientemente explorada. Seguimos moviéndonos dentro de un repertorio extremadamente acotado, tanto varietal como estilísticamente. Y creo que el futuro del vino chileno pasa justamente por atreverse a explorar más, asumir más riesgos y volver a conectar el vino con el territorio y su mejor expresión.

Porque, finalmente, el vino no debería construirse únicamente para responder al mercado. Debería elaborarse como resultado de una expresión de oficio, territorio e identidad.


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FIN DE LA ENTREVISTA

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Conclusiones del entrevistador

La trayectoria de Gonzalo Guzmán permite observar, en escala individual, una de las transformaciones más profundas que atraviesa actualmente la vitivinicultura chilena: el desplazamiento desde un modelo centrado en la estandarización y la validación comercial hacia otro donde el territorio, la identidad y la interpretación cultural del vino recuperan centralidad.

Su recorrido —desde la precisión técnica y el rigor estructural del Maipo Andes hasta la exploración de nuevas variedades, territorios y formas de elaboración— revela algo más amplio que una evolución estilística. Expone una discusión de fondo sobre qué significa hoy hacer vino en Chile.

A lo largo de esta conversación, Guzmán plantea una crítica explícita a la lógica industrial que dominó gran parte del desarrollo vitivinícola nacional durante las últimas décadas. Frente a ello, propone volver a entender el vino como oficio antes que como fábrica: una práctica profundamente ligada al lugar, al conocimiento humano y a la capacidad de interpretar un territorio más que de imponerle una fórmula.

En esa mirada, conceptos como terroir, autenticidad o identidad dejan de funcionar como simples herramientas de marketing para recuperar su dimensión histórica y cultural. El vino aparece entonces no solo como producto, sino como lenguaje: una forma de traducir geografía, memoria, paisaje y experiencia humana.

Quizás allí reside el principal aporte de Gonzalo Guzmán. No únicamente en las variedades que introdujo, en los vinos que elaboró o en los territorios que ayudó a visibilizar, sino en haber contribuido a abrir una pregunta que hoy parece inevitable para la vitivinicultura chilena: cuánto de su futuro dependerá de su capacidad para volver a escuchar sus propios lugares y atrevimientos.

Y en un escenario global, donde el consumidor exige cada vez más sentido, singularidad y coherencia, esa pregunta podría terminar siendo mucho más decisiva que cualquier tendencia pasajera del mercado.